– Humm, no más que la de cualquier político.
– Mucho me tienes que convencer.
– ¿Vamos? -Vamos.
Media hora después estábamos sentados frente a Masters en su despacho. Le acabábamos de repetir muy despacio lo que queríamos de él. El director nos miró en silencio durante un largo rato. Se hubiera podido oír el vuelo de una mosca. Me daba la impresión de que no había mucho calor en los ojos de nuestro interlocutor, aunque su enfado, también es cierto, me parecía bastante razonable: por más que aquella misma mañana, Masters hubiera rechazado como ridícula la posibilidad de una infidelidad suya, del presidente o del bueno de Gardner, yo volvía cargado de sospechas. Y confieso que no se acusa todos los días impunemente de traición a tres de los personajes más poderosos del planeta. Que se lo dejen a C. Rodríguez; cualquier gestión diplomática que me sea encomendada es despachada por mí con la misma delicadeza con la que un elefante pisa armoniosamente unas florecillas del valle.
Finalmente, el director se rascó la barbilla, hizo repetidos gestos afirmativos con la cabeza y preguntó secamente:
– ¿Qué es lo que ustedes se proponen?
– Bueno, señor -contesté-, aunque usted mismo… -carraspeé-… me demostró esta mañana que era imposible, para seguir adelante con el espíritu libre de sospecha, nos tenemos que convencer de que no hay una manzana podrida en este montón… como si dijéramos -añadí en voz baja; no fue mi mejor frase del día.
– Estará usted conmigo en que el montón es bastante reducido.
Nina me dio una patada por debajo de la mesa.
– Sí, señor. Le pido perdón -me apresuré a añadir-. Pero, con el debido respeto -a veces me pregunto por qué hago estas cosas-, tengo que insistir en que, para seguir adelante con esto, es absolutamente fundamental que descartemos a los sospechosos que son más evidentes y, al tiempo, más improbables. El presidente, el señor Gardner y usted.
– ¿Y cómo se proponen hacerlo?
Detecté un punto menos de hielo en la pregunta.
– Es largo y pesado, señor, pero no hay más remedio que pasar por ello. El computador guarda en su memoria cada uno de los movimientos que ustedes han realizado en los últimos años. -Asintió.
– Se lo confirmé esta mañana.
– Sí, señor. -Me aguanté las ganas de menear la cabeza. ¿Por qué diablos le sentaba tan mal que yo recogiera su propio argumento y me planteara seriamente la cuestión de su fidelidad o infidelidad? Caramba, en un asunto tan grave como éste, no nos podíamos permitir el lujo de un solo descuido. Me encogí de hombros mentalmente. Todos somos humanos: supongo que Masters había descartado el tema cuando lo había tratado conmigo esa misma mañana y ahora le irritaba que volviera a ser puesto sobre el tapete. Bueno, no siempre se actúa al gusto de todos-. En esas circunstancias, señor, el computador de la CÍA nos revelaría cualquier lapso de tiempo cuyo empleo por ustedes no hubiera sido justificado. Me estoy refiriendo a un lapso de tiempo sustancial, lo suficientemente sustancial como para permitir un adoctrinamiento por los soviets y una preparación de la traición. Es decir, bastante tiempo. -Me dio la sensación de que Masters respiraba lentamente con cierto alivio-. De ser así, una cosa de este tipo debió de ocurrir hace años.
– ¿Por qué? ¿Por qué no recientemente?
– ¿Ha pasado usted últimamente quince, veinte, treinta días sin que nadie supiera dónde estaba?
– No, claro que no.
– Recientemente, en cambio, se han descubierto métodos químicos que aceleran el tiempo hipotético de adoctrinamiento. En otras palabras, si los rusos le pillaran ahora, es perfectamente concebible que le lavaran el cerebro en unas cuantas horas y que volviera usted una mañana, fresco y descansado tras un sueño reparador, convertido en el peor de los traidores: el que ignora serlo.
Masters asintió lentamente.
