– Muy bien, fenomenal -dije con cierta agitación-. ¿A qué esperas? Venga, ábrelo de una vez… ¿Qué es lo que hay que hacer?
– Eso me gustaría saber a mí… No tengo ni idea de lo que es esto. Pensé que tú lo sabrías.
Me quedé callado, reflexionando. Di a la rejilla un par de golpes con el índice de la mano derecha y, al cabo de un momento, dije:
– No he visto un cacharro así en mi vida… Hombre, Pat, parece evidente que, detrás de esto, hay un sistema de apertura que debe ser una combinación de circuito cerrado de televisión y sonido. Pero, de ahí a saber cómo opera… ni idea. ¿No tienes en tu sección a algún especialista que entienda de electrónica?
– La Abuela -contestó mi hermano sin dudar-. La Abuela es un monstruo. Sabe todo lo que hay que saber de todo lo que sea vigilancia electrónica, radio, sonido, láser, vídeo. Le tiene puestos aparatos de escucha hasta a su propia mujer en el baño. Él dice que es para mantenerse en forma, pero, como es tan feo y tan celoso, seguro que no la deja ni ventear en paz. Las malas lenguas dicen que le tiene puesto a su mujer un micrófono en el ombligo… pero por dentro.
Cuando dejé de reír, le pregunté:
– ¿Y por qué no le has llamado?
– Bueno… mira… la verdad es que sigo esta investigación por mi cuenta, sin permiso. Ya sabes, más bien desobedeciendo órdenes. Me da no sé qué meter a mi gente en el lío. Preferí esperar a que vinieras. En el fondo, tenéis más medios que nosotros.
– Pues no va a haber más remedio, Pat. No puedo utilizar a la gente de la CÍA.
– Ya -dijo, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia el teléfono. Lo descolgó, marcó un número y esperó-. Hola -dijo, al cabo de un momento-. ¿Está Andy?… Pat Rodríguez… gracias… ¿Abuela?… Te necesito ahora mismo. Vente para acá, anda. Y tráete tu bolsa de los milagros… East River Club Building. ¿Sabes dónde está?… Bien. Pregúntale al portero por mí. -Colgó y se volvió hacia mí -. ¿Sabes a lo que se dedica la Abuela? A rastrear putas y a cazar chulos. -Le dio un ataque de risa y se atragantó. Tosió y se puso colorado-. El año pasado se vistió de vieja, con peluca y todo. Había que verle andar sobre tacones. -Se dio unas cuantas palmadas en el muslo. Luego, se enderezó y se secó las lágrimas -. Parecía una abuelita…
– Pero, hombre, a un tío así no se le tiene deteniendo a proxenetas, sino poniéndole micrófonos a Breznev debajo del trasero…
– Ya. Pero tuvimos un problema. ¿Recuerdas que hace año y medio hubo un diplomático ruso que se pasó a nosotros? Estaba destinado en las Naciones Unidas.
Asentí.
– Pues nos dio por averiguar por nuestra cuenta y sin permiso lo que andarían pensando los soviéticos en su embajada… Estábamos convencidos de que se lo querían cargar. Mandamos a la Abuela, y Dios sabe lo que hizo porque, entrar, no entró en la embajada, pero los trufó de micrófonos, de aparatos activados por voz, de sensores direccionales, qué sé yo. Puso tantos, que se acabaron dando cuenta. Armaron un lío tal que me llamó el gobernador del Estado para echarme la bronca. Hubo que esconder a la Abuela y le acabamos mandando a la sección de prostitución… Está que fuma… -Soltó una carcajada estentórea.
– Oye, Pat, para montar esta cámara de seguridad, Aspiner tuvo que tener aquí a obreros y técnicos, ¿no? ¿Cómo lo hizo?
– Vaya. Creí que no me lo preguntarías nunca. -Se puso serio-. Hace año y medio, Aspiner hizo una reforma en el piso. Pidió permiso de obra y cambió todos los cuartos de baño; rehízo las cocinas; sí, hijo, son dos: la principal, aquí abajo, y otra, en el piso de arriba, para preparar desayunos. Y reforzó la seguridad. Montó un nuevo sistema independiente de calefacción y aire acondicionado, televisión de circuito cerrado, música ambiental… lo que quieras. Lo del refuerzo de la seguridad lo justificó diciendo que tenía que proteger las obras de arte que tenía en el dúplex…
– No me sorprende.
