Los daños colaterales podían ser beneficiosos. ¡Quizá no quedase nada para demostrar las acusaciones de Conejo! El impacto del ataque norteamericano contra el lanzador había derribado su armario más especial. El último grupo de ratones había caído con él. Lo mejor de todo, las bombas térmicas de los yanquis habían inundado la zona del lanzador con roca fundida. La lava había cerrado el agujero creado por el ataque, como se suponía que debía ser, pero no se había detenido ahí. La brillante marea espesa se abría paso por los pasillos y alcanzaba en algunos puntos los dos metros de profundidad. Lamía el armario caído y le faltaba por cubrir sólo una esquina del último grupo de cajas de ratones.
No había ni rastro de los Gu. Antes del ataque láser, estaban de pie fuera de la zona de destrucción. Con más puntos de vista podría encontrarlos… pero ¿qué más daba? Sus recuerdos fragmentarios seguían siendo una amenaza, pero eso no lo podía controlar. De pronto, Alfred se dio cuenta de que sonreía. Resultaba curioso que, en medio del desastre, pudiese alegrarse de que sus dos antagonistas más persistentes probablemente hubiesen sobrevivido. Eso sin contar a Conejo, que ojala que arda en el infierno.
Ya estaba más cerca de la biblioteca. Veía a miembros civiles de los equipos de rescate, aunque probablemente fuesen los marines quienes daban apoyo de red. Los equipos de interrogatorio todavía no hacían nada. jY había encontrado un aerobot de reserva con el que transmitir! Recibió un mensaje nuevo antes de perderlo:
Mitsuri —› Vaz: ‹ms› El análisis de Günberk está casi completo. Por favor, danos algunos minutos más de cobertura, Alfred. Los marines siguen concentrados en los laboratorios. Tienes vía libre para llegar hasta el equipo de Bollywood.‹/ms›
Indicó en un mapa la posición del equipo cinematográfico, al norte de la multitud, entre los eucaliptos. El equipo de Bollywood y sus sistemas automáticos estaban bien preparados para la operación de aquella noche, aunque la gente presente no sabía que participara en ella.
Alfred realizó una última comprobación a su alrededor. Caminó unos pasos entre los árboles… y se encontró en medio del grupo de Bollywood.
—¡Señor Ramachandran! Hemos perdido toda la conectividad. —La técnico de vídeo tenía los ojos abiertos como platos—. Todo iba bien, pero ¡ahora es horrible! —Los técnicos eran expertos en lo espectacular, pero no en lo real.
Alfred adoptó el papel de ejecutivo cinematográfico durante una crisis.
—Tienes el vídeo en caché, ¿no? Has enviado a casa los primeros, ¿no?
—Sí, pero…
Querían salir de entre los árboles para ayudar a los heridos de la biblioteca. Era para mejor; enseguida Vaz volvería a ser uno más del grupo. Quizá los analistas del DSI siguiesen sumidos en el caos. Sería divertido (y también asombroso) que su tapadera le permitiese superar el cordón del Cuerpo de Marines y salir de California. Mientras seguía al equipo a campo abierto mantenía un único enlace con la milnet. Era hora de deshacerse de esa última prueba incriminatoria.
Pero todavía le llegaba información. Palabras terribles y escalofriantes con las que Alfred jamás habría tenido que cargar de no haber seguido conectado.
—Por favor. Por favor, no le hagas esto. No es más que una niña pequeña.
Gu. Alfred buscó a toda prisa en la vista que le quedaba. Su persona física tropezó.
La técnico de vídeo le agarró por el hombro, estabilizándole.
—¡Señor Ramachandran! ¿Está bien? ¿Le ha cegado el ataque? Alfred tuvo la presencia de ánimo de no despreciar su ayuda.
—Lo siento, es por toda esta destrucción. Debemos ayudar a esta pobre gente.
