– Me decía usted que hablaríamos de las cuestiones económicas.
– Sí, las cuestiones económicas… La excelsa defensa de los intereses de la patria es un buen negocio. ¿Quién vendería armas, si no? ¿Quién desarrollaría computadoras para calcular los riesgos? ¿Quién prestaría dinero a tanto por ciento de interés? ¿Quién podría comprar materias primas baratas? ¿Quién instalaría las multinacionales? No. A la economía de los Estados Unidos le viene bien una guerra. ¡Pero es ceguera! ¿No lo comprende usted? ¡Ceguera! Cuando se ha destruido un país, no queda nada que vender o que comprar. ¡Cuánto más negocio es planificar para la paz! Pero, para eso, amigo mío -añadió con cansancio-, hay que tener paciencia y visión de futuro. Y poca es la gente que la tiene en este país. -Me miró y frunció el ceño-. ¿Ha oído usted hablar del Club?
– ¿El qué?
Se mordió el labio inferior y la cara, tan abierta y tan franca, se cerró repentinamente.
– Nada. Olvide que se lo he preguntado… No tiene importancia, realmente. No, hombre. No me mire así. Es una pequeña organización sin demasiado peso. Se la ponía a título de ejemplo. Pero, olvídela… Lo que importa es que escriba usted unos artículos serios e imparciales. Vaya y vea todo aquello de cerca. Si me ha escuchado usted de verdad, se convencerá de lo que le digo. -Se levantó de su asiento y rodeó la mesa -. Soy un viejo admirador suyo, Christopher. Sus fotos siempre han sido testimonio comprometido y visceral. No deje usted de ser así en sus artículos.
Ay, buen senador, si viera usted dónde han ido a parar mi pureza y mi inocencia. Tiene usted delante a un vengador. Nada más que un vengador.
Le di la mano y, al hacerlo, se me ocurrió una genialidad Rodríguez.
– Muchas gracias, Tom. Me ha ayudado usted mucho… Por cierto… ¿conocía usted a Malcom Aspiner?
– Naturalmente. Le conocía bien. Nos veíamos con cierta frecuencia. Jugábamos mucho al golf, ¿sabe? Fíjese; unos días antes de su muerte había quedado en jugar nueve hoyos conmigo en mi club en California. Pero me dejó plantado. -Suspiró-. Nunca sabremos por qué. Sentí mucho su muerte. -Era la tercera persona que me decía que le había entristecido la muerte de Aspiner y que no me daba la sensación de particular tristeza-. ¿Por qué me lo pregunta?
– Por nada especial. No sé. En realidad, por cómo me dicen que era, se me ha ocurrido que tal vez fueran amigos, que pensaran igual, qué sé yo.
Tom Perkins sonrió. No me había preguntado lo que me había pasado en la cara ni una sola vez.
CAPITULO IX
Marta era bailarina. No de ballet, sino de jazz y música moderna. Se movía electrizantemente, como si en el cuerpo y en las piernas llevara una dinamo. No me cansaba de verla hacer ejercicios rapidísimos, en los que combinaba el ritmo con la contorsión gimnástica, y contemplaba embobado la fuerza y elasticidad de sus músculos contrayéndose bajo la piel lisa y tostada. Cuando bailaba, era una llama que se paseaba por el escenario. Aún se me tensa el estómago al recordar el impacto físico que me producía su sexualidad caliente y felina. Era capaz de pasar horas mirándola. Y fotografiándola. Tengo miles de fotos de Marta bailando.
Sólo una vez desde que murió cedí a la tentación de mirarlas. Hice mal. Hice mal porque, por esa única vez, Marta dejó de ser un recuerdo doloroso y obsesionante para convertirse en una presencia viva y plástica: reconocí un músculo largo y flexible, un pecho casi desnudo, el estómago vibrando, un brazo aleteando, una sonrisa medio pícara. Cada detalle de su cuerpo me trajo violentamente a la memoria el olor de su piel, el sonido de su risa, el sabor de su boca.
Estuve diez días encerrado en mi cuarto oscuro y sobreviví gracias a Dennis, que me bajaba comida pacientemente y aporreaba la puerta hasta que salía de mi encierro para comer algún bocado. No tenía ganas de morirme; sólo quería que me aniquilara la tristeza. Dennis tuvo el buen sentido de nunca decirme nada. Cuando, finalmente, volví a subir al salón, tenía los ojos enrojecidos, la barba sucia y a medio crecer, el pie en un estado lamentable y había perdido ocho quilos de peso.
