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– Y, si no estoy equivocado, no nos han descubierto ustedes, a Fulton, a David o a mí, actividades que nos liguen a la KGB…

– No, señor.

Me dirigió una sonrisa. La primera en días.

– No sé si esto aclara o no la situación. A veces me pregunto… Guardó silencio.

– ¿Qué, señor?

– Nada, nada, Christopher. No quiero influir en su investigación.

– ¿Le puedo hacer una pregunta?

– Adelante. -Levantó las cejas.

– ¿Qué es el sur de Cartago?

Desde luego, esas tres palabras provocaban las más extrañas reacciones en la gente. Masters se quedó callado y dejó de sonreír. Se pasó la mano derecha por la mata de pelo blanco y, de repente, el azul de sus ojos se hizo más oscuro, más opaco. Estaba preocupado.

– ¿Qué sur de Cartago? -preguntó por fin con cautela-. No veo qué tiene que ver Túnez con todo esto.

– Sur de Cartago, Costa Rica, señor.

– Ya. ¿Por qué lo pregunta?

– No lo sé muy bien… Me topo con el sur de Cartago cada vez que escarbo un poco en todo este asunto.

– No creo que tenga importancia…

– Eso mismo me dice el señor Gardner, pero… con toda franqueza, señor, empiezo a no creérmelo.

Masters me miró en silencio durante un buen rato. Saqué un paquete de cigarrillos de mi bolsillo, levanté las cejas en señal de petición de permiso para fumar y el director asintió. Luego, hizo repetidos gestos afirmativos con la cabeza y suspiró. Finalmente, tomó la decisión de contármelo. Se le notó en la cara.

– Christopher… -empezó, lentamente-. El sur de Cartago es, en efecto, una operación de la CÍA, pero no creo que deba usted conocerla. Durante veinte años, ha sido el secreto mejor guardado de los Estados Unidos…

– Perdón, señor. No pretendo que me desvele usted secretos de Estado, pero me temo que éste, concretamente, tiene relación con nuestra investigación, es cada vez más esencial a nuestra investigación, a juzgar por las veces que salta a la palestra… Además… no me parece que sea ya un secreto tan celosamente guardado. Aspiner, por lo menos, lo conocía. -Estabas mintiendo Rodríguez y, sin embargo, ni siquiera intuías lo cerca que estabas de la verdad.

– Humm… -suspiró nuevamente-. Tal vez tenga usted razón… Ni qué decir tiene que nada de lo que le voy a contar deberá ser explicado, sugerido… vamos… que no se le debe siquiera mover un músculo de la cara si alguien se lo mienta… ¿eh? -Se puso tremendamente serio y las facciones del semblante se le endurecieron-. Le va en ello la vida, Rodríguez.

Respiré hondo. -Sí, señor.

Masters cogió un