– … Puedes imaginar que, armando un follón así, haces lo que quieres… hasta instalar una cámara de seguridad de cuatrocientos metros cuadrados. Y no se entera nadie… Para entrar aquí, MacDougall ha tenido que desconectar tres sistemas de alarma.
– Oye, a propósito, ¿cuánto hace que no ves a Tina? Se dio una palmada en la frente.
– ¡Ay mi madre! ¿A qué estamos hoy? ¿A martes por la noche? ¿Cuándo te fuiste tú? ¿El domingo a mediodía? Pues… desde el domingo a mediodía. Me mata… Humm. Santo cielo. -Descolgó el teléfono nuevamente, me miró y añadió-: Mejor la llamo.
Durante la media hora siguiente, me di una vuelta por toda la casa. Fue como visitar un museo. Cada pared, cada hueco, cada descansillo tenía colgado un cuadro colosal, un dibujo magnífico, una litografía original de un maestro. No era, sin embargo, una mezcla abigarrada y ostentosa de arte. Se notaba perfectamente que cada espacio había sido estudiado y calculado, que la iluminación había sido meditada y que ninguno de los cuadros había sido colgado al buen tuntún. Cada rincón respondía a un concepto decorativo de extraordinario buen gusto, ideado para relajar o alegrar o descansar o, simplemente, para asombrar por su dramática explosión de luz y color. Nada estaba de más. Y, por fin, me di cuenta de que aquello no era un museo… Era una casa maravillosa, decorada con sencillez. Bueno, cada sencillez habría costado un mínimo de medio millón de dólares. Sentí envidia y, al mismo tiempo, me dio pena no haber podido conocer al dueño de todo este esplendor. Había tenido que ser un hombre sensible e inteligente.
Dos increíbles bodegones holandeses del xvii, en el comedor. En una hornacina tapizada de terciopelo, santo cielo, la Madonna in maestá, de Duccio di Boninsegna. El Canaletto, los dibujos de Durero, ¡un cartón de Leonardo!, un pequeño retrato de una chulapona por Goya, el Juan Gris, una ristra de impresionistas. En la suite principal, toda una colección de pintura española contemporánea: Picasso, Dalí, Miró… Era para volverse bizco.
Y no había sido siquiera su domicilio principal.
Qué desperdicio, morir asesinado. Claro, en aquel momento no me daba cuenta de que, probablemente, para Aspiner, el envite con la vida en juego era su modo de existencia, el único modo de existencia que quiso, la única forma de conseguir todo lo que tuvo. Debiera haber estado más atento a los mensajes que me enviaba mudamente aquella casa. Hubiera sabido cómo era Aspiner. Pero, para eso, debería haber sido menos obtuso. Nadie es perfecto.
– Todo este montaje tan importante -le dije a Patrick distraídamente-. ¿Nadie lo vigila? ¿Nadie lo protege? -Sacudí la cabeza e inmediatamente me olvidé del asunto porque, en ese momento, sonó el timbre de la puerta.
La Abuela es un hombre pequeño y muy flaco, de media edad y canosa apariencia. Tiene la nariz larga, arropada en decenas arrugas que le surcan la frente, las mejillas y el mentón; los ojos, azules y acuosos, miran con bondad e inocencia a su alrededor. Lo único que desentona en la desastrosa apariencia son las manos, jóvenes, nerviosas y delicadas. En la mano derecha traía una enorme bolsa de cuero negro.
– Abuela -dijo Pat -, tenemos un problema.
– ¿Qué hay que hacer? -preguntó, dejando que su mirada se paseara rápidamente por toda la habitación.
Seguro que estaba calculando dónde había que poner micrófonos y cámaras para que la vigilancia fuera más eficaz.
– ¿Qué es esto? -Pat señalaba el espacio de la pared que había puesto al descubierto en la biblioteca.
La Abuela se acercó y se puso de puntillas. Examinó atentamente la rejilla y el pequeño agujero. Silbaba suavemente una ligera melodía, de la que repetía constantemente cuatro o cinco compases. Finalmente, dejó la bolsa en el suelo y, sin mirarnos, dijo: