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Levanté una mano.

– Me temo, señor, que, en mi caso, el alto grado de conocimientos técnicos es absolutamente inexistente…

– Ya lo sé. Pero tiene usted una virtud imbatible. Usted y la señorita Mahler son un equipo completo. Lo que a ella le falta en movilidad, lo suple con la técnica…

– ¡Ah! Nina Mahler y yo colaboramos en esto…

– Naturalmente. ¿No se lo dijo Gardner?

– No, señor.

– Vaya, qué hombre más desmemoriado. -Meneó la cabeza de derecha a izquierda. Se levantó y, sacando una pequeña llave del bolsillo del pantalón, se acerco a una caja fuerte que había en una esquina. Marcó la combinación, introdujo la llave y abrió la puerta. Extrajo un papel y, con él en la mano, se volvió a sentar. Era lo que se llama un print-out, una hoja impresa por computador-. Vamos a ver, Christopher. Que yo sepa, la prueba de la manipulación, si es que ha existido, está aquí. -Sacudió el print-out. -Tanto el presidente como yo tenemos un terminal como éste -señaló una pantalla colocada sobre el teclado y una impresora que había en una pequeña mesa supletoria a la derecha de su propia mesa de despacho-. Para utilizar los datos e informaciones de nuestro computador, tengo que hacer dos cosas: en primer lugar, abrir el interruptor de seguridad con una llave que tengo aquí, permanentemente colgada de mi cuello. En segundo lugar, debo escribir mi nombre y, cuando me lo pide el ordenador, mi clave personal. Sólo el presidente de los Estados Unidos, David Gardner y yo tenemos la clave personal que permite el acceso a toda la información secreta de este país. Puede usted imaginar los secretos que guardamos entre los tres.

– Pero John Lawrence dice que Gardner no dispone de pantalla.

El director sonrió.

– Sí que la tiene, sí. Pero en su casa, en una habitación blindada.

– ¿Cuántas personas pueden obtener ese print-out del computador? -pregunté, señalando con la barbilla la hoja que el director tenía aún en la mano.

– Sólo tres, como le digo. El presidente, David y yo.

– Muy bien, señor. Pues si lo que le hace sospechar que ha habido manipulación está en esa hoja solamente, y el ordenador sólo produce ese impreso cuando se lo ordena una de tres personas…

– … El culpable tiene que ser uno de nosotros tres -dijo, asintiendo con la cabeza. Sonrió-. Lo malo es que es imposible. Eso querría decir que o el presidente o yo o Gardner somos espías. Bueno… todo es posible. Alguno de nosotros podría ser un espía soviético. Pero, no… es impensable, Christopher. Impensable. La naturaleza humana es débil, pero ninguno de los tres seríamos lo que somos o habríamos prestado los servicios que hemos prestado a los Estados Unidos, con el daño sustancial, sustancial, que le hemos hecho en ocasiones a la Unión Soviética, si fuéramos comunistas. El valor de tener un topo en una posición tan elevada como la que desempeñamos cualquiera de nosotros se esfuma ante los servicios contrarios a los intereses soviéticos que hemos realizado. -Se quedó callado, pensando. Era evidentemente un argumento que se había repetido muchas veces y que le convencía. Asintió y volvió a fijar su mirada en mí-. No, es imposible.

– Nada es imposible en la vida, señor. Usted mismo lo ha dicho -dije lentamente en voz baja. Lo cierto es que me asustaba la mera posibilidad de que una cosa así pudiera ocurrir.

– Sin embargo -añadió como si no me hubiera oído-, ponemos algunas salvaguardas. Nuestro historial es conocido hasta en sus más mínimos detalles. Yo creo que la CÍA sabe más de nosotros que cualquiera de nuestras madres. Y, desde hace años, sigue paso a paso cada una de las cosas que hacemos. Yo, menos, pero el presidente y Gardner llevan muchos años al servicio del Estado. Hay más: desde que cada uno ocupamos el puesto que ocupamos, cada uno de nuestros movimientos, cada conversación, cada viaje, cada llamada de teléfono, es cuidadosamente vigilado, grabado y registrado en el ordenador. Nos sería imposible establecer la clase de relación que es necesaria para llegar al punto en que se puede confiar lo suficientemente en el enemigo como para entregarle un secreto de esta naturaleza. -Se acarició la barbilla con el papel, mirando por encima de mi hombro hacia la ventana. Hizo un gesto denegatorio con la cabeza -. ¿Dinero? Me parece difícil que alguien pudiera pagarnos el dinero que haría falta para comprar una traición. Los tres tenemos más dinero del que nos haría falta para vivir más que espléndidamente. ¿Poder? ¿Qué más poder podemos llegar a tener en la URSS? ¿Más que el que tenemos aquí? Imposible. No.

