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– Pero ¿qué? ¡Vamos, hombre!

– Si usted dice que el error es impensable…

– Sí, la máquina los corrige.

… Cada vez que en este papel hay una coma, hay un espacio en blanco antes y después… ¿no?… entonces no veo cómo al apellido Retting sigue una coma sin que haya corrido un espacio.

– ¡Claro! Eso no puede ser. El ordenador corre automáticamente un espacio antes y después de un signo de puntuación.

– Se inclinó hacia adelante.

– Eso quiere decir que el nombre de Retting, para que la coma que le sigue no corra un espacio, ha sido introducido después de que estuviera grabado en el texto original… Por tanto, ha sido una corrección hecha por un operador distinto y en una operación diferente a la que da lugar a la inscripción original.

El director se recostó en su asiento y me miró en silencio. Luego pulsó un botón y dijo:

– ¿Qué pasa con el café?

– Bueno, señor -contestó inmediatamente la voz de su secretaria -, puso usted la luz roja… Ahora mismo se lo llevo.

Levanté las cejas.

– Son las manías de la seguridad -dijo el director con tono resignado-. Cuando me siento con un visitante, aprieto un botón que hay al lado de mi pie y, fuera de mi puerta, se enciende una luz roja. Eso quiere decir que nadie debe pasar. -Sonrió-. A veces, aprieto el botón de alarma y no puede usted ni imaginar la que se arma.

La secretaria entró con una bandeja en la que había un termo, dos tazas, una pequeña jarra de crema, un azucarero y un plato con galletas, de esas horribles que siempre están rancias. Dejó la bandeja encima de la mesa del despacho y se retiró sin decir palabra. Alargué la mano y cogí una galleta. No estaba rancia.

– No están rancias -dijo el director, sonriendo-. ¿Solo?

– Con un poco de crema y sin azúcar, gracias, señor.

Me sirvió un café y le añadió la leche. Lo probé. Estaba, efectivamente repugnante.

– Malo, ¿eh?

– No hay quien se lo tome. -Me dio la impresión de que todas estas fruslerías y pérdidas de tiempo respondían a una cierta ansiedad por parte del director: lo que le preocupaba ver confirmadas sus sospechas y pensar en las consecuencias; debía de estar sintiéndose francamente alarmado. Suspiró.

– Vamos allá, Christopher.

– Bueno, señor, lo único que cabe imaginar es que quien quiera que sea nuestro ladrón borró el nombre de quien de verdad llamó al senador Perkins y lo sustituyó por otro. Eso puede querer decir dos cosas: o que es el propio interesado o que está a sueldo del interesado. En ambos casos, el nombre del verdadero comunicante debe ser en sí mismo tan escandaloso que, con sólo leerlo, descubriríamos algo verdaderamente grave. -Plusmarca Rodríguez en errores de ciento ochenta grados -. Y mucho más considerando el medio que se utiliza; nadie se molestaría en alterar nada menos que el computador de la CÍA por un quítame allá esas pajas… Claro que -levanté la mirada y la fijé en sus ojos, en un momento de gran operatividad de la inteligencia privilegiada de C. Rodríguez-puede averiguarse quién es realmente el interesado de manera bastante sencilla…

– ¿Ah, sí? ¿Cómo?

– Llamando al club de golf y preguntando con quién jugó el senador durante la tarde del 27 de enero…

– Eso ya lo hice. Fue lo primero que se me ocurrió -y tuvo la bondad de no sonreír-. La reserva estaba hecha a nombre de Perkins y su contrincante no se presentó esa tarde. El senador jugó con unos cuantos colegas que estaban allí. El caddy recuerda bien el malhumor de Perkins, pero, lamentablemente, no recuerda quién le dio plantón. Y Retting, desde luego, no pudo ser porque se marchó de viaje esa misma tarde. A menos de que fuera él mismo el que le diera el plantón.

– Vaya. ¿Y por qué no preguntárselo al interesado?

– Naturalmente, Christopher. ¿Se imagina usted la cara del senador Perkins, del Partido Demócrata, firme defensor de las libertades individuales y del derecho al respeto de la esfera privada, si me acerco a él y le digo: "Perkins, amigo mío, estaba releyendo tu ficha en mi ordenador y no queda claro quién fue tu contrincante de ayer en el noble deporte del golf?"

