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El viejo jamás se portaba así. Había tensión alrededor de sus ojos. O simplemente reacciona a mi expresión. Bob se sentó frente a su padre.

—La he visto. Esta tarde hablaré con ella. Su peor problema es cierta confusión mental sobre lo sucedido en los laboratorios.

—Oh. —Luego repitió en voz más baja—: Oh. —Procesó la noticia y regresó al estado de agitación—. ¿Cuánto tiempo llevo fuera? ¡Hay tantas cosas que debes saber, Bob! Quizá deberías llamar a algunos de tus amigos de la policía.

Eve —› Bob: ‹ms›¿No recuerda las entrevistas? No sabía que fuéramos tan buenos.‹/ms›

—No hace falta, papá. Puede que más tarde te planteen algunas preguntas sobre puntos concretos, pero hemos extraído todos los secretos sucios. Se te interroga desde hace varios días.

Su padre abrió los ojos un poco más. Al cabo de un momento, asintió.

—Sí, esos sueños extraños. ¿Significa eso que saben… que sabes lo de mi problema?

—Sí.

Robert apartó la vista.

—Hay malos muy extraños ahí fuera, Bob. El Extraño Misterioso, el que secuestró a Zulfi Sharif, estaba continuamente encima de mí. Nunca he conocido a nadie que pudiese manipularme como lo hacía él. ¿Te imaginas tener a alguien subido en tu hombro, diciéndote continuamente lo que debes hacer?

Eve —› Bob: ‹ms› Será mejor no hablar de Conejo.‹/ms›

Bob asintió. Conejo, el nombre que les habían sacado a los indoeuropeos, podía ser algo nuevo bajo el sol. Conejo había comprometido el EHS. La creación de escenarios por parte del DSI y el Cuerpo de Marines en realidad había dado apoyo a Conejo. Los indios, europeos y japoneses tendrían que responder de muchas cosas, pero era posible que los planes de Conejo jamás hubiesen sido detectados si ellos no hubiesen lanzado el ataque de revocación contra la criatura. Pero ¿cómo había hecho Conejo sus trucos? ¿Qué más podía hacer?

Eran preguntas candentes, pero no preguntas que pudiese comentar con el traidor de su padre.

—Nos estamos ocupando de los cabos sueltos, papá. Mientras tanto, hay resultados y consecuencias sobre los que tienes que ponerte al día.

—Sí. Consecuencias. —La mano derecha de Robert jugó nerviosamente con el exquisito tapizado del asiento—. ¿Cárcel? —Pronunció la palabra con muy poca fuerza, casi como una petición.

Eve —› Bob: ‹ms› Ni soñarlo. Queremos que esté libre.‹/ms›

—Nada de cárcel, papá. Oficialmente, tú y tus amigos formabais parte de una protesta en el campus que se desmadró en exceso. Extraoficialmente… bien, estamos difundiendo el rumor de que ayudasteis a impedir el sabotaje de los laboratorios por parte de terroristas. —Otro trabajo más para los siempre útiles Amigos de la Intimidad.

Robert cabeceó.

—Detener a los malos fue idea de Miri.

—Sí, lo fue. —Miró a su padre con expresión pétrea—. Esa noche yo era el oficial de guardia.

Eve —› Bob: ‹ms› Con cuidado, coronel.‹/ms›

Pero era una advertencia huera. Los estrategas de interrogatorio habían estado de acuerdo en que Robert debía conocer esos detalles. El único problema era decírselo a su padre sin estamparle el puño en la cara.

—¿Aquí? ¿En San Diego? Bob asintió.

—En todo el suroeste del territorio continental de Estados Unidos, pero la acción tuvo lugar exclusivamente aquí. Esa noche Alice era mi jefa de analistas. —Vaciló, intentando contener la furia—. ¿Llegaste a enterarte de que fue Alice la que me impidió echarte de casa?

—Yo… —Se pasó la mano por el pelo rebelde—. Siempre parece muy distante.

—¿Sabes lo que es quedar pillado por ESR, papá?

Un asentimiento rápido.

—Sí. Calas Rivera queda pillado en chino. ¿Carlos está bien? —El viejo alzó la vista y su rostro se puso gris—. ¿Alice?

