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Miri sólo vaciló un segundo antes de correr hacia el ruido más fuerte. Recorrieron dos pasillos y entraron en otro. ¡Sí! Había un armario abierto. Los sistemas neumáticos enviaban cilindros blancos al bosque de cristal que tenían encima.

Miri se detuvo de golpe delante de las puertas abiertas. Dentro del armario había estantes de vidrio; era como una especie de expendedor de comida de antaño. Tras el vidrio había un panal plateado, cientos de celdillas hexagonales. Desde el armario los miraban cientos de diminutos rostros. Rostros diminutos de ojos rosados y cabecita blanca. Sus chillidos agudos se oían a través del vidrio.

—No se pueden mover, apenas caben —dijo Miri—. Deben de tener la parte posterior conectada a pequeños… —Hizo una pausa, quizá buscando datos en su caché local—. A pequeños pañales de absorción. —Para tratarse de una niña sin ningún interés por las mascotas, su voz traicionó una tristeza extraña—. En realidad, es lo habitual.

Miri apartó la mirada de las caritas chillonas.

—Cada uno de esos armarios contiene celdillas de ratones dispuestas en módulos de veinte por treinta por diez. Así que hay más detrás del que estamos mirando. ¿Oyes ese ruido? Los amigos de Listillo están preparando algunos para su envío.

—Pero ¿adónde? —Ningún módulo de ratones se movía.

—Eso ha sido allí detrás…

Se había oído un sonido parecido al de una copa al romperse. Una neblina de color salió flotando del bosque de cristal. Apenas le mojó la cara. Pero Miri estaba de pie justo al lado del armario. Robert la agarró y la apartó. Sobre ellos, el resto de la ampolla se hizo trizas. Olía un poco a calcetines sucios. Robert obligó a Miri a retroceder más, pisando cristales rotos.

—Miri, eso podría ser gas nervioso.

Miri guardó silencio un segundo y luego habló con confianza.

—Intentan asustarnos. Esta zona del laboratorio no está diseñada para venenos simples. —Pero Robert recordó los cartuchos de envío que llegaban allí. Nos han engañado para que nos detuviésemos delante de este armario.

Miri salió de detrás de Robert y corrió alrededor del armario.

—¡Ja! Aquí detrás hay una bandeja de transporte. —Cuando Robert llegó, Miri ya estaba cubriendo la bandeja con la cola en aerosol. Los pequeños motores gimieron incapaces de salir del armario. Miri tocó el borde casi invisible del gel. Al cabo de un momento, el estruendo del interior del armario se detuvo—. ¡De ahí no va a salir nada más!

Se quedaron quietos, prestando atención… El sonido familiar de la preparación de carga venía de toda la caverna.

—¿Cuántos módulos de ratones hay, Miri?

—Había ochocientos diecisiete cuando guardé la descripción del laboratorio. —Le miró—. Pero es imposible que los amigos de Listillo estuviesen usando más que unos cuantos. Aquí abajo hay demasiada seguridad y demasiados proyectos. —El ruido del empaquetado aumentó. Decenas de armarios jugaban a «ven a pararme». Miri retrocedió para tener una perspectiva mejor. El laboratorio era una ciudad en miniatura, con calles dispuestas en una rejilla rectangular que se adentraba en la oscuridad más allá de la única lámpara que los iluminaba—. Tengo un buen mapa, pero… ¿qué podemos hacer, Robert?

Robert consultó el plano de Miri.

—Pasé por aquí con Tommie. Colocamos aparatos junto a armarios concretos.

—¡Sí! ¿Cuáles?

Robert volvió a mirar el plano que flotaba, frente a su cara. Era un laberinto y el conciliábulo había llegado allí procedente de otra dirección.

—Yo, eh… —En 2010, Robert se había perdido en al aparcamiento de un centro comercial. Al cabo de una hora seguía sin haber encontrado el coche; al final había tenido que acudir al servicio de seguridad del centro comercial. Había sido el primer encuentro incuestionable con el declive mental. Pero ¡mi nuevo yo no debería tener problemas para recordar!

—El más cercano está a dos filas en esa dirección, luego a la derecha.

