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Miró a su hermana, que lloraba.

—Siento haberte hecho llorar, Cara. —La niña se puso a llorar todavía más—. Ahora tienes que salir corriendo.

No respondió, pero dejó de llorar. Le miró sin comprender, para luego alejarse un poco más del calor. ¡Vete! ¡Vete! Pero ella dijo:

—No me encuentro bien. —Se tendió donde él no podía llegar. Robert miró la roca fundida. Había cubierto el fondo del armario.

Unos centímetros más y cubriría a su hermanita. Estiró el brazo, agarró un trozo grande, quizá de cerámica, y lo usó contra la marea reluciente.

Se produjeron más explosiones, pero no tan intensas. De cerca sólo se percibían el olor y el sonido de cosas cocinándose. Intentó recordar cómo había llegado allí. Alguien les había hecho aquello a él y a Cara, y seguro que estaba escuchando.

—Por favor —le dijo a la oscuridad reluciente—. Por favor, no le hagas esto. No es más que una niña pequeña.

No hubo respuesta, sólo los sonidos horribles y el dolor. Y luego algo muy extraño, letras pasando frente a su mirada:

Anónimo —› Robert Gu; ‹ms›¿Dónde está la niña?‹/ms›

—¿Quién es? Está aquí. Inconsciente. Y no puedo apartarla.

Anónimo —› Robert Gu: ‹ms› Lo siento.‹/ms›

Esperó, pero no vio nada más.

—Por favor. Simplemente dígaselo a la policía. No deje que se queme.

Pero el observador silencioso se había ido. Cara no se movía. ¿No nota el calor? Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para mantener el trozo de cerámica en su sitio.

Luego escuchó;

—¿Profesor Gu? ¿Es usted?

¡Era uno de aquellos estudiantes incordiosos! Había tantas imágenes persistentes que no podía estar seguro, pero allí había alguien, parcialmente sumergido en la masa fundida.

—Soy yo, Zulfi Sharif, señor.

El nombre le resultaba familiar, era un estudiante arrogante y cobarde. Pero no tenía la piel verde. Eso era importante, ¿no?

—Llevo horas intentando llamarle, señor. Nunca me había costado tanto. Me temo… Me temo que me han secuestrado definitivamente. Lo siento. —Estaba prácticamente sumergido en la roca. Un fantasma—. ¡Está herido! —dijo el fantasma.

—Llama a la policía —dijo Robert.

—¡Sí, señor! Pero ¿dónde está? No importa, ¡ya veo! Conseguiré ayuda de inme…

La roca reluciente saltó sobre la presa improvisada de Robert y le llegó al brazo. Descendió a un pozo de dolor absoluto.

33

El nuevo anexo de la clínica Crick tenía menos de cinco años, pero parecía sacado directamente del siglo anterior, cuando los hospitales eran enormes edificios imponentes donde ir a buscar una posibilidad de supervivencia. Todavía había cierta necesidad de lugares así: las unidades de cuidados intensivos más extremos no eran algo que se pudiese empaquetar en una caja de primeros auxilios y vender a los usuarios domésticos. Y, claro, siempre quedaban los casos trágicos de enfermedades incurables y debilitantes; era posible que una pequeña porción de la humanidad siempre acabase en alguna instalación de cuidados a largo plazo.

El nuevo anexo satisfacía algunas otras necesidades. En ellas pensaba el teniente coronel Robert Gu Jr. cada día cuando llegaba al hospital. Diariamente desde la debacle en la UCSD entraba en la rotonda de tráfico de la clínica Crick, se apeaba, y contemplaba los acantilados y la playa hasta La Jolla. La clínica se encontraba a poca distancia cuesta arriba desde algunas de las propiedades más lujosas del mundo. A unos kilómetros se encontraban los laboratorios de biotecnología que rodeaban la UCSD, quizá la fuente más prestigiosa mundialmente de medicina mágica. Claro estaba que los laboratorios podrían haber estado al otro lado del mundo en opinión de quienes no daban importancia a dónde estuvieran. Pero psicológica y tradicionalmente, la combinación de viviendas de lujo y curas mágicas era un buen cebo para los muy ricos de los muy enfermos.

