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– Me llamo John Lawrence. ¿Usted es el Christopher Rodríguez que yo creo que es? ¿El Pulitzer?

Asentí con la cabeza.

– ¿No le revuelve todo esto el estómago? ¿Qué han hecho los judíos para merecer esto? Todas ellas, preguntas terribles, ¿verdad? Me gustaría que charláramos un poquito más. ¿En qué hotel se aloja usted?

– Intercontinental -contesté.

– ¿Podríamos cenar juntos?

Mucho tiempo después descubrí que, en realidad, a John Lawrence le interesaba menos mi personalidad que la capacidad de movimiento que me prestaba mi fama de fotógrafo. Así es la vida.

CAPITULO VI

– Markoff, ¿eh? -dijo Nina Mahler, sin levantar la vista del print-out-. ¿Qué diablos pintará éste en esta historia? ¿Humm?

– Eso mismo pensé yo, Nina -dije-. Si Markoff está metido, hay lío seguro. ¿El bueno de Vladimir hablando en secreto con un senador de los Estados Unidos? Mala cosa. Me parece que vamos a tener que mirar esto con lupa. Y eso que me dice el director de que él fue el primer sorprendido por la presencia del camarada en la vida de Perkins, no se lo cree ni él…

– No, claro que no. Bien -añadió con firmeza-, le dijiste a Masters que este papel tiene dos errores, ¿no?

Seguía sin mirarme. Es un truco típico de ella: aparentar que sus descubrimientos imposibles son fáciles y están al alcance de cualquiera, para después levantar la vista con perfecta inocencia y sorprenderse de que su interlocutor no haya caído en la cuenta de algo tan sencillo. Por una vez, le desinflé el globo.

– Naturalmente, Nina. -No le gustó nada-. Y habiendo establecido una certeza razonable sobre el hecho en sí de que alguien ha tenido acceso a la clave del computador, no estaría de más averiguar cómo lo ha hecho, de qué le ha servido…

– …Y quién es el caco. Sí, amor -dijo pensativamente-, quién diablos es el caco…

– Hombre… es también lógico pensar que los malos de la película son los de siempre: el bueno de Markoff, que representa los intereses malignos del gran oso de Moscú, y sus muchachos.

– Imposible, amor. Markoff no tiene medio de acceder a la clave. Le caería encima tal cantidad de agentes antes de abandonar la escena del crimen, que habría que despegarle de la acera con quitamanchas. No… eso no puede ser. No, no. Aquí nos estamos enfrentando con un topo que es un absoluto genio y con un montaje considerablemente más sofisticado que el de nuestro Vladimir. Hombre, no descarto una acción KGB, pero a unos niveles que van a exigir de nosotros escarbar hasta profundidades insospechadas.

– ¿Qué se te ocurre?

– Chris, amor, me podrán decir lo que quieran, pero un computador lo programan seres humanos y, por mucha vigilancia que haya para impedir que hagan perrerías, la fuga tiene que salir de un solo sitio y ha sido realizada por un único individuo. Le encontraremos, no te quepa la menor duda. -Me miró y arrugó el entrecejo -. ¿Qué estás pensando?

– Bueno, que si los rusos querían nuestra información y la tienen, no veo por qué no han borrado la memoria de nuestro computador, una vez que nos robaron. Eso sí que nos habría hecho daño.

– Humm, no. Hay dos objetivos: el robo, que es útil de por sí, y el sigilo. Si no nos enteramos de que nos están robando, seguirán haciéndolo en el futuro y nosotros, como inocentes doncellas. Sólo el ojo avizor de Henry Masters ha sido capaz de detectar el hecho.

– Ya…

– Mientras tanto, los rusos no saben que hemos descubierto su trampa y, de perdidos al río: se les puede dar información falsa y así minimizar el desastre.

– Otra pega, Nina. Seguro que me la sabes rebatir. ¡Aj! Me canso, ¿sabes?

Nina sonrió.

– Esta mañana, para acceder a la información del ordenador, Masters tuvo que hacer tres cosas: usar una llave, poner su nombre en la pantalla y escribir la clave. ¿OK? Bueno, pues su nombre queda registrado. Por consiguiente, nadie que quiera utilizar el ordenador puede hacerlo sin firmar y sin que quede registrada la firma. ¿Cómo es que no ha quedado registrada la firma del ladrón? Vamos, digo yo que no ha quedado registrada porque, en caso contrario, estaría ya entre rejas.

– No tengo ni la menor idea. No sé cómo lo ha hecho, amor.

– Frunció el ceño-. Creía que estos ordenadores son inviolables, pero, evidentemente, hay un modo de hacerlo. No sé…

– Sacudió la cabeza-. No lo sé. Desde luego, nuestro ladrón es un experto en informática y ha encontrado un modo de permanecer en el anonimato… Lo que, por supuesto, tenía era la clave y el lenguaje que se había utilizado para programar al ordenador…

– ¿Lenguaje?

– Desde luego -contestó Nina pacientemente-. Mira, no nos vamos a meter en honduras, pero bástete saber que, para programar, pueden utilizarse muchos idiomas, unos más sofisticados que otros. El Basic, el Algol-60, el Algol-68, el Cobol, el Simula, qué sé yo; hay un montón. Cuanto más sofisticado es el lenguaje, más complicado resulta de manipular. El Basic, que es el más sencillo de todos y que fue el primero inventado, allá por los años cincuenta, ya no lo utiliza nadie. La CÍA tiene el suyo propio, por ejemplo. Una vez que el ladrón tiene el idioma, puede instruir al computador y ordenarle lo que quiera: que olvide que ha hablado con él, que le mande automáticamente toda la información que almacena, que baile la samba, lo que quiera. Lo único que no puede hacer es decirle que borre la firma que ha tenido que utilizar. Tener que utilizar una firma es como dejar arañazos en la combinación de una caja fuerte: imborrable. Y, sin embargo, lo ha hecho -añadió pensativamente-. ¿Cómo diablos? Bueno… a lo mejor… -dijo lentamente -… la última generación de ordenadores empieza a incluir memorias infinitas. Es un nuevo descubrimiento que tiene incorporado la CÍA. Un ladrón hábil podría, tal vez… no sé, tal vez esconder su firma, enterrarla muy dentro de la memoria infinita, de tal modo que sólo una casualidad entre mil billones hiciera que se encontrara. No estoy segura de que sea posible; no conozco bien el sistema… Pero… me parece difícil. El ladrón tendría que cambiar el programa y, para eso, tendría que tener acceso físico al computador y manejar sus tripas. ¡Puf! Con la seguridad que hay, me parece improbable.

– Bien, está bien, Nina. Me lo creo. No sé si habrá sido como tú dices. Ya veremos. ¿Qué sabemos de momento? Un ladrón ha obtenido la clave de nuestro computador y puede hablar con él porque también conoce su idioma. Es evidente que roba, como lo demuestra el print-out de Masters, y es evidente que el método utilizado es el de desviar la información hacia otro computador. ¿En la Unión Soviética?

– No, amor. Sería demasiado arriesgado. Es mucho más fácil utilizar un computador en los Estados Unidos y mandar papeles impresos o cintas por valija diplomática desde la embajada soviética en Washington.

– Pero si el computador de la CÍA está hecho de encargo, no podrá utilizarse otro diferente.

– Incorrecto. Puede utilizarse otro diferente. Desde luego, uno muy sofisticado. Un IBM, un UNIVAC… que utilice un programa igual al nuestro.

– ¿Por qué? ¿No dice Gardner que cualquier niño con un computador casero puede ponerse en contacto con un ordenador sofisticado?

– Sí, pero no con el de la CÍA u otro de similar sofisticación. Verás, estos grandes monstruos están utilizando un nuevo sistema de memoria que se basa en impulsos electrónicos por sonido. Si tu programa no incluye las mismas claves de sonido, no tienes modo de acceder al de la CÍA.

– Ya.

– Además, para disfrutar al cien por cien de las ventajas de una memoria global, tienes que disponer de un banco de memoria tan grande como el de la CÍA, tienes que tener un acceso conjunto e ilimitado a tu memoria. ¿Has visto el ordenador de la CÍA últimamente?