Выбрать главу

Con la velocidad que sólo presta el miedo, Marta y yo nos levantamos y, sin mirar, doblados en dos, nos pusimos a correr hacia un portal que había a unos veinte metros. Entramos en tromba en él y no nos detuvimos hasta que alcanzamos la pared del fondo. Nos apoyamos contra ella y nos dejamos deslizar hasta quedar sentados en el suelo, mirándonos en silencio. Marta tenía toda la cara embadurnada de barro. Parecía un negrito. Sonreí y luego me puse a reír.

– No sé de qué te ríes. No me hace ninguna gracia, idiota.

– Es que no te has visto la cara.

Se pasó la mano derecha por la mejilla y, luego, se miró los dedos. Levantó la mirada y me sacó la lengua.

En ese momento, dos cuerpos entraron rodando uno detrás de otro en el portal. Yo creo que se habían tirado en plancha desde unos metros antes de alcanzarlo. Sonó una ráfaga de ametralladora y el quicio de la puerta estalló hecho pedazos, con grandes desconchones de yeso y ladrillo saltando por los aires. El primero de los hombres, aún tumbado en el suelo, dio un largo silbido. Al cabo de un momento, se incorporó, se sacudió la chaqueta con ambas manos, levantó la cara hacia nosotros y sonrió. Me cayó instantáneamente antipático. Era grande y sólido. Un enorme bigote le cruzaba la cara, rodeando una boca demasiado ancha, en la que desentonaban los dientes, pequeños

y manchados de nicotina. Los ojos le lucían como carbones en las órbitas. Daba la impresión de tremendo poder físico.

– Me llamo Pedro -dijo.

A su lado, en el piso de baldosa, había dejado el machete y la ametralladora Kalashnikof que había llevado en una mano al precipitarse por el portal. Le faltaba una falange del dedo meñique.

Pedro Ortega. Nacido en León (Nicaragua), en diciembre de 1947. Se tienen muy pocos datos sobre él. Su padre era propietario de un periódico, El Imparcial de León (cerrado por Somoza en 1977), y fue asesinado por desconocidos a la puerta de su casa el 24 de diciembre de 1977. Ortega estudió bachillerato en León y abogacía en la Universidad de Managua. Desapareció poco después de terminar la carrera; nuestros servicios le localizaron en 1969 en Moscú, en donde cursaba estudios de doctorado en la Universidad Patrice Lubumba. Algunos huidos de Cuba aseguraban que estuvo en La Habana por lo menos en 1970-1971. Se le conecta con acciones guerrilleras antisomocistas y, posteriormente, con grupos palestinos extremistas. Son proverbiales su crueldad, decisión y valentía. Se sabe que intervino como jefe de comando al lado del terrorista Carlos en los atentados de Munich durante los Juegos Olímpicos de 1972 y en el del aeropuerto de Lodd. Extremadamente peligroso. Características físicas: ojos y pelo negros, 180 cm, parece ser que le falta la primera falange del dedo meñique izquierdo. Ver foto adjunta, obtenida en 1969, Univ. de Managua.

Pedro Ortega. Me sabía su ficha de memoria. Llevaba meses intentando localizarle, siguiendo rastros de informadores, rumores de quienes creían haberle visto, sugerencias de alguno que había oído decir que un golpe de mano, aquí o allá, llevaba su firma. Y, ahora lo teníamos delante por pura casualidad. Y el que estaba detrás de él debía ser Dennis Keatley, el médico. Me sorprendió su aspecto de gordinflón inocente.

– Soy Christopher y ésta es Marta, mi mujer.

Marta miraba a Pedro con los ojos muy abiertos.

– Eres fotógrafo, ¿eh? En menudos líos os metéis. -Y, de repente, se puso a hablar en español-. Tú eres hispano, ¿verdad?

Asentí.

– Portorriqueño. -Suspiré-. Sí que nos metemos en líos, sí. Vaya jaleo…

Pedro rió estentóreamente.

– Todavía no habéis salido de él… Me parece que lo mejor será que nos vayamos de aquí a un sitio más seguro. -Recogió sus armas y se levantó -. Saliendo a la derecha, como a cinco metros, hay un pasadizo. Lo vi antes, desde enfrente. Por ahí nos vamos a escurrir hacia la zona palestina y estaremos a salvo… Humm… Vamos a tener que salir de uno en uno. -Miró a Marta y arrugó la nariz. Luego, la señaló con el dedo-. Tú primero. Sal corriendo y, sobre todo, no te pares por nada. Corre y métete por el pasadizo sin detenerte. Estos falangistas son tan burros que hasta que reaccionan, pasan horas. Pero tampoco hay que tentar al destino. Anda, ven -y la empujó hacia la entrada.