– Humm. Esas drogas de que usted me habla son muy recientes. Un año. Año y medio…
– Efectivamente, señor -interrumpió Nina-. La primera que sepamos que han desarrollado los rusos data de aproximadamente diecisiete meses.
– Sí. -Tomó la decisión y, con tono definitivo, añadió-: Bien, quieren ustedes utilizar el ordenador. Muy bien. Apártense un poco, por favor.
Mientras Nina y yo nos levantábamos e íbamos hacia la ventana, el director empujó la mesita supletoria, que giró hacia atrás sobre sus ruedas. Con ello, nos dejaba suficiente espacio para que trabajáramos sin molestarle. Luego, repitió la operación de aquella misma mañana: introdujo la llave en su ranura y se puso a escribir en sú teclado. Al cabo de un momento, dijo:
– Ya pueden ustedes acercarse.
En la pantalla, en pequeñas letras mayúsculas de color verde luminoso, podía leerse: "Ready." Nina cogió una silla, la acercó a la mesa y se sentó. Jadeaba un poco.
– Voy a conectar el impresor para que tengamos print-outs y los podamos leer con mayor comodidad en nuestra oficina. Así le molestaremos lo menos posible, señor.
Masters asintió nuevamente.
Nina se puso a escribir en el teclado y, mientras la impresora marcaba caracteres en el papel, en la pantalla fueron apareciendo las letras "Henry Fulton". Miré a mi alrededor, buscando una silla en que sentarme. No había ninguna cerca. Entonces, cogí uno de los silloncitos en que habíamos estado sentados antes y lo acerqué a la mesa.
– Comodón -murmuró Nina.
Me dolía el pie. Al sentarme, repentinamente se me desbloqueó la nariz por primera vez en cuatro días.
Parece mentira la cantidad de datos que puede almacenar un ordenador. Durante tres interminables horas, escupió sin cesar verdaderas remesas de papel. Ni por un momento Nina o yo nos apartamos de la pantalla: se trataba de impedir que nadie (y, siendo tres en la habitación, ya se sabe quién entendíamos por nadie) pudiera alterar los datos que estaban siendo impresos. Ni nos habíamos puesto de acuerdo, pero somos un par de desconfiados. Qué le vamos a hacer.
Probablemente, hubiera sido más fácil pedirle al computador que nos señalara los períodos de tiempo no controlados de nuestros tres héroes. No lo hicimos porque no teníamos modo de explicarle al monstruo qué tipo de intuición nos haría ver la luz. No lo sabíamos ni nosotros.
CAPITULO VII
Regresando hacia casa muchas horas después, le dije al taxista que parara en uno de esos Delicatessen que permanecen abiertos toda la noche. Entré en él, pedí un café y, volviéndome hacia la calle, hice gestos al taxista para que entrara a tomarse uno también. Sonrió desde el coche, se llevó dos dedos a la frente, abrió la portezuela y se bajó del taxi. Entró frotándose las manos.
– Dame un café, hermano -dijo al tendero.
Me dolía la cabeza y tenía la garganta reseca de nicotina y catarro. Nina y yo nos habíamos pasado toda la tarde y buena parte de la noche leyendo y releyendo las interminables hojas del print-out. Mis ojos casi no daban para más.
El Washington Post ya había salido. Cogí uno de un montón que había en el suelo. En portada había una gran fotografía del entierro de Malcom Aspiner; en primer plano, aparecía el furgón cubierto de flores, como si fuera el de un jefe mafioso, y, detrás, la viuda y dos de los hijos recibiendo el pésame del presidente. Fulton semitapaba al director de la CÍA y al bueno de Gardner. Los tres tenían cara de circunstancias.
Encendí un cigarrillo, le di una larga chupada y bebí un poco de café.
En la columna de la izquierda del periódico había un artículo, cuyo título rezaba: "Malestar en el Congreso: actividad creciente de la inteligencia en Centroaméria." Ya empezamos, pensé. No hay nada como la popularidad.