—Alice se derrumbó durante vuestra aventura. Tenemos pruebas sólidas de que…

Eve —› Bob: ‹ms› Sin detalles, por favor.‹/ms›

Bob siguió hablando sin apenas vacilar:

—Sigue pillada.

—Bob… no pretendía hacerle daño. Simplemente estaba desesperado. Pero quizá, quizá yo le tendí la trampa. —Miró a los ojos a Bob y luego apartó la vista.

—Lo sabemos, papá. Salió en tus entrevistas. Y sí, la comprometiste. —El DSI había investigado el hogar de los Gu y sus archivos personales con tanto cuidado como había estudiado todo lo de la UCSD; incluso tenían imágenes del robot que su padre había usado en el baño delantero. Pero seguimos sin saber qué hacía exactamente ese cacharro. India, Japón y Europa echaban la culpa a Conejo, y Conejo había quedado reducido a rumores y fragmentos ilegibles de cachés atrasados.

Eve —› Bob: ‹ms› Je. Ya lo descubriremos. Un ataque de red sobre una víctima biopreparada… es una tecnología excesivamente interesante para ignorarla.‹/ms›

Su padre tenía la cabeza gacha.

—Lo siento. Lo siento.

Bob se puso en pie abruptamente. Fue todo un logro que su voz surgiese tranquila y firme.

—Saldrás hoya última hora. Hasta entonces, busca algo que vestir y ponte al día con el mundo exterior. Seguirás viviendo una temporada con nosotros en Fallbrook. Queremos que lo retomes… justo donde lo dejaste. Se lo contaré a Miri y a Alice…

—Bob, no saldrá bien. Miri jamás me perdonaría…

—Probablemente sea cierto. Pero ella oirá una versión resumida. Después de todo, tu participación en el ataque a Alice es circunstancial. Y está oculta tras capas de seguridad que no es probable que Miri Gu logre atravesar. Yo… te recomiendo encarecidamente que no le des detalles.

Y de este modo el teniente coronel Robert Gu Jr. cumplió con las obligaciones que le habían encomendado. Ya podía irse. Atravesó la habitación, alargó la mano hacia la puerta. Algo le hizo volverse y mirar atrás.

Robert Gu padre lo miraba con la angustia reflejada en los ojos. Era una mirada que Bob había visto en otras caras. A lo largo de los años, en ocasiones, los jóvenes a su mando habían metido la pata hasta el fondo. Los jóvenes se desesperan. Los jóvenes hacen cosas horribles, tontas y egoístas… en ocasiones con consecuencias terribles.

Pero ¡hablamos de mi padre! Ni la desesperación ni la inexperiencia le servían de excusa.

Y, sin embargo, Bob había visto el vídeo del equipo del Centro de Control de Enfermedades mientras seguía las indicaciones de Sharif para entrar en los laboratorios. Había visto a su padre y a su hija tendidos en el suelo, cerca del empaquetador del UP/Ex. Había visto cómo Robert tenía el brazo extendido, cómo retenía la piedra cuajada a pocos centímetros de la cara de Miri. Y, por tanto, a pesar de la monstruosa pifia del viejo, todavía tenía que decir una cosa:

—Gracias por salvarla, papá.

Retomarlo justo donde lo había dejado, le había dicho Bob. En Fairmont casi era posible. Juan y Robert ya habían aprobado los exámenes finales escritos y habían tenido vacaciones de Navidad y Año Nuevo. Estaban de vuelta justo a tiempo para pasar por lo que la mayoría de los estudiantes consideraban la parte más aterradora del semestre: la presentación de sus proyectos durante la Noche para Padres. Los problemas sobre la vida, la muerte y la espantosa culpa se redujeron a la preocupación por no quedar como un tonto delante de algunos niños y sus padres.

Asombrosamente, Juan Orozco todavía le hablaba. Juan no sabía exactamente qué había pasado en la UCSD. Sus recuerdos habían sido eliminados todavía más sistemáticamente que los de Miri. Se dedicaba a reunir fragmentos de las noticias intentando distinguir la verdad de las mentiras propaladas por los Amigos de la Intimidad.