Corrieron por dos pasillos, luego a la derecha. Casi todos los armarios tenían las puertas abiertas y las bandejas de transporte preparando las cargas. Miri indicó los tubos neumáticos que se dividían sobre los armarios.

—Pero, mira, de aquí no sale nada. ¿Cuál es el siguiente?

Y volvieron a correr hacia la mejor suposición de Robert.

Por delante, algo se alzaba hasta el techo. El lanzador de GenGen. Miri se detuvo en seco y agitó la lata.

—¿Cuál, Robert? —Aquí todos los armarios son sospechosos.

—Dos filas más adelante, luego cinco armarios más al fondo.

—Pero creía que habías dicho… no importa —Miri recorrió dos filas más.

Roben la siguió. Ella le miró.

—Yo… no estoy seguro. —Miró sobre los armarios, intentando orientarse con respecto al lanzador, forzar la memoria.

Miri vaciló y luego le tocó el brazo.

—No te preocupes, Robert. A veces es imposible recordar algo. Pero mejorarás.

—Espera —dijo—. Estoy seguro de que éste es uno.

El tubo neumático que había detrás del armario más cercano acababa de recibir un cartucho de envío. Las cajas de ratones subían a bordo.

—Por tanto, eso significa… —La mano de Miri le soltó el brazo. Miró a su alrededor y luego a Roben—. ¿Dónde estamos?

Quizá no fuese gas nervioso. Quizá fuese algo peor. Y Miri había recibido la mayor dosis. Encima del armario, la entrada del tubo ya se había cerrado. Se oyó un golpe amortiguado y el cartucho salió disparado.

Otro cartucho ocupó su lugar. Salió otro grupo de ratones. No podía alcanzarlo. Pero sigo comprendiendo lo que hay que hacer. Robert miró a su nieta e hizo lo posible por sonreír y mentir.

—Oh, estamos de visita, Miri. ¿Te gustaría subirte al armario? Ella ni le miró.

—No soy una niña pequeña, Robert. No me subo a las cosas de los demás.

Robert asintió e intentó no perder la sonrisa.

—Pero, Miri, esto… no es más que un juego. Y… y, si podemos detener el objeto blanco con tu pistola de juguete, ganamos. Quieres ganar, ¿no?

Lo que provocó una sonrisa rebosante de inteligencia pizpireta.

—Claro que sí. Deberías haberme dicho que era un juego. Eh. Parece un laboratorio biológico. ¡Estupendo! —Miró el punto por donde el transporte introducía las cajas de ratones—. ¿Qué quieres que haga?

Una vez que suba lo volverá a olvidar todo.

—Te lo diré cuando subas. —La sujetó por debajo de los brazos— ¡Arriba! Agárrate al borde y te empujo.

Miri rio, pero estiró los brazos y Robert empujó. Se deslizó en el hueco bajo la vía muerta. Tenía la lata a pocos centímetros de la bandeja de transporte.

—¿Ahora qué? —Le llegó su voz.

Sí, ¿ahora qué? Te tomas las molestias de hacer algo y luego olvidas el propósito. Sólo que en aquella ocasión sabía que el propósito era muy importante. Robert se debatió, empezando a sentir miedo.

—Cara, no lo sé…

—Eh, no me llamo Cara. ¡Me llamo Miri!

No es mi hermana, es mi nieta. Robert se alejó del armario e intentó comprender.

—Dispara con la lata a las piezas móviles, Miri.

—¡Vale! Eso está hecho.

Un sonido que era dolor saltó en su cabeza. Sobre el armario, entrevió el extraño agujero que abría el lateral del lanzador UP/Ex. ¡No tiene nada que ver con Miri! Apenas lo había pensado cuando cayó de espaldas.

¡El primer módulo ya estaba en el lanzador GenGen! El vehículo de lanzamiento invisible tenía muchas opciones de salir del cordón de Estados Unidos. ¿El segundo módulo? Las cámaras de Alfred mostraban que su estrategia con los Gu estaba surtiendo efecto. De alguna forma habían encontrado el armario Mus que importaba de verdad, pero su ataque improvisado con gas estaba surtiendo efecto. Se movían con una especie de incertidumbre sin sentido.