No he vuelto a repetir el ejercicio. Soy un masoquista, pero las cosas tienen un límite.
El día en que conocimos a Pedro y a Dennis, casi nos costó la vida. Estábamos en Beirut e intentábamos, Marta y yo, cruzar de la zona cristiana a la musulmana. A media avenida, se organizó una ensalada de tiros que nos bloqueó, tirados en el suelo detrás de una pared en ruinas. Estuvimos allí veinte minutos mientras nos silbaban los proyectiles por encima de la cabeza. Cómo estaría yo de loco que, con Marta medio tapada por mi cuerpo, asomaba la cabeza de vez en cuando para sacar fotos de un edificio que había a unos cincuenta metros. En mi cámara, tenía puesto un teleobjetivo de 400 milímetros y, a través de él, podía ver a tres chicos jóvenes parapetados detrás de una ventana, manejando, como podían, un mortero. El más pequeño de los tres, no tendría dieciséis años, era el único que estaba de pie y daba saltitos de impaciencia, evidentemente para que a él también le dejaran disparar. A los otros dos, mucho más conscientes de la suerte que iban a correr, se les notaba el terror en la cara.
Un obús de la artillería cristiana dio en la parte superior de la casa y le voló la terraza, como si le hubieran pegado un martillazo. Hubo un momento de silencio, mientras se despejaba la polvareda. Uno de los chicos se asomó a la ventana; me pareció que se tambaleaba un poco; tenía sangre en la cara. Miraba a lo lejos, con una mano puesta en la frente a modo de visera, en un esfuerzo instintivo por averiguar la colocación de la batería enemiga. Marta dijo:
– ¡Dios mío, ese pobre chico! -y vi que cerraba los ojos. Me agarró fuerte del hombro. Al instante siguiente, la batería cristiana acertó de lleno en la ventana. La explosión fue tremenda porque, a la violencia del obús, se unió el estallido de las granadas de mortero que, sin duda, tenían almacenadas los tres muchachos en aquella habitación.
Cuando pudimos volver a ver, había un gran boquete en donde había estado toda la parte superior de la casa. Guardo una serie terrorífica de fotografías de toda la escena.
Sobre nosotros, empezó a sonar el carraspeo de los proyectiles cayendo.
– ¡Eh!… ¡Gringo!
Volvimos simultáneamente la cabeza en dirección a la voz que nos había llamado y no conseguimos ver más que un montón de cascotes. La avenida estaba completamente desierta.
– ¡Aquí! -Una mano nos hizo señas desde un poco más a la derecha de adonde estábamos mirando-. No os mováis. El bombardeo en esta zona se acabará en seguida… No os mováis.
– Tengo un miedo horrible -me dijo Marta en voz baja. Le pasé la mano por encima del hombro.
– Siento haberte metido en esto -dije, apretándole el brazo. A cien metros de nosotros cayó un cohete, estallando en mil fogonazos blancos y anaranjados. La onda expansiva sopló con violencia hacia nosotros, llenándonos de polvo. Una sola piedra me cayó en la espalda, rompiéndome la cazadora; noté que me había producido un pequeño corte. Inmediatamente, la calle estalló en un escándalo de disparos y de fuego cruzado. Agachamos la cabeza y nos quedamos absolutamente inmóviles. Tampoco es que antes nos hubiéramos estado moviendo tanto.
– No, si me estoy divirtiendo mucho -dijo Marta e, hinchando los carrillos, sopló hacia arriba para quitarse el mechón de pelo que le caía sobre la frente.
– Soy un miserable. En cuanto salgamos de ésta, cogemos el primer avión y nos vamos zumbando…
– Ah, pero ¿es que se sale de ésta?
– ¡Eh, gringo! ¡Correros un poco hacia la izquierda! Lentamente, nos arrastramos hacia la izquierda, rodeando
poco a poco la pared medio derruida tras la que estábamos parapetados.
– Bien. Cuando yo os diga, levantaos y echad a correr a toda velocidad hacia el otro lado de la calle. Ya os alcanzaremos allí. ¡Y no miréis hacia atrás!… ¡Ya!