– ¿El bueno de…?
– ¿Gardner? El peor de todos. Es el troglodita mayor de todos los tiempos. No pertenece a la sociedad John Byrch de puro milagro. Es miembro de todos los clubs carcas que te puedas imaginar. Yo creo que se sorprendería a sí mismo si un día se encontrara cruzando alguna palabra con un soviético sin tenerle agarrado por el cuello… No. Para mayor seguridad, hasta he pedido los perfiles sicológicos de los tres. Nada. -Sacudió la cabeza con desánimo.
– Caramba, Nina. Parece que te entristece…
– No, amor. No puede entristecerme averiguar que el presidente de los Estados Unidos, el director de la CÍA y el bueno de Gardner sean tres verdaderos patriotas… Me desconcierta. -Se chupó un dedo que estaba manchado de negro y empezó a frotárselo con vigor con el pulgar de la mano izquierda-. Me desconcierta, porque su inocencia deja sin resolver el problema de quién es el responsable de la fuga en el ordenador de la CÍA… Y, mientras tanto, Markoff, riéndose.
– Vamos a ver, Nina. Parece mentira que te tenga que decir esto a ti, pero te recuerdo que no hemos hecho más que empezar una investigación que es forzosamente complicada. Hemos empezado por lo más obvio, para ir descartando posibilidades, cuanto más sencillas, mejor… Una fuga en el computador mejor custodiado del mundo nunca es asunto de poca monta… -Me froté un ojo-. Sería francamente idiota poder descubrir un lío de éstos en una sola tarde invertida en leer unos cuantos papeles.
– Hombre, los esquemas más perfectos son siempre los más sencillos, ¿no?
– Sí, desde luego, pero no cuando se refieren a una materia que es compleja en sí, como un ordenador sofisticadísimo. Vamos a ver. Nina, vamos a ver. ¿Qué tenemos entre manos? Nos han robado la memoria del computador de la CÍA. Hemos quedado en que es algo que resulta tremendamente difícil de hacer; es preciso disponer de extraordinarios recursos técnicos y científicos. El ladrón final puede ser uno solo, pero el montaje de la operación requiere, estoy seguro, un sólido equipo. Punto dos: como suele ser normal en estos casos, la fuga se descubre por casualidad, gracias a un error cometido por un operador al cambiar una inscripción que hay en la memoria. El error es tan burdo que no cuadra bien con un robo que ha requerido la utilización de mucha técnica sofisticada. ¿Qué nos indica eso?
Que hay un equipo y que el que utiliza finalmente el ordenador para robar no es necesariamente el que montó el robo. Punto tres: todo este tinglado requiere, como hemos visto, un computador en poder de los ladrones que sea, al menos, tan potente y utilice la misma técnica que el de la CÍA. ¿Sabemos ya cuántos de esta naturaleza hay sueltos por ahí?
Consultó su reloj.
– A las tres me van a dar la lista… Cinco minutos.
– …Y tendremos una indicación razonable de quién ha sido el que nos ha robado. No sabremos aún quién es el traidor, pero andaremos cerca… Me parece demasiado sencillo -dije con poca convicción-, demasiado sencillo, Nina.
Nina se mordió el labio inferior.
– He hecho una cosa más, amor.
– ¿Sí?
– He pedido a Moscú que nos averigüen si hay o ha habido algún signo de entusiasmo, alguna pequeña sonrisa triunfal que sugiera que nuestros amigos de la KGB están contentísimos desde que conocen las maldades que archivamos en nuestro computador.
Me di un golpe en la frente con la palma de la mano. Vi las estrellas del firmamento: nadie sacude impunemente una zona de la anatomía que ha recibido recientemente los amorosos cuidados de una porra llena de plomo.
Nina sonrió.
No se me había ocurrido lo más elemental de todo este asunto: comprobar si, como habíamos supuesto sin más, los beneficiarios del robo habían sido, en efecto, los soviéticos. En Moscú tenemos, como todo servicio de inteligencia que se precie, un topo infiltrado en la KGB. Está tan arriba en la estructura de mando, que no lo utilizamos más que en casos extremos y previa autorización de Masters.
– ¿Y? -pregunté.
– ¡Hombre! Nada todavía, amor. Caramba, no se le puede preguntar al topo una cosa así, llamándole por teléfono. Va a tomar algún tiempo…
– OK, OK, estoy hecho un idiota. No me funcionan las neuronas.
El teléfono que estaba a mi lado empezó a sonar. Descolgué el auricular.
– Rodríguez -dije. Miré a Nina-. Es para ti.
– Dame un papel y un lápiz.
