Выбрать главу

– Y una cosa más -interrumpió Staines-. Quiénes fueron los que entraron de noche en vuestras respectivas casas y te sacudieron a ti con una porra.

– Hombre, Larry, no tiene nada que ver. Pueden haber sido los soviéticos en busca de información, de algo que les faltara. Da igual…

– No, señor. ¿Para qué iban a entrar los soviéticos en tu casa, si Dennis podía facilitarles lo que quisieran?

Me mordí el labio inferior.

– Tienes razón. Sí, señor…

– Venga -dijo Nina.

– Y yo me pregunto: ¿si Aspiner no trabajaba para los soviets, es razonable pensar que lo hacía para otros intereses que están claramente más a la derecha?

– Evidentemente.

– ¿Para una organización norteamericana?

– Posiblemente.

– ¿Para una organización norteamericana, plutócrata y capitalista? -Sonreí.

– Eso me parece mucho fantasear, Chris.

– Tal vez, pero ¿no podría ocurrir que nos estuviéramos enfrentando con una organización que piensa que el Gobierno norteamericano es demasiado débil en sus tratos con el enemigo y que necesita una ayudita sin que nadie se entere?

– Deberías escribir novelas -dijo Staines.

– Sí, pero no es imposible. Si no nos fue imposible imaginar que había un traidor en las alturas vendido al comunismo, lo que ya era descabellado, no nos es imposible imaginar que hay un traidor vendido al capital. -Abrí las manos-. ¿Por qué no?

– ¿Para qué? Una organización de derechas ayudando al Gobierno ¿para hacer qué? -preguntó Staines.

– No lo sabemos, y, en todo caso, de momento, no creo que tenga mucha importancia -dijo Nina-. ¿Adonde quieres ir a parar?

– Quiero ir a parar a que es razonable que volvamos a sospechar, con más causa hipotética, de nuestros tres protagonistas: Fulton, Masters y el bueno de Gardner.

Staines me miró con sorpresa, pero no dijo nada.

– Muy bien. ¿Y qué? -preguntó Nina.

– Pues que si el verdadero culpable, uno de los tres, se entera de que Dennis es un traidor, de que le hemos descubierto, de que se ha marchado y de que Markoff nos ha dicho que ellos no tienen nada que ver en este asunto, tendrá todo el interés del mundo en quitarnos la investigación de las manos, ahora que está empezando a encarrilarse en la buena dirección.

– Por tanto -apostilló Nina-, será mejor que no se enteren de lo que ha pasado con Dennis.

– Humm… de momento. Hasta ahora, no lo sabemos más que tres. ¿Qué os parece? -Me dio la horrible sensación de que, en realidad, estaba defendiendo mi vida, evitando la estricta dieta de Pentotal y el atropello del coche.

Nina me miró largamente; estoy seguro de que adivinó mi pensamiento.

– De acuerdo -dijo por fin.

– OK -dijo Staines y chasqueó la lengua.

– Espera un momento. -A veces pienso que soy demasiado honrado-. ¿Seguimos descartando a Masters? ¿Se lo contamos todo?

– ¿Cómo es eso? -preguntó Staines.

– El director de la CÍA no puede ser el malo de la película, porque él ha lanzado la investigación. Él fue quien descubrió todo este lío. Y no va a tirar piedras contra su propio tejado.

– Ya.

– ¿Le seguimos descartando?

– No -dijo Nina.

Somos un par de desconfiados.

El resto de la mañana lo pasé apiadándome de mí mismo. Y tomando algunas decisiones: nuestra investigación no parecía avanzar más que en línea horizontal. Hacíamos acopio de datos que, poco a poco, nos iban convenciendo de que estábamos metidos en un asunto de proporciones considerables y bastante turbias, pero no pasábamos de ahí. No conseguíamos despejar ninguna de las incógnitas principales.

Si hay algo que me molesta es quedarme estancado, sin ser capaz de avanzar, sabiendo, al mismo tiempo, que a mi alrededor están pasando cosas que ni siquiera intuyo. Lo malo es que, cuando me pasa eso, las consecuencias suelen ser catastróficas porque me pongo a dar palos de ciego y organizo unas tragedias de proporciones épicas.

