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– Aspiner Securities… Estos tíos inventan cosas nuevas todos los días. Ésta la acaban de comercializar hace un par de meses. En realidad, no tiene demasiado misterio. Es un sistema combinado de apertura de seguridad. Este cacharro -señaló el agujero-tiene un vídeo dentro y la rejilla esconde un micrófono… Las dos cosas están coordinadas por un pequeño ordenador. Cuando se combinan la imagen y el sonido programados, el computador instruye a la puerta y ésta se abre. En otras palabras, aquí delante se tiene que poner el dueño de la casa y, cuando el vídeo le ha reconocido, debe pronunciar una frase. Entonces, el aparatito procesa el sonido y las palabras y, si está satisfecho con lo que ha oído, ¡zas!, ábrete sésamo.

– Tenemos otro problema, Abuela -dije.

Me miró con curiosidad, como si me viera por primera vez.

– ¡Anda, si creí que eras la sombra de éste! -señaló a Pat.

– Soy Chris, el hermano de Pat. -La Abuela hizo un gesto de asentimiento -. El dueño de todo este tinglado ha tenido la ocurrencia de morirse…

– Olvídalo… -hizo un gesto cortante con la mano-. En ese caso, no hay quien abra esto… Hombre, puedes volar la pared…

– Nada de ruido, Abuela -interrumpió Pat -. Éste es un trabajito particular y más bien anónimo… No. Hay que encontrar un modo de abrir esto por las buenas.

La Abuela hizo repetidos gestos negativos.

– Imposible. Tendríamos que cambiar las instrucciones. Para eso, aparte de que probablemente debería hacerlo el propio dueño del piso, habría que llegar al computador. Y ése está dentro. No. Imposible… La esencia de estos aparatos es su inviolabilidad. Tienen circuitos propios, metidos en una camisa de acero y molibdeno. Hasta tienen su propia fuente de energía. No. Aquí no entras ni con láser.

Patrick resopló con resignación.

– ¿Y en caso de muerte? ¿No puede estar previsto algo? Este tío no se va a llevar todos sus secretos a la tumba, ¿no?

La Abuela se encogió de hombros.

– A menos -dije -, a menos de que haya alguien más. Qué sé yo… un socio, un cómplice… no sé. ¿Sería posible que este ordenador tuviera instrucciones de abrir a más de una persona?

– Desde luego. Depende de a cuántos has metido en el programa.

– Oye, Pat. ¿Cuánta gente ha venido aquí desde que Aspiner murió?

La Abuela dio un silbido.

– ¿Aspiner, eh? -dijo.

– Nadie. La casa ha estado cerrada hasta este mediodía. La viuda viene mañana, me dicen.

– Habrá que vigilar, ¿no?

– Humm.

– Digo yo que habrá que investigar a los parientes de Aspiner, a sus socios, a sus amigos. Gente así, ¿no?

– Oye, Chris, ¿por qué no le enseñas tu profesión a otro? Levanté una mano.

– Perdona, Pat… Es que me molesta tener tantas preguntas sin contestar, qué quieres que te diga.

– Sí. Y lo malo es que, como está suspendida la investigación, todo lo que hagamos, va a haber que hacerlo sin armar ruido.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo… -Pat se metió las manos en los bolsillos, se dio la vuelta y se acercó a la ventana.

La Abuela le miró y, luego, se volvió hacia mí.

– Por ejemplo -dijo-, habría que hablar un poquito con los que instalaron el sistema. Los chicos de Aspiner Securities. Conozco a un par de ellos y les puedo preguntar. ¿Qué te parece, Pat?

– Me parece -contestó mi hermano sin volverse-que si los chicos a los que conoces han hecho un trabajo para su patrón y les va en ello el empleo, no te van a contar ni el color de la hierba.

– Hombre, se puede intentar… Sonó el teléfono.

Pat se volvió de golpe y frunció el ceño. Miró la hora en su reloj. Murmuró:

– La una de la madrugada. ¿Quién diablos…?

– ¿Vas a contestar? -pregunté.

Los tres nos habíamos quedado absolutamente inmóviles. El teléfono seguía sonando.

– ¿Pat?