– He dicho una tontería, señor.

– Humm. -Hizo una pausa.-¿Cómo se ha hecho? ¿Quién lo ha hecho? ¿Qué oscuros intereses se esconden detrás de todo esto? Puede usted suponer que se abren las más insospechadas posibilidades. ¿Perkins, agente soviético? ¿Markoff metido de por medio? ¿El archivo más secreto de los Estados Unidos en manos de la Unión Soviética? Dios del cielo, Christopher, vaya y averigüelo como sea.

– Muy bien, señor -contesté con una convicción que estaba lejos de sentir. No sólo no tenía ni idea de por dónde empezar; es que, además, a mí también me molesta, como le molestaría a Perkins, que no se respete mi esfera privada. No quiero ni pensar en la ficha que debe figurar a mi nombre-. Antes de marcharme, sin embargo, quisiera asegurarme de una cosa… si es que usted no lo ha hecho ya. -La prudencia se aprende deprisa-. ¿Podríamos pedirle al ordenador que nos enseñara nuevamente la página? A lo mejor, en el momento preciso de la impresión, hubo un fallo eléctrico, un terremoto, qué sé yo, y se alteraron las pulsaciones.

Sin pronunciar palabra, el director se soltó el botón del cuello de la camisa, tiró de una cadena de oro y sacó la llave del interruptor de seguridad. Tenía, más bien, aspecto de ser un pulsador electrónico. Se quitó la cadena, enchufó la llave en el costado de la pantalla y la hizo girar. Se enderezó, me miró y dijo:

– ¿Quiere usted apartarse un poco, por favor?

Me levanté y me fui al otro lado de la habitación. El director se puso a escribir en su teclado, intercambiando evidentemente con su ordenador las lindezas mundanas que son de rigor. Hola. Buenos días. ¿Qué tal el tiempo hoy? Cosas así. Y la clave más secreta del mundo. Bueno, la más secreta, ya no. Al cabo de un rato, dijo:

– ¿Le importa venir aquí?

Me acerqué y, por encima de su hombro, leí en la pantalla:

"09.01 Teléfono Mharles Retting, amigo personal, cita para golf.

– No hay duda, ¿eh, Christopher?

– No, señor, no hay duda.

El director se levantó de su sillón, rodeó su mesa de despacho y se acercó a mí. Me puso una mano en el hombro.

– Tenemos un problema, Christopher. No dude usted en acudir a mí cuando lo necesite. No tengo previsto moverme de Washington en las próximas semanas. Sólo hoy voy a ir a Nueva York, al entierro de Malcom Aspiner. ¿Se entero usted de su muerte?

– Sí, señor. Una lástima.

– Era un buen amigo mío. Una verdadera lástima. Lo siento por Mary; estaban muy unidos. Lo cierto es que era amigo de todo el mundo. Del presidente, también. Hasta de Gardner, que no tiene amigos. -Sacudió la cabeza.

Siempre que salgo del cuartel general de la CÍA me detengo un momento, miro hacia atrás y dejo que me dé un escalofrío.

Tengo que confesar que odio Langley, probablemente igual que odiaría la plaza Dzerzinski si fuera un empleado de la KGB.

Es posible que la norteamericana y la soviética no sean las peores o las más malvadas de las organizaciones de espionaje; pero, en este asunto, la antipatía no se mide por la maldad sino por el tamaño. La verdad, por otra parte, es que técnicamente yo no era un miembro de la CÍA. El organismo que dirigía Gardner ni siquiera tenía nombre y no constaba en partida presupuestaria alguna; es uno de esos servicios ejecutivos que están directamente a las órdenes del presidente de los Estados Unidos. Fue creado en los años cincuenta como perro guardián de la pureza de los demás organismos de inteligencia de los Estados Unidos. "Una organización limitada en el tiempo", se dijo en aquellos momentos, y, como toda criatura provisional, se mantiene hoy con más fuerza que nunca. El hecho de que Gardner respondiera sólo ante el presidente, le confería un poder realmente extraordinario. Gardner no controlaba la pureza de nada. Ni le importaba. Lo único que hacía era montar y dirigir operaciones especiales, las más especiales y, con toda seguridad, las más sucias. Con una sola ventaja objetiva: no era en absoluto partidista y estaba exclusivamente al servicio de los intereses globales del país.