Cogí tenedor y cuchillo y me puse a devorar lo que había en el plato. Después de rebañar hasta la última migaja, me levanté con la taza en la mano, me acerqué al fogón y me serví café. Suspiré, satisfecho, y encendí un pitillo. Estornudé ruidosamente.
Decidí llamar a Dennis. Le había prometido que le contaría cómo iban las cosas. Quería, de paso, averiguar si habíamos tenido más visitas nocturnas.
– Bethesda.
– Extensión 2502, por favor.
– Oficina del doctor Keatley, buenos días.
– ¿Está el doctor, señorita?
– El doctor Keatley no ha venido esta mañana. ¿Quiere dejar algún recado?
– Gracias. Sólo diga que le ha llamado Christopher Rodríguez.
– Gracias.
Llamé a casa. No contestaba nadie. En vista de ello, decidí cumplir con mi promesa de ver a John Mazzini, pedirle perdón por mi encerrona del día anterior y almorzar con él. En algún sitio tenía que comer un bocado y, con Johnny, un buen bocado estaba siempre garantizado: en los últimos años, se había puesto como un tonel a base de frecuentar diariamente los mejores restaurantes de cada ciudad a la que los avatares de su profesión le llevaban. Quedamos citados en la Cote Basque, el maravilloso establecimiento francés de la calle 55.
– Y ahora, dime lo que te traes entre manos con el senador Perkins -me ordenó Johnny, alargando la mano y cogiendo el vaso de vodka con tónica que le acababa de traer un camarero-. Oye, tienes un aspecto fatal. ¿Qué te ha pasado?
– Nada, Johnny. Tengo un catarro bestial y, además, resbalé con el hielo y me di una costalada de campeonato.
A Mazzini se le escapó una rápida mirada a mi pie. Cuando volvió a levantar la vista, había en sus ojos una involuntaria expresión de lástima. Pat, sentado a mi lado, dio un bufido; nunca ha sabido disimular.
Había intentado acudir solo a la cita, pero de Patrick ya no había quién se despegara ni con soplete; "este caso es mío, por lo menos tanto como tuyo, y si crees que te voy a perder de vista, vas listo".
– No me traigo nada especial entre manos con Perkins -dije y bebí un sorbo de mi whisky con soda-. Mi entrevista con él tenía un motivo absolutamente genuino: con esto del pie, estoy empezando a pensar seriamente en dejar la fotografía y dedicarme a escribir…
– No me lo creo. Venga, hombre. Tú siempre has despreciado el periodismo literario.
– … De sabios es cambiar, Johnny…
– ¿Y la fotografía deportiva? ¡Venga ya! Tus fotos de ahora tienen tanto drama, tanta emoción como las que hacías antes de… bueno… antes. Oye, oye -añadió, mirándome fijamente-, ¿cómo es que no has ido a la Copa del Mundo de esquí?
– Ya te digo… ¡Si es que no quieres escucharme, hombre! Me gustaría empezar a escribir. De verdad… De repente, ayer por la mañana leí la entrevista de Perkins en el Washington Post, ya sabes, la que ha hecho sobre Centroamérica, diciendo que se va a meter con Fulton y no le va a dejar gastarse el dinero en operaciones de desestabilización. Le tiene mucha manía, ¿eh?
Mazzini dio un gruñido.
– Bueno, pues… por fin, me decidí a intentar escribir algo que me rondaba por la mollera desde hacía tiempo: una serie para ver si puedo desentrañar la madeja de la intervención americana en aquellos países… Así, de pronto… Ya sabes… Pensaba enseñártela cuando la tuviera terminada. -Me estaba metiendo yo solito en un laberinto verbal. Si quieres que te crean, haz que tus mentiras sean muy sencillas. Sonreí-. Y, luego, para convencer a Perkins, no se me ocurrió nada mejor que invocar tu nombre… -Separé las manos con las palmas hacia arriba y me encogí de hombros.
– Chris siempre ha sido muy trolero -dijo mi hermano.
– Muy gracioso -apostillé, mirándole con severidad.
– Además -añadió Pat, que nunca puede callarse a tiempo -, da la casualidad de que el nombre de Perkins aparece cada vez con mayor frecuencia en conexión con una investigación que estoy dirigiendo.
