– Así son los grandes hombres -dije, levantando nuevamente el auricular.
Marqué el número de la centralita y, cuando me contestaron, pedí el número de la oficina del senador Perkins en el Congreso. Nina me miraba con moderada curiosidad.
– Siempre es bueno ver a un gran cerebro en funcionamiento -dijo.
– Anote, por favor: 737.2582.
Una telefonista contestó sin dejar que terminara de sonar la primera vez.
– Oficina del senador Perkins, buenos días.
– Buenos días, señorita. Quisiera hablar con el senador.
– No está en este momento. ¿Puedo dejarle algún recado?
– Sí, por favor. Dígale que soy Christopher Rodríguez, un periodista independiente, y que he leído sus declaraciones sobre Centroamérica esta mañana. Quisiera hacerle una entrevista.
– Espere un momento, por favor. La línea quedó muda.
– ¿Señor Rodríguez? -Voz masculina, cálida. Apestaba a simpatía profesional.
La verdad es que soy muy desconfiado.
– Sí.
– Soy el senador Perkins. Me dice mi secretaria que quiere usted hacerme una entrevista. Accedo con mucho gusto. ¿Cuándo quiere venir?
– Ahora mismo, si a usted le parece bien.
– Le espero dentro de un cuarto de hora. Presumo que está usted en Washington.
– Sí, señor. Muchas gracias. Allí estaré. -Levanté las cejas e hinché los carrillos-. Mire usted qué fácil -le dije a Nina-. No hay nada como fomentar el ego de la gente.
El senador Perkins (me pareció seguro que sus íntimos le llamarían Tom) es un californiano de cuarenta y cinco años, alto, delgado, con la tez bronceada que dan la naturaleza y la vida sana, la dentadura muy blanca y el aire confiado que prestan el éxito y el dinero a un hombre honrado y estimable miembro de la comunidad. No me gustaría tenerle como enemigo.
– Señor Rodríguez, corríjame si me confundo, pero usted es un fotógrafo y no un periodista político.
Aquella mañana, con el golpe de la noche anterior, debía yo de estar medio atontado. Prueba de ello es que ni se me había ocurrido que el senador Perkins pudiera saber quién era yo realmente. Nadie es perfecto.
– En efecto, senador. Soy fotógrafo, como usted bien dice, pero, desde hace años, me ha apasionado el tema de Centroamérica. Este accidente del pie -dije, señalándome la pierna con el bastón-ha reducido, además, considerablemente mi actividad. El New York Times, bueno, su director de política internacional, John Mazzini -rogué al cielo que John conservara sus reflejos, porque, a la velocidad a la que este tío parecía hacer sus investigaciones, no me iba a dar tiempo a llamar por teléfono y poner a John en guardia-, me ha pedido que haga una serie sobre el conflicto centroamericano. Me parece útil empezar por entrevistarle a usted.
– Muy bien. Usted dirá.
Saqué un pequeño bloc de notas de mi bolsillo.
– En el Washington Post de esta mañana usted le declaraba la guerra al presidente Fulton y le prometía dificultades en la concesión de fondos para las operaciones de inteligencia en Centroamérica.
– Mire usted. ¿Me permite que filosofe un poco?
Asentí.
– Vamos a ver. Durante décadas, los Estados Unidos han decidido que lo que pasa en el continente latinoamericano afecta directamente a su seguridad y estabilidad. Es curioso este país nuestro: se considera a sí mismo como la cuna de la libertad y de la democracia y, para defender esos valores en el interior, no tiene inconveniente en suprimirlos o comprometerlos en aquellas naciones que, se estima, constituyen el cerco estratégico de su defensa. Sin decirlo, han impuesto un telón de acero, con una única diferencia con el de verdad: que los ciudadanos norteamericanos son libres…
– ¿Y lo que pasa en Latinoamérica no afecta directamente a la seguridad de los Estados Unidos?
– ¡Claro que sí! Por supuesto que sí. Pero, ¿es moralmente justificable que, en vista de ello, se impongan penurias y dificultades sin cuento a los pobres latinoamericanos? No han hecho nada más que ser el proletariado más mísero del siglo xx… -Se quedó un momento callado y luego añadió-: Ahora hablaremos de cuestiones económicas, pero… pero, empecemos por las políticas. Cuando nos enfrentamos con el peligro de que una nación vecina, siendo pobrísima o estando tiranizada por una oligarquía, corre inminente riesgo de ser desestabilizada por una revolución sangrienta, y si esa revolución puede ser aprovechada por nuestros enemigos para dañar nuestros intereses, podemos seguir uno de dos caminos: intervenir militarmente o colonizar económicamente… -Sonrió-. Bueno, tal vez, esta última expresión sea un tanto exagerada, pero yo no pretendo, como me achacan mis enemigos, negarle a los intereses económicos de los Estados Unidos el acceso a las vías normales de penetración… El colonialismo económico no es intrínsecamente malo. El abuso en su defensa, sí.
