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CAPÍTULO XV

¿Qué era este sur de Cartago? Igual que me ocurría con todo lo demás, el nombre me había saltado a la cara de repente, sin que yo tuviera idea de lo que quería decir.

Por lo menos, iba a averiguar dónde estaba. Bajé al salón. De la biblioteca saqué el enorme atlas del mundo del National Geographic, lo puse encima de la mesa, lo abrí y busqué la doble página de Centroamérica. Qué poco tienen que ver los colores con que se dibujan los mapas con lo que, luego, resulta ser la realidad de los montes y los ríos, de las tonalidades y las sombras. Y, sin embargo, la impresión que queda, la que sorprende cuando es desmentida por la realidad, es la del dibujo de los cartógrafos. Algún día voy a recorrer el mundo haciendo un atlas fotográfico para que la gente pueda viajar y enterarse sin necesidad de moverse de su butaca.

En el atlas del mundo, Costa Rica aparece como el diminuto país que es, pintado de blanco y con los bordes en verde. Más o menos en su centro, está la ciudad de Cartago, firmemente plantada en la falda del volcán Irazú, como a treinta o cuarenta kilómetros al este de la capital, San José. ¿Al sur de Cartago? Poca cosa que le parezca de interés a los técnicos del National Geographic. Apenas una línea, como una cicatriz: la cordillera de Talamanca, que imagino debe ser el espinazo costarricense de la cordillera de los Andes. En lo que a mí respectaba, podía haberse tratado de la serranía de Shanghai; no me decía nada. Punto muerto.

Cerré el atlas y me quedé de pie, mirando al teléfono. Fui hacia él, descolgué el auricular y, durante unos segundos, lo mantuve en la mano, a media distancia entre la mesa y mi oreja. En realidad, no estaba pensando en nada, estaba haciendo acopio de decisión para empezar a dar palos de ciego.

Marqué el número de Pennsylvania Avenue y pedí que me pusieran con el bueno de Gardner. No estaba contento mi jefe y empezó a dar gritos en el mismo momento en que se puso al teléfono.

– ¿Señor Gardner?

– ¡Rodríguez! ¿Dónde diablos han estado ustedes metidos?

– ¿Se refiere usted a Nina y mí?

– ¡Sabe usted muy bien a quién me refiero! No pierda el tiempo con tonterías.

Alcé los ojos al cielo; este hombre era capaz de agotarle la paciencia al santo Job.

– Nos hemos pasado la noche siguiendo a Markoff…

– ¿Y qué?

– Nada. Absolutamente nada. Se ha movido de un sitio para otro, nos ha tenido girando como peonzas, y nada. Yo creo que se trataba de una columna de humo para esconder otra cosa. ¿Algún otro que se estaba moviendo? No lo sé.

– Ya. Habrá que averiguar si hemos detectado alguna otra actividad. ¿Y Nueva York? ¿Qué ha pasado por allí?

– Nada que aclare demasiado lo que está ocurriendo. Anduve husmeando por el piso de Aspiner y, aparte de que sí parece ser el autor del robo de nuestro computador, no acabamos de establecer claramente su conexión con la KGB o la razón de su muerte. -Soy un mentiroso de primera y me debería dar vergüenza.

Gardner dio un gruñido.

– No me parece que estén ustedes avanzando mucho, ¿eh? ¿Qué pasa con los computadores?

– Pues parece que Aspiner Computers produce un ordenador que sería capaz de asimilar la información del de la CÍA… pero ya nos lo imaginábamos.

– ¿Van a investigarlo?

– Sí, señor.

– ¿Qué más han averiguado de nosotros? ¿Del presidente, de Masters y de mí? -¿Una cierta nota de ironía?

– No mucho, señor. Pero había que hacerlo, ¿no?

– Tonterías. -Me hablaba como si estuviera regañando a un niño.-Pero… usted es el que está al frente de este asunto. Usted verá.

– Sí, señor. Señor Gardner, ¿qué es el sur de Cartago? Silencio. El silencio de las grandes ocasiones.

– ¿Cómo dice? -Gardner había puesto un tono de cautela en su voz.

– Nada especial, señor. A medida que vamos avanzando en este asunto, salta, de vez en cuando, un lugar que se encuentra al sur de Cartago. Y no sé qué es o lo que quiere decir.

