– Un momento, senador… -Levanté una mano.
– … Llámeme Tom…
– … Un momento, Tom. Prescindir, prescindirán alegremente, aunque lo dudo, de la nevera y del aire acondicionado los que acaban mandando después de haber triunfado en la revolución. Porque lo que es al pueblo, sí que le gustaría tener una nevera en la que conservar unos alimentos, accesibles en el mercado, ¿eh?, que se encuentren en el mercado, y que luego no se vayan a pudrir. Se lo digo yo, que he pasado por ello.
Perkins suspiró.
– Por eso, la revolución y la corrupción y el sistema de privilegios que acarrea luego, y las purgas y las ejecuciones, no son la verdadera solución. Me entrevista usted como si yo fuera un comunista. No se llame a engaño, Christopher. No soy un comunista. Solamente defiendo la idea de que hay que terminar con los regímenes capitalistas explotadores y evitar que se instalen los regímenes comunistas explotadores… Una solución que pasa por la generosidad de los Estados Unidos y que -sonrió-favorece, además, nuestros intereses económicos. Y si sale mal y se instala en el lugar un régimen comunista, qué le vamos a hacer… Lo más que se puede decir es que deseamos ver que la revolución, tan noble en su principio, vuelve a la pureza de ideales con que empezó. Nada más.
– Sí, pero como usted bien dice, el juego de poder acaba ensuciando todas esas bellas ideas.
– Desde luego. Lo que me gustaría es cortar esa dinámica de ensuciamiento. Mire usted, Christopher, ¿quiere usted un café? ¿Sí? -Tocó un timbre y se asomó la secretaria -. Jennifer, ¿nos trae café? Gracias. -Había mantenido el dedo índice apoyado en la mesa y levantó la vista con el aire un poco sorprendido del que ha olvidado lo que está diciendo-. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Mire usted cuál es el resultado de cuarenta años de actividad de los Estados Unidos en Latinoamérica. Maniobras sucias por todas partes, cuando no intervenciones militares directas, derrocamiento de líderes populares, favorecimiento de las dictaduras de derechas. Y todo, en aras de la pretendida defensa de los intereses nacionales. ¡Pues vaya una defensa! Vaya una defensa, Christopher -repitió en voz baja -. La caída de Arbenz en Guatemala, el fin de la democracia en Brasil, la muerte de Allende en Chile, los desaparecidos en Argentina, Stroessner en Paraguay, los militares en Uruguay, la mafia en Bolivia, Batista en Cuba… Vaya record, amigo mío… Hombre, ya sé que no todo se debe exclusivamente a la malvada acción de Washington, pero poco le falta. Donde había un pastel que remover, allí estábamos nosotros. ¿Qué tal se compara todo eso con la invasión de Afganistán por los soviets? -Sacudió la cabeza-. Borre eso. No me haga caso: es un recurso de oratoria demagógica… Hubo un breve momento en que Kennedy lo comprendió, y construyó el efímero sueño de la Alianza para el Progreso.
La secretaria volvió a entrar con una bandeja en la mano: el café. Me eché a temblar. Tenía el mismo aspecto que el brebaje de Masters. Dejé que me sirviera una taza y la coloqué, humeando alegremente, a mi lado en la mesa, sin intención de consumirla.
– Un poco de generosidad -siguió el senador-. Nada más. Si los Estados Unidos, en vez de montar operaciones de desestabilización, se hubieran dedicado pacientemente a dar dinero y a crear bienestar y riqueza sin importarles los insultos, otro gallo nos hubiera cantado. Y no sólo se habrían beneficiado los recipientarios; habríamos ganado nosotros, exportando, vendiendo, montando industrias y llevando turistas. Pero del modo como lo hemos hecho, lo único que tenemos son mercados baratos de materias primas, y hasta eso se está acabando porque las guerras están echando a perder los sembrados y las minas… Desde luego que pienso oponerme al presidente Fulton -añadió con vigor.
Me miró con cierta tristeza. De repente, sonrió como si le hubiera hecho gracia un pensamiento.
– ¿Qué es, Tom?
– Nada, tonterías infantiles. Supongo que, por estas cosas que digo, la CÍA debe estar vigilándome como si fuera un peligroso enemigo de la patria. Eso mismo deben pensar los rusos…
– ¿Por qué lo dice?
– Porque hay un ruso, uno que está en la embajada… Markoff, señor Markoff -rió-, debería decir camarada Markoff, que se empeña en llamarme regularmente a California, diciendo que quiere hablar conmigo. Deben ser todos espías, porque también se obstina en hacerse pasar por norteamericano. Mister Brown, dice que se llama cuando me telefonea. -Rió nuevamente.
Esta conversación me estaba devolviendo peligrosamente al mundo de los que son normales, de los que se toman a risa los afanes misteriosos de los espías y de los que, con su candor, desmontan cualquier operación secreta. ¡Vaya diferencia entre el universo de Perkins y el de Masters! Y no digamos del del bueno de Gardner. La ingenuidad y la intriga. Un hombre normal, este senador.
– Y usted, ¿qué le contesta? -pregunté.
– Ah, nada. Le intento convertir. Una vez, hasta almorcé con él. No quiera usted saber la cara que puso cuando le dije lo que opinaba de Afganistán, de Polonia… -Y rió francamente-. Un buen tipo.
Markoff es una persona que me intriga. No entiendo bien cómo se puede compaginar el mando de una escuadrilla de asesinos con la dirección de una red de espionaje y con la misión de propaganda. Pienso en cómo se le deja campar por sus respetos en los Estados Unidos, en cómo aparece en los escenarios de sus operaciones, en cómo me promete a mí, a mí, venganza contra mi jefe, en cómo le dejamos operar casi impunemente, y no entiendo nada. Menos aún, si se considera que los soviéticos saben todo eso, saben que Markoff es perfectamente conocido, que sus actividades son casi públicas. Más que un espía, Markoff es un consenso. Supongo que la única explicación es que es como una prostituta: si se la conoce y se la mantiene desinfectada, puede ser controlada y no contagia. Se lo he preguntado a Gardner, pero nunca me ha contestado. Miré al senador. Me sonrió y abrió las manos.
– Soy un hombre rico -dijo -. Necesito pocas cosas y me puedo permitir exhibir con valentía mis opiniones. -Se puso serio-. Tal vez, cuando moleste demasiado, algún organismo tenebroso me mandará ejecutar. No me apetece nada.
– ¿Sabe usted que le vigile la CÍA?
– No, la verdad es que no. Pero no puede ser de otra forma. Algún día obtendré pruebas de la vigilancia y entonces, acuérdese de mí: armaré un lío del que se acordarán.
Confieso que, perteneciendo a una organización de espionaje, se tiene tendencia a simplificar. El poder simplifica y esquematiza. Y tiende uno a convertirse al maniqueísmo: todo se ve en términos de amigo o enemigo. El más mínimo matiz en la defensa de una idea, todo lo que no sea defenderla a rajatabla, con verdadero fanatismo, invalida a una persona y, automáticamente, la convierte en enemigo. El matiz es un enemigo de la patria. Los servicios de inteligencia no pueden permitirse una sola duda; la duda corroe y destroza la teoría de que el fin justifica todos los medios. Si se pierde esa proporción, la mano que ejecuta pierde su firmeza. Todo muy ético.