Cuando Perkins quería hacer hincapié en un punto, se echaba hacia adelante y golpeaba con la yema del dedo índice sobre la mesa. Lo hacía con intensidad, casi con pasión. Este hombre creía en lo que estaba diciendo y me estaba empezando a caer simpático.
– Pero, senador, los intereses estratégicos…
– Un momento, un momento, por favor. Vamos a hablar de los intereses estratégicos reales, no de los imaginados por la dinámica del poder. El poderoso, y Dios sabe que el presidente de los Estados Unidos lo es, vive inmerso en una espiral que le impulsa a conquistar cada vez más poder, primero, para llegar a ser más fuerte que el antagonista, en este caso la URSS, y segundo, para conservarse más fuerte, porque no puede perder la cara ante él. Es en ese segundo momento cuando le asalta la histeria de ver enemigos por todos lados.
– Pero existe, senador, un peligro real en el cerco de naciones enemigas en torno a los Estados Unidos…
– ¿Cerco? ¿Qué cerco, amigo mío? ¿Van a ser capaces unas cuantas repúblicas diminutas de poner en peligro la existencia de los Estados Unidos? Si eso llegara a suceder, yo sería el primero en aconsejar la utilización de dos o tres bombas atómicas bien colocadas. Pero, ¿puede un ratón inquietar a un elefante? -Hizo vehementes gestos negativos con la cabeza-. Imponer un cordón sanitario -sonreí para mis adentros -, como lo hizo la Unión Soviética en su día para defenderse de enemigos imaginarios, es el colmo de la manía persecutoria, la histeria llevada al máximo. Nos hemos pasado años criticando a los rusos por ello y ahora nos ponemos a hacerlo nosotros mismos. ¡Bah! Son burdas maniobras en defensa de intereses económicos. -Guardó silencio por un momento. De un paquete que había encima de su mesa cogió un cigarrillo y me ofreció otro. Encendió el suyo con un Dupont de oro y yo el mío con mi viejo Zippo -. Tome usted el caso de Cuba, por ejemplo. ¿Nos ha pasado algo por tener a Fidel Castro a noventa millas de Florida durante más de veinte años? ¿Ha aumentado el voto del partido comunista americano? Hubo sólo un momento de peligro, cuando la URSS rompió el juego entre caballeros y se puso a instalar misiles. Eso sí que fue una amenaza estratégica. Pero Kennedy la cortó de raíz y no pasó nada. Alarmarse por ello, es no conocer a los soviéticos; se pasan la vida viendo hasta dónde pueden llegar y, en cuanto se les ladra, dan marcha atrás. Lo único que defienden de verdad, en serio, es su propia parcela. -Dio una larga chupada al pitillo y lo apagó, al tiempo que exhalaba una verdadera cortina de humo por la nariz.
– Sin embargo, senador, no puede negarse que la tendencia revolucionaria existe en Centroamérica y que, en tales revoluciones, suelen ser los comunistas los que se llevan el gato al agua.
– ¿Y quién tiene la culpa de ello, Christopher? ¿Le puedo llamar Christopher? Nosotros y nadie más que nosotros. ¿Quién mantuvo a los Somoza en Nicaragua? ¿Quién mantiene los privilegios de las catorce familias en El Salvador? ¿Quién alimentaba y enriquecía a los mafiosos en Cuba? Nosotros. Y ahora estamos pagando el precio. En todos esos países hemos ayudado, condonado e impulsado la explotación de la población por unos cuantos plutócratas privilegiados. ¿Qué tiene de raro que cuando los campesinos, los miserables, los muertos de hambre, finalmente se organizan y le cortan el cuello al tirano, establezcan un sistema por el que intentan que nunca más los tiranos levanten la cabeza? Nunca más quiere decir, entre otras cosas, nunca más ceder a la tentación del consumismo esclavizante, del lujo. Y a usted y a mí nos choca, porque este efecto, que nos parece la más reveladora y repugnante consecuencia de la revolución, nos asombra y escandaliza, a nosotros, los consumistas por excelencia; nos parece increíble que se prescinda alegremente de la nevera, del aire acondicionado y del automóvil con tal de no caer nuevamente en el juego de la tiranía…