Silencio. El bueno de Gardner disimula mal.

– No sé a lo que se refiere usted, Rodríguez… Al sur de Cartago. -Le costó un considerable esfuerzo decirlo-. ¿Qué tiene que ver con todo esto? ¿Cartago? ¿Túnez? ¿Qué tiene que ver Túnez en esto?

Un buen trabajo de improvisación. Como mentiroso, estaba, por lo menos, en la misma categoría que yo.

– Túnez, no, señor. Cartago, Costa Rica.

– No sé de qué me está hablando. ¿Qué quiere decir todo esto?

– Eso es lo malo, señor. No sé lo que quiere decir… Pensé que, tal vez, usted supiera si encaja, si tiene algo que ver…

– No, que yo sepa, Rodríguez. Esto del sur de… ¿Cartago?, ¿sale en conexión con qué?

Guardé silencio por un momento, pensando en la respuesta que podía dar.

– Eh… Aparecía en un print-out que he descubierto en casa de Aspiner. No sé. Puede haber sido un print-out perfectamente legítimo, relativo a otra cosa. No sé… algo que tenga que ver con los negocios de Aspiner… Vaya usted a saber.

– ¿Qué decía? -preguntó Gardner secamente.

– ¡Ah! Nada especial. Algo así como que el sur de Cartago empezaba a ser activado, qué sé yo.

– Quiero ver ese print-out.

– ¿Por qué?

– ¿Ya usted qué le importa?

– Nada, señor-me apresuré a decir.

– Quiero simplemente ver qué es.

– Muy bien. -Rodríguez, metido en un lío por mentir. ¿De dónde me iba yo a sacar un papel así?

– Venga a visitarme a última hora de hoy. -Colgó.

– Sí, señor -murmuré-. Sí, señor. -No tenía ninguna intención de hacerlo.

Una de mis propiedades más notables es un viejo Volkswagen, un escarabajo color naranja, que guardo en el garaje de casa. Es el único coche que ha sido capaz de resistir mi forma de conducir y que siempre responde con fidelidad a mis esporádicas exigencias. Debe de tener una batería a prueba de bomba; absolutamente eterna. Y es que otro de mis odios es manejar automóviles.

Entré en el garaje, encendí la luz y saludé mudamente al vetusto vehículo. Encima del capó había una caja de cartón que contenía fotografías desechadas, papel de ampliación usado, recortes inútiles y alguna botella de plástico vacía. Recordaba haberla puesto ahí semanas antes, con la vaga intención de meterla en el cubo de la basura. La agarré con ambas manos y la dejé caer en un rincón.

Abrí la puerta del garaje, di algunas palmadas amistosas al Volkswagen, me metí en él, introduje la llave en el contacto y la hice girar. El motor estornudó un par de veces y acabó arrancando con la suavidad algo metálica de estos tanques alemanes. Mientras los alemanes produzcan un solo Volkswagen, seremos incapaces de derrotarlos.

Hacía mucho frío y el sol invernal, que había hecho su primera aparición sobre Washington en semanas, empezaba ya a declinar sobre el horizonte. El atardecer se estaba cerrando y la luz se había vuelto violácea.

Me dirigí hacia Langley lentamente, no porque me apeteciera el paseo, sino porque conduzco despacio y con inmaculada prudencia. Según Nina, lo que me pasa es que conduzco muy mal. Se ve bien que nunca viajó conmigo en mis tiempos de guerrilla en Jordania.

Masters me recibió inmediatamente.

– Siéntese.

Me hubiera gustado adivinar si, detrás del tono impersonal con que se dirigió a mí, había irritación con un patoso que nunca acaba de saber por dónde anda, o resignación con un meticuloso obstinado al que hay que dejar llegar, paso a paso, al objetivo que se ha propuesto.

Le conté, con un poco más de detalle que al bueno de Gardner, lo que había pasado en los últimos días, utilizando las mismas pequeñas correcciones de matiz y estilo. Me estaba convirtiendo rápidamente en un estupendo actor y empezaba a estar seguro de que, de seguir así, no salvaría mi alma de las penas reservadas en el infierno a los mentirosos de pro. Qué se le va a hacer.