Hizo un gesto negativo con la cabeza. Finalmente, como seguía sonando, se encogió de hombros, dio dos zancadas hasta la mesa en la que estaba el aparato, nos miró brevemente y levantó el auricular. No hay nada más imperativo que un teléfono sonando.

– Sí -dijo con poca convicción. Al cabo de un momento, muy lentamente, bajó el auricular y lo colocó nuevamente en su sitio-. Han colgado -dijo-. Vamonos de aquí.

CAPITULO XII

Confieso que dormí como un lirón. Sólo me desperté una vez con la nariz completamente tapada. Me soné, me puse unas gotas y ya no me enteré de nada más hasta las diez de la mañana, hora en que abrí los ojos y, sin moverme, hice un repaso mental de todos mis males, antes de tomar decisiones precipitadas: la nariz, tapada, tal vez fraccionalmente menos que el día anterior; la garganta, hecha un basurero, reseca y dolorida; el cuello, humm, rígido y dispuesto a dar la lata; la herida en el cuero cabelludo, bastante bien. Bueno. Nada que justificara la inmovilidad. Imposible quedarme en la cama, que era lo que de verdad me apetecía. Me levanté y abrí la puerta de la habitación.

– ¿Chris? -era la voz de Tina, que llegaba desde abajo-. ¿Qué tal estás? Te preparo un café.

Abrí la ventana y miré hacia la calle. La casa de Pat está en un sector particularmente tranquilo de Brooklyn Heights. Es de los pocos lugares totalmente humanizados de Nueva York. Aunque, en aquel momento, la nieve lo cubría todo, en primavera, con el deshielo, los árboles se esponjan y el pequeño parque que hay en uno de los extremos de la calle se llena de flores y, sobre la hierba, fresca y jugosa, corren los niños, brincan los perros y se pasea la gente, sonriendo amablemente. Todo muy bucólico.

Me di una ducha larga y perezosa. Nada de agua fría al final que me estimulara como un tónico. No estaba yo para proezas.

– ¡Vaya! -dijo Tina, sonriendo-. Nuestro héroe ha amanecido con buena cara. Anoche parecíais dos cadáveres…

– ¿Pat?

– Se ha marchado ya. Tenía que estar a las ocho en la comisaría. Dice que le llames.

– Huele que alimenta. Tina rió.

– Siéntate, anda. Tómate el café, que te frío un par de huevos. ¿Tostadas?

Asentí.

– Ahí tienes el periódico. ¡Ah! Acaba de llamar Nina Mahler.

Descolgué el teléfono y marqué el número de Washington.

– ¿Nina? ¿Qué tal estás?

– Bien, bien… Cuéntame lo de anoche. ¿Qué ha pasado? Le conté pormenorizadamente nuestra visita al piso de Aspiner. Sólo al final, Nina dio un largo silbido. -Caray -dijo y guardó silencio.

– ¿Nina? ¿Estás ahí?

– Sí, sí, amor, estoy aquí. Yo…

– ¿Tienes algo que decirme?

– Eh… Bueno… la verdad es que anoche tuve visita en casa…

Me quedé callado. Pasados algunos segundos, pregunté en voz baja:

– ¿Y qué pasó?

– Nada, nada -se apresuró a contestar Nina-. Yo no estaba. Fue parecido a lo tuyo. Un poco de desorden… no falta nada… Son verdaderos profesionales.

– Entonces… nos están dando un aviso.

– ¿Porqué?

– Si son verdaderos profesionales, y yo también creo que lo son, no hubieran dejado rastro de su paso por esa casa si no hubieran querido que lo supiéramos.

– Ya. Ya lo he pensado, ya… ¿Chris? Otra cosa, amor…

– ¿Qué?

– Markoff se está moviendo. No dije nada por un momento.

– ¿Otra vez? ¿Como en el Midwest?

– Sí.

– ¿Desde cuándo?

– Anoche.

– ¿Quién le está siguiendo?

– Staines.

– ¿Lo sabe Gardner?

– Sí.

– Vuelvo esta noche. -Colgué.

Tina me puso delante un suculento plato de huevos fritos, tostadas y bacon. Me guiñó un ojo.

– Este niño está muy flaco -dijo, imitando la voz de mi madre. Rió y me pellizcó en la mejilla. Estaba guapísima-. Anda, come.