Cerré los ojos.
John Mazzini levantó las cejas.
– ¿Sí?
– Malcolm Aspiner -dijo Patrick, asintiendo-. Cada vez que levanto la esquina de una alfombra, ¡zas!, salta Perkins…
– ¿Sí?… Oye, un momento. ¿Cómo, cada vez que levantas… cada vez que levantas? Esta investigación ha sido cerrada. Yo también leo los periódicos, ¿sabes? Además, la prensa ha dicho que Aspiner murió de un infarto o algo así, pero, aunque me dedico a política internacional, aún conservo contactos con la Policía y con el fiscal del distrito: Hartfield me dijo que le habían asesinado, pero que preferían la versión del infarto para evitar especulaciones en bolsa, crisis financieras… cosas así. Pero, amigo mío, la investigación ha sido oficialmente cerrada. ¿Qué andas tú husmeando? ¿Sabes algo que no sabe John Mazzini, famoso periodista del Times, celoso protector de la comunidad? Habla, habla, que por la boca muere el pez, ¿eh?
Patrick se mordió los labios y se removió inquietamente en su asiento. Chasqueé la lengua.
– Johnny, celoso cuidador de la comunidad -dije festivamente-, te parecerá una fantasía, pero Patrick, que no se ha quedado satisfecho con los motivos que le ha dado el fiscal para interrumpir la investigación, ha decidido seguirla un poco por su cuenta.
– Eso -murmuró mi hermano.
– Vaya, teniente -dijo Mazzini con socarronería -, no me digas que ahora vas a montar un departamento de homicidios por tu cuenta. ¿O es que ya no castigan la insubordinación en la Policía de Nueva York?
– Oye, oye -interrumpí con impaciencia -, ¿cómo nos hemos metido en este lío? Lo de Pat no tiene nada que ver con mi entrevista con Perkins. Pat -añadí, mirándole-, no te dejes confundir por este miserable periodista y no hables más, anda. Johnny, bastante follón tiene éste para que, encima, le saques en los periódicos. Te agracederé que te lo calles, ¿eh?
John se recostó en su asiento, sonriendo. Tomó una tostada finísima y le untó mantequilla parsimoniosamente. Luego, levantó la vista y miró al camarero que nos traía la Bisque de homard que habíamos pedido los tres. Nos colocaron un humeante plato de sopa a cada uno por delante y, mientras el camarero retiraba los aperitivos que habíamos tomado y sustituía los ceniceros, el somelier se acercó con una botella de Pouilly. Fumé en la mano, manteniéndola ligeramente inclinada para que Johnny la inspeccionara. Mazzini hizo un gesto casi imperceptible de asentimiento y el somelier virtió un poco de vino blanco en su copa. Tomó el vaso con la mano derecha, mordisqueó un poco de tostada con mantequilla y probó el vino.
– Humm, buenísimo… Cuidado, Chris, que te quemas con la sopa. Me parece que está demasiado caliente.
Me llevé una cucharada de sopa a la boca. Estaba sensacional. Tenía pequeños trozos de bogavante flotando en el espeso líquido de color rojizo.
– Está buenísima -dije. Parece mentira las cosas que se pueden hacer con un poco de langosta, nata y coñac.
– Muy bien -dijo Johnny-. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, si! Malcom Aspiner. ¿Qué tienes que decirme, Pat?
– Nada. No tengo que decirte nada. Mira, Johnny, si te lo callas ahora, puedes pedirme lo que quieras… más adelante.
– Bueno, no os asustéis, caramba. Lo único que quiero es la exclusiva de lo que obtengas.
Pat asintió solemnemente y yo, riéndome, añadí:
– Seguro que te llevas un artículo sensacional. -No sabía lo cerca que estaba de la realidad.
– ¿Por qué te ríes?
– Hombre, acabará siendo una tontería de faldas y lo único que ocurrirá será que Aspiner, el pilar de la comunidad, terminará quedando a la altura del betún… Nada que haga temblar la nave del Estado.
Segunda plusmarca Rodríguez en errores de ciento ochenta grados. He repasado, una detrás de otra, las tonterías que cometí en esta historia y, realmente, puestas en cadena, darían fácilmente la vuelta al mundo por el ecuador.