Alguien nos estaba vigilando. Alguien seguía paso a paso las incidencias de nuestra investigación, con la evidente intención de darnos un disgusto en cuanto nos acercáramos a la verdad. Pues había llegado la hora de provocar alguna reacción. Era el momento de abandonar las elucubraciones académicas y de lanzarse a sembrar el campo de minas.

Cómo estaría yo aquella mañana que, a la hora de almorzar, me fui a la cocina y me preparé un bocadillo de queso, que me comí, tomándome una cerveza. Odio los bocadillos de queso y la cerveza.

Subí lentamente las escaleras. Al llegar al rellano, en vez de torcer a la derecha hacia mi habitación, me detuve. La puerta de Dennis estaba cerrada. Estuve un largo rato parado, mirándola. Finalmente, di dos pasos y puse mi mano derecha en el picaporte. Esperé unos segundos y, después, lo hice girar muy despacio. Di un empujón a la puerta y no me moví hasta que se hubo abierto silenciosamente del todo.

La habitación estaba en perfecto orden. La cama, pulcramente hecha, las sillas en sus sitios, las persianas, entornadas. Todo impecable y cuidado, como era Dennis. Y, sin embargo, espantosamente desierto, heladoramente vacío. Me aproximé al gran armario empotrado y lo abrí. Dentro, no quedaba absolutamente nada. El doctor Keatley se había ido para siempre. En una esquina, no recuerdo cuál, había estado siempre, apoyada contra la pared, una rama seca y derecha, que Dennis había utilizado como fusta, como juguete, en nuestros tiempos de Jordania. Tuve que escudriñar las esquinas una por una. La rama había desaparecido. Dennis no había dejado ni un solo recuerdo de su paso por mi casa. Como si se hubiera ido de un hotel.

Me encogí de hombros.

Fui a mi cuarto y me tumbé en la cama. Encendí un cigarrillo y, por primera vez en una semana, no me dio un ataque de tos. Me estaba curando. ¡Una semana! ¿A qué estábamos hoy? ¿Jueves? Todo este lío había empezado con una llamada de John Lawrence el jueves anterior por la noche, convocándome a la reunión con el bueno de Gardner el viernes por la mañana. Apenas una semana. Me parecía que había transcurrido un siglo.

Sonó el teléfono.

– Diga.

– Lo siento.

Me dio un vuelco el corazón.

– ¿Qué? ¿Quién es?

– Lo siento, Chris.

– ¿No estás ya en la Unión Soviética?

– No.

– ¿Dónde estás? -Rodríguez, investigando a fondo.

– No te lo puedo decir… Yo… no me podía marchar sin hablarte.

– ¿Clavas el puñal y luego miras a ver por dónde sangra?

– No digas tonterías… Tú, precisamente tú, no digas tonterías, Chris. Sabes bien que a ti no te he clavado ningún puñal… A ti, no. Pero siento todo esto… -La voz se le quebró en un sollozo-. Lo siento por mí, lo siento por ti… y… sobre todo, lo siento por Marta…

– ¡No me mientes a Marta! -grité, incorporándome de un golpe en la cama.

El teléfono cayó al suelo con estrépito.

Hubo un largo silencio. Creí que había colgado.

– ¿Dennis? ¿Estás ahí?

– Sí, estoy aquí -contestó, con voz resignada, al cabo de unos segundos.

Y, de repente, comprendí que Dennis, en realidad, no me había engañado nunca. Había traicionado, sí, unas ideas, unas entelequias superfluas, por las que se mata, por las que se paga, por las que se corrompe. Pero a mí, al hombre, al amigo, no me había engañado. Conmigo había compartido la tristeza y había recompuesto los trozos de mi corazón. Que se fuera en paz.

– Está bien… Está bien, Dennis… Yo también lo siento. Que tengas suerte.

Suspiró con alivio. Sonreí para mis adentros y hasta pensé en decirle que podía haberse dejado la pequeña fusta de madera del Jordán.

– Una cosa más -dijo-. No dejéis de fijaros en Costa Rica… ¿Has oído hablar del sur de Cartago?

Colgó. No me había llamado "vida" ni una sola vez.