—¡Sí! Pero usted debe permanecer a salvo. —La técnico le guió hasta donde el resto del equipo de Bollywood ya estaba ayudando. El apoyo de la mujer le dio la oportunidad de echar una ojeada a la vista subterránea. El daño de la cámara se había resuelto parcialmente; algunos de los píxeles dañados parpadeaban y ya podía ver un poco más allá del armario caído… Gu, el anciano, estaba atrapado. Dios, ¿dónde estaba la niña?
No pretendía que esto pasase. No tendría que haber dicho nada, pero su cuerpo le traicionó.
Anónimo —› Robert Gu: ‹ms› ¿Dónde está la niña?‹/ms›
—¿Quién es? —gritó la voz en su oído, para luego hablar en voz más baja, con más desesperación—. Está aquí. Inconsciente. Y no puedo apartarla.
Anónimo —› Robert Gu: ‹ms› Lo siento.‹/ms›
A Alfred no se le ocurría nada más que decir. Muertos, aquellos dos podrían mejorar sus posibilidades de escapar. Furioso, se apartó del punto de vista. Maldito sea mi nombre. Esa noche no había logrado nada más que destruir a buenas personas. Pero ¿cómo salvarlos sin ponerse en peligro?
—Por favor, sólo dígaselo a la policía. No deje que se queme.
Más punzadas de presión, el sonido de mil objetos frágiles rompiéndose, del plástico duro rasgándose, de los huesos aplastados. En realidad Robert no lo oía todo. Lo de los huesos aplastados le mantenía distraído. Ni siquiera prestó demasiada atención a las explosiones posteriores y al calor.
Robert surgió de una introspección que bien podría haber sido inconsciencia, sólo que dolía mucho más. Miri estaba apoyada sobre manos y rodillas. Gritaba:
—¡Abuelo! ¡Abuelo! Di algo, por favor. ¡Abuelo! Él agitó la mano y ella se la agarró.
—Lo siento mucho —dijo Miri—. No pretendía tirar nada. ¿Estás herido?
Era una de esas preguntas de respuesta fácil. Una agonía del tamaño de un elefante se sentaba sobre su pierna derecha.
—Sí. —Pero el dolor borró el resto de la respuesta ingeniosa.
Miri lloraba sin aliento. Era un comportamiento impropio de la niña. Se volvió y empujó el armario que le tenía atrapado.
Robert respiró hondo, pero sólo consiguió marearse.
—El armario es demasiado pesado, Miri. Aléjate de él. —¿Por qué el aire estaba tan caliente? La luz normal se había ido. Algo parecido a un horno abierto relucía más allá del equipo derribado, donde sólo se oían estallidos y susurros.
—Cara… ¡Miri, no vayas ahí!
La niña vaciló. Bajo el armario estaban los restos aplastados del cartucho de ratones que había estado a punto de partir. Ya no iría a ninguna parte. Miri metió la mano entre los cristales. Robert movió el cuello todo lo posible y vio una diminuta carita mirándole, un ratón que se había soltado de la trampa de succión del panel.
—Oh. —La voz de Miri era un gemido—. Hola, chiquitín. —Una risa mezclada con sollozos—. Y a ti también. Ahora sois libres. —Robert vio más caras diminutas a medida que Miri liberaba ratones. Movían la cabeza de izquierda a derecha. No parecían verle y, al cabo de un momento, encontraron algo mucho más importante en la escala ratonil de las cosas: la libertad. Dejaron atrás las manos de la niña y se alejaron del calor.
Robert veía ya la causa de aquel calor. Una reluciente masa blanca goteó sobre los restos, pasando al rojo al caer por un lado del armario.
Cara gritó de pánico y se le acercó.
—¿Qué es eso?
Un silbido y salpicaduras. Si podía superar la barrera de armarios tenía bastante profundidad.
—No lo sé, pero tienes que irte.
—¡Sí! ¡Vamos! —La chica le tiró de los hombros. Él empujó con ella, ignorando el dolor horrible de la pierna. Consiguió moverse unos centímetros y quedar más firmemente atrapado que antes. El calor ya era más insoportable que la pierna aplastada. La mente de Robert saltó de un horror a otro, intentando conservar la cordura.