– Muy bien, señor. Acepto los argumentos que usted me da. De acuerdo. Son ustedes más inocentes que Blancanieves. ¿Y ahora qué?

– Ahora, amigo mío, tiene usted que buscar lo imposible. En esta hoja.

Sí, señor; que se lo confiaran al inimitable C. Rodríguez. Había llegado la flor de Puerto Rico. El caso estaba resuelto.

– ¿Me enseña usted la hoja?

Sin decir una palabra, me la entregó. Bueno, aparte de que el texto estaba en mayúsculas y que lo primero que vi fue el nombre de Markoff, no me pareció contener nada particularmente revelador. Así, de entrada.

– No necesito decirle que lo que está usted leyendo es absolutamente secreto y que no lo conocen más que tres personas… bueno, cuatro, en el mundo.

Levanté la vista y la fijé en su cara sin decir nada. Dio un gruñido.

– Ya -dijo-, y todo el Kremlin. -Sonrió débilmente. Bajé la mirada y leí.

1. 28. 82. 09. 33.

XXXXXXXXXX. Senador Thomas Perkins. Status financiero senador Perkins. 26000 acciones AT &T + 3000 obligaciones Consolidated Edison + Cuentas bancarias y saldos: Manufacturers Hanover Trust USD431055.36 + Chase Manhattan depósito a la vista USD 200000 + CréditSuisse tres meses SWF1233000 + Condominio Vail Coló. Snowsun APT. 6B + Casa Sunset Blvd. 1505 L. A. + Washington DC calle P 1630 + XXXXXXXXXX

1. 28. 82.: 09. 41.

XXXXXXXXXX. Senador Thomas Perkins. Los Ángeles. Contactos 1. 27. 82.: 08. 13. Teléfono Vladimir Markoff, residente KGB, identificado por voz, intercambio anodino (reproducción verbatim en expediente) + 08. 56 Teléfono Ronald Enders. presidente comité reelección demócrata, estableciendo cita para almorzar+ 09. 01 Teléfono Mharles Retting, amigo personal, cita para golf posmeridiana+ resto mañana, reunión ininterrum-

El resto del print-out había sido cuidadosamente arrancado.

– No parece que esté en la calle el senador Perkins -dije, sin levantar la vista-. Markoff, ¿eh? ¿Es por eso que le vigilan?

– No, desde luego que no. El contacto de Markoff ha sido una sorpresa. Por eso me fijé más en el print-out. A veces me pregunto por qué los soviets mantienen aquí a Markoff.

– Usted lo sabrá mejor que yo, pero se me ocurre que es mejor tener bien a la vista a un agente quemado, mientras se opera en la sombra. Al fin y al cabo, Markoff raramente sale al campo. Controla desde la embajada soviética, maneja los hilos… Supongo que asumen que da igual quién maneja los hilos con tal de que no se sepa cuál es el color del algodón.

– ¿Usted estuvo involucrado en la operación del Midwest, ¿no?

– Sí, señor.

– Humm. No salió muy bien aquello. En fin -suspiró-, qué le vamos a hacer. Bueno, ¿qué le ve usted a ese papel?

– Bueno… -apreté los labios -. Una falta de impresión…

– ¿La ha visto también? -preguntó con agitación.

– Claro. En realidad, son dos.

– ¿Dos?

– Sí, señor. ¿Pero no pueden ser error del operador?

– No, eso es imposible. -Con gesto impaciente de la mano, descartó la suposición-. Dígame lo que ve.

– Bueno… en primer lugar, no conozco a nadie que se llame Mharles… Charles, sí. Charles Retting. Todos sabemos quién es. -Retting es uno de esos millonarios californianos que son dueños de siete mil cosas y que no saben bien lo que tienen-. En segundo lugar… a lo mejor es una tontería, pero…