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– Ya. -Pat se volvió hacia mí y dijo pensativamente-: Dios sabe cuántos vuelos salen de Kennedy durante la madrugada. Habrá que ver eso. -Suspiró-. Muy bien, Patrick, nos ha sido muy útil. A lo mejor tenemos que volver a darle la lata. -Le dio una palmada en el hombro.

MacDougall se atragantó. Le dio un ataque de tos. Cuando se calmó, dijo:

– A sus órdenes, teniente. Eh… el señor Aspiner era muy querido… muy buena persona. Ya sabe. Me gustaría que la pillaran.

No me pareció muy convencido.

– Humm.

CAPITULO V

El día en que conocí a Marta celebrábamos mi primer Pulitzer y el hecho de que había terminado de pagar todas mis deudas. Mi cuenta corriente en el banco disfrutaba de un sanísimo e inusual color negro; tenía exactamente 527 dólares en ella. Mis posesiones incluían cuatro cámaras fotográficas, un pequeño laboratorio para revelar mis propios contactos, el cuadro de Houthuesen, un par de centenares de libros, seis pantalones y cuatro camisas. Era el hombre más feliz del mundo. Y el más rico. Aquella misma mañana había mandado a mis agentes a freír espárragos; había dejado de trabajar en exclusiva para una sola agencia o con primer derecho de reserva para Time. De entonces en adelante, quien quisiera mis fotos, las iba a tener que pagar a lo que se cotizara cada disparo de mi objetivo y, además, nadie más que yo iba a decidir qué fotos mías se seleccionaban para publicación. Mi trabajo era mío y, en mi opinión, que es la que cuenta, el mejor del mundo.

¿La foto del Pulitzer? La última foto de guerra que se hizo en Vietnam: la de la niña huyendo con el napalm a la espalda. Aquel día estaba tan eufórico que había conseguido olvidar la tragedia de la niña y no pensaba más que en el futuro.

Nos habíamos ido a cenar al viejo restaurante de Lou, en la Pequeña Italia de Manhattan. Estábamos Tina, Pat y yo. En el momento de sentarnos a la mesa faltaba por llegar John Mazzini, el columnista del New York Times, compañero de mil aventuras, y una prima que había anunciado que traería consigo. Lou's es una pequeña tasca, de suelo de baldosa y mesas cubiertas de manteles a cuadros rojos y blancos; nada de fantasías de velitas o iluminación discreta: la luz le viene de enormes tubos fluorescentes que cuelgan del techo. A todo lo largo del restaurante hay una barra y, en uno de sus extremos, en grandes bandejas y cajas de madera, se exhiben mariscos, ostras, bígaros, almejas y mejillones. Detrás de la barra se yergue Lou, siempre en mangas de camisa, con su pinta de gángster mañoso y una eterna sonrisa en la que brilla un sólido diente de oro. Lou ha debido verlas de todos los colores. Su establecimiento está en una esquina, justo enfrente de la estatua de San Gennaro, y en ese preciso lugar, han muerto decenas de mafiosos en tradicionales ajustes de cuentas a lo largo de cuarenta años. Pero los spaghetti alie vongole de Lou son los mejores del mundo, y cuando en verano se decide a hacer salsa de pesto, sus fieles acudimos en masa.

En esta ocasión, Lou había abandonado su tradicional puesto de vigilancia de detrás de la barra (los viejos del lugar aseguraban que, al alcance de su mano, al lado de los vasos y las botellas, tenía una Lupara siempre cargada) y se había acercado a nuestra mesa con un gigantesco botellón de vino espumante en la mano.

– ¡Eh, signor Christopher! -dijo-, aquí se festeja hoy al más famoso de todos los periodistas. Aquí hoy se bebe por cuenta de la casa. Un viejo spumante Cinzano. -Y agitaba el botellón con entusiasmo.