La mujer de Bob, su hija y su padre no estaban encerrados allí porque fueran ricos. Una vez cruzada la imponente, y totalmente real, entrada principal, uno disfrutaba de intimidad. En aquel caso, la privacidad se debía tanto al diseño básico de la clínica como al hecho de que el Tío Sam se interesaba especialmente por ciertos pacientes.

¿Qué mejor lugar para mantener casos delicados bien apartados que un hospital de lujo? La prensa revoloteaba más allá de sus paredes y elucubraba… sin tener ninguna base para hacer una denuncia por violación de las libertades civiles. Era una tapadera muy buena.

Bob vaciló justo antes de cruzar la entrada principal.

¡Oh, Alice! Llevaba años temiendo que el ESR se la llevase. Durante años los dos habían discutido sobre los límites del deber y el honor, y el sentido de Chicago. El peor desenlace imaginado se había producido… y descubría que no estaba preparado. La visitaba todos los días. Los doctores no eran muy optimistas. Alice Gu estaba pillada bajo más capas de ESR que cualquier paciente que hubiesen visto. Por tanto, ¿qué sabían ellos? Alice estaba consciente. Le hablaba en una jerga ininteligible. Él la abrazaba y le rogaba que regresase. Porque al contrario que su padre y que Miri, Alice no era una prisionera federaclass="underline" era prisionera de su propia mente.

Aquel día Bob tenía una misión oficial que cumplir en Crick. El último de los interrogatorios a los detenidos, es decir, la última de las «entrevistas», había terminado. Estaba previsto que su padre se despertase al mediodía, Miri una hora más tarde. Bob podría pasar un poco de tiempo con ellos en compañía virtual de Eve Mallory, una oficial del DSI que era la cara visible de los equipos de investigación.

A las doce en punto Bob se encontraba delante de una puerta de madera de estilo muy antiguo. A esas alturas ya había aprendido que en Crick tales cosas no eran falsas. y que tendría que girar la manilla si quería entrar.

Eve —› Bob: ‹ms› Sentimos un interés muy especial por esta entrevista, coronel. Pero que sea breve. Cíñase a los asuntos descritos en el memorando.‹/ms›

Bob asintió. Todavía no sabía contra quién estaba más furioso, si contra su padre o contra los imbéciles del DSI. Se contentó con abrir la puerta sin llamar y entrar de pronto en la habitación de hospital.

Robert Gu padre caminaba de un lado a otro por la habitación sin ventanas como un adolescente enjaulado. Nadie hubiese dicho que hacía poco tenía una pierna aplastada y la otra rota; a los médicos se les daban muy bien esas cosas. Y en cuanto al resto, bien, un pijama médico ocultaba las quemaduras.

La mirada del viejo se centró en él en cuanto Bob entró, pero las palabras eran más de desesperación que de furia.

—¡Hijo! ¿Miri está bien?

Eve —› Bob: ‹ms› Hable, coronel. Puede contarle lo que quiera sobre su hija.‹/ms›

—Miri está bien, papá. —Señaló los asientos blandos que había junto a una mesa, en un extremo de la suite.

Pero el viejo siguió dando saltos por la habitación.

—Gracias a Dios, gracias a Dios. Lo último que recuerdo es el calor y la lava avanzando hacia ella. —Se miró el pijama y de pronto pareció muy distraído por lo que veía.

—Estás en la clínica Crick de La Jolla, papá. Miri no sufrió ningún daño en el fuego. Tu brazo izquierdo quedó destrozado. —En algunos puntos la carne se había quemado hasta el hueso. El antebrazo se había quemado por completo.

Robert padre se tocó la manga suelta.

—Sí, los médicos me lo han dicho. —Se volvió y se dejó caer en uno de los asientos—. Eso es prácticamente todo lo que me han contado. ¿Estás seguro de que Miri está bien? ¿La has visto?