Debajo de la mesa del teléfono había un bloc de papel y un bolígrafo. Se los di.
– Sí -dijo Nina, sujetando el auricular con el hombro y disponiéndose a apuntar, con el bloc colocado sobre las rodillas-. Venga… -y empezó a anotar-. Sí… IBM, sí… ¿cual?… sí… -Así estuvo un rato, escribiendo nombres de ordenadores y de lugares donde estaban instalados. De pronto, vi que se enderezaba y se le escurría el auricular. Soltó el bolígrafo, recogió nuevamente el auricular y, apretándoselo al oído, exclamó-: ¡Repite eso!… Sí… a ver, deletréamelo… bien. ¿Y dónde está? ¿Dónde?… Bueno, bueno, olvídalo. ¿Es todo?… Gracias.
Colgó el teléfono. Levantó lentamente la vista y me miró. Echó la mandíbula inferior hacia adelante, como si fuera un bulldog, y se puso el bolígrafo en la boca.
– Tenemos la confirmación de quién es nuestro ladrón, amor… le tenemos, pero se nos ha escapado.
– ¿Cómo es eso? ¿Cómo es eso?
– Verás -sonrió -, te puedo dar una lista no muy larga de los ordenadores que tienen tecnología suficiente para operar con el nuestro y de los lugares e instituciones en los que están instalados. ¿Qué te parece?
– Venga, Nina, déjate de tonterías.
Me incliné sobre su bloc de notas, intentando ver lo que había escrito y lo escondió en su regazo.
– Venga, mente privilegiada. Hay ordenadores para todos los gustos: IBM, UNIVAC, ATLAS. Todos están controlados. Pero hay uno… ¿Sabes cómo se llama? ASPCOMP, amor. ¿Me oyes? ASPCOMP…
Debí poner cara de idiota, porque Nina soltó una carcajada.
– No entiendo de qué me hablas.
– ASPCOMP. ¿No te sugiere nada?
– No, no me sugiere nada -dije pacientemente. La hubiera matado.
– Aspiner Computers, amor, Aspiner Computers. ¿Aspiner? ¿Eh? ¿Malcom Aspiner? -Se quitó el bolígrafo de la boca y se recostó triunfalmente en el sofá.
Noté que me subía una oleada de calor a la cara y que se me aceleraba el pulso. Me puse de pie, encendí un cigarrillo, me acerqué a la mesa de las bebidas y me serví un licor de pera en un vasito. Me temblaba el pulso, pero yo también soy capaz de irritar a la gente. Nina me miraba en silencio, apenas sugiriendo un ligero aire de superioridad.
– Aspiner, ¿eh? -pregunté por fin-. El hijo de su madre. Todo concuerda. ¡Ahí está la conexión! Ésa es la prueba que queríamos, ¿eh? Roba la memoria del ordenador de la CÍA. Para hacerlo, utiliza su propio computador. Le es fácil, porque su máquina es una de las que tiene incorporada la nueva tecnología de impulsos electrónicos de sonido…
– …Te diré más: Aspiner Computers no sólo tiene tecnología suficiente para producir un ordenador parejo al de la CÍA. Es que, además, amor, probablemente Aspiner es el que ha desarrollado la mayor parte de esa tecnología…
– … Humm… Sigue el rastro de Perkins por razones que desconocemos. Supongo que el papel que Pat ha descubierto en uno de los libros de su biblioteca es una reproducción del print-out que nos entregó Masters. Aspiner comprueba en el print-out que su nombre aparece y lo cambia porque le parece vital que no se le ligue a Perkins… Y, finalmente, le matan…
– … Y nosotros quedamos como unos imbéciles y sin enterarnos de nada. ¿Qué quiere decir todo esto, amor? -preguntó, pensativamente.
– ¡Y yo qué sé! -contesté con irritación-. No entiendo absolutamente nada. Vamos a ver -apuré la copa de licor de un trago y tosí-. Vamos a ver. ¿Cuántas preguntas quedan sin contestar? Espera, no me interrumpas. Primero, no sabemos quién es el traidor que le facilita la clave del ordenador de la CÍA. Segundo, no sabemos cómo Aspiner es capaz de acceder a la memoria sin dejar rastro de su presencia. Es más, sabemos que eso es imposible. Tercero, no sabemos para qué hace todo esto. Cuarto, no sabemos qué pinta Markoff en este lío. ¿Qué conexión puede haber entre el representante de la KGB y uno de los más excelsos capitalistas del país? Cuarto… o quinto… ya no sé ni qué es… ¡Ah!, ¡por cierto! ¿Dónde está el ordenador de Aspiner?