John Mazzini llegó en ese momento. A su lado venía una maravillosa criatura. Pequeña, morena, tenía las facciones delicadas y perfectamente delineadas de una madonna de Andrea del Sarto. Y en su mentón acababa la pureza virginaclass="underline" debajo del viejo jersey de lana se adivinaba más fuego que en un volcán, y las piernas, enfundadas en un estrecho par de jeans, daban la impresión de estar rodeadas de piel tersa y apretada. Se me debió poner cara de tonto porque Tina me miró, enarcó las cejas y sonrió con picardía, y la niña, en el instante de un segundo, hizo tres cosas que establecieron, para el resto de mi vida, la vitalidad de aquel rostro increíble: me miró con sorpresa, rompió a sonreír con la insolencia que da la certeza de haber impresionado a un hombre y se puso colorada al darse cuenta de las implicaciones del efecto que había producido en mí.

– ¡Chris! -exclamó Mazzini-, ¿Chris? ¿Me estás oyendo? -De repente, se calló. Me miró y, lentamente, fue volviendo la cabeza hasta que su vista se fijó en la niña. Poco a poco se dibujó una sonrisa, cada vez mayor, en su semblante, hasta que rompió a reír francamente-. ¡Pero, hombre! Caramba. Hombre, te voy a presentar a mi prima, aunque, a juzgar por la cara que pones, no sé si debería. Mira, ésta es Marta. Marta -añadió solemnemente-, éste es mi amigo Christopher Rodríguez, el mejor fotógrafo del mundo y un tipo muy poco recomendable.

Marta se acercó y, ladeando la cabeza, me ofreció su mano. La cogí y tiré de ella hacia mí. Entonces, con un impulso que nunca seré capaz de repetir en mi vida, le puse la mano izquierda debajo de la barbilla e, inclinándome, la besé en los labios. Aún hoy recuerdo la suavidad de su boca y el aroma fresco de su aliento. Me enderecé y quedé paralizado de vergüenza, mientras los que estaban en la mesa aplaudían y reían alegremente.

En un gesto que aprendí a reconocer como terriblemente suyo, Marta hinchó los carrillos, sopló hacia arriba para quitarse un mechón de pelo que le caía sobre la frente y se dejó caer sentada en una silla.

Hay veces en que, en el duermevela de la madrugada, recuerdo y medio sueño esta escena. Soy capaz de reproducirla en mi memoria como si acabara de pasar, y daría, no los dedos de mi pie, sino toda mi pierna y después la otra con tal de poder retroceder diez años y volver a encontrarme en el restaurante de Lou aquella noche del Pulitzer.

Me levanté empapado en sudor. Me dolía la cabeza y me escocía la garganta. En la cocina, Dennis me dijo: -Tienes mala cara.

– Dennis, vete a freír puñetas.

– ¿Vas a venir a recuperación hoy?

– No lo sé. Tal vez por la tarde.

Para entrar al edificio de Langley, cuartel general de la CÍA, hay que pasar por numerosos controles que requieren identificación por documentos, por huellas dactilares y, finalmente, por la prueba de la voz, cuya tonalidad es tan segura e indeleble como los surcos microscópicos de los dedos. No me parece que se fíen mucho de la gente que les visita y, si la cita es con el director, se tiene la sensación de ser un delincuente en potencia, a quien los agentes de seguridad preferirían meter en una mazmorra antes que en el ascensor que lleva al piso de los superpoderosos.

Cuando me hicieron pasar al despacho del director, éste estaba sentado detrás de su mesa, impecablemente vestido como siempre y enfrascado en la lectura de un montón de documentos. A las ocho de la mañana. Hay cosas que no entiendo en la vida. Levantó la vista, sonrió, y me dijo:

– Adelante, adelante, Christopher -y con la mano señaló un pequeño sillón que había delante de su mesa-. Siéntese. Vamos a ver si es usted capaz de superar con bien la prueba del café de esta casa. -Sonrió nuevamente y, dirigiéndose a su secretaria, dijo-: Traiga usted café, por favor. Supongo que unas galletas también. -Levantó las cejas inquisitivamente en dirección a mí.

Hice un gesto afirmativo y me encogí de hombros.

– Habrá que arriesgarse, señor.

– Habrá que arriesgarse. -Se puso serio-. Christopher, imaginará usted por qué le he llamado para que se ocupe de esta investigación. No es sólo, como dijimos la otra noche, que no pueda fiarme de mi propia gente. Es que necesito personas sin ideas preconcebidas, con capacidad independiente de movimientos y con un alto grado de conocimientos técnicos.