Marta estaba pálida y no decía nada. De repente, agachó la cabeza, echó a correr y desapareció por la acera a toda velocidad. A los pocos segundos, sonó una ráfaga de ametralladora. Quise salir, pero Pedro me agarró por el hombro y no me dejó moverme. Esperó un momento que se me hizo eterno. Al cabo de un siglo, dijo:

– ¡Ya!

Con ambas manos, sujeté las cámaras contra mi cuerpo y, sin pensarlo más, salí a la acera. Doblado en dos, torcí hacia la derecha y, en tres zancadas, me deslicé por el pasadizo. Marta estaba apoyada contra una pared, pálida y jadeante. A sus pies estaba el cadáver de un muchacho con la cara medio tapada por la kufía. Todo su costado derecho era una masa sanguinolenta. Me detuve en seco y, muy despacio, levanté la mano derecha, agarré la cara de Marta por la barbilla y la hice girar hacia mí. Me miró sin decir nada. Su labio superior y sus sienes estaban perlados de sudor. Sin previo aviso, se inclinó hacia adelante y vomitó desgarradoramente.

Detrás de nosotros, en la calle, sonó una nueva ráfaga de ametralladora, seguida inmediatamente de otra. Supuse que era Pedro, contestando a los disparos de los cristianos, antes de salir corriendo. Un segundo después, desembocó en el pasadizo y chocó violentamente contra mí.

– ¿Qué…? -exclamó y, después, bajó la mirada.

El golpazo de Pedro me había empujado hacia Marta. Me enderecé. Le ofrecí un pañuelo, lo cogió y se secó la boca. Pedro levantó los ojos y los fijó en nosotros. Meneó la cabeza y se encogió de hombros. Sonrió y, muy delicadamente, con la punta del pie, apartó la kufía de la cara del joven muerto. En ese momento, Dennis entró en tromba en el pasadizo y chocó contra él; casi le hizo perder el equilibrio.

– Un muerto -dijo Pedro, empujando con la bota la cabeza del palestino-. Un muerto, Dennis…

Dennis no dijo nada: aún no habíamos oído su voz.

– Miles de muertos, todos los días -añadió Pedro, volviéndonos a mirar-. Es el precio que se paga por esta guerra. Un muerto más… qué más da. -Y se encogió nuevamente de hombros.

– Creí que esta lucha era para evitar muertes e injusticias -dijo Marta en voz baja. Se dio la vuelta y echó a andar. Iba muy rígida y le temblaban los hombros.

Una hora más tarde, estábamos sentados en el destartalado salón de una casa palestina. Una vieja destentada y silenciosa nos había traído té y unos dulces de miel. Marta se había lavado la cara con agua de pozo y estaba pálida pero, me parecía a mí, resplandeciente como siempre. Me dolía un poco el costado en el que me había pegado la piedra lanzada por la onda expansiva.

– ¿Tú eres Christopher Rodríguez, el fotógrafo de Time? -me preguntó Pedro.

– Sí. ¿Por qué?

Me contestó con otra pregunta.

– ¿A qué has venido aquí?

– Hombre, mi profesión es la de fotógrafo de guerra. Me temo que voy a los sitios en los que se pega la gente…

– Pero, ¿por qué a éste? Hay otras guerra más interesantes. Ésta es la misma de siempre, ¿no?

– Sí, pero yo… bueno, hago un poco lo que me da la gana. Mis fotos se venden… -me permití una pequeña soberbia; todos tenemos nuestro corazoncito -… más que como apoyo a la noticia escrita… bueno… se venden un poco por sí mismas. Son artículos en sí.

Tampoco le iba a contar que Gardner me había enviado al Líbano para encontrarle, para ver cómo estaban organizados los contactos entre guerrillas y entre revolucionarios centroamericanos y palestinos. Sospechábamos que el centro de operaciones estaba en Costa Rica, pero no estábamos seguros. Si sólo hubiera modo de rastrear los canales de comunicación… También tenía el encargo de liquidar a Pedro y hacerle un servicio señalado a la comunidad. Viéndole confiadamente recostado en un sofá, y recordando su crueldad e indiferencia ante la muerte, se me empezó a antojar que mi misión no iba a resultar tan sencilla como a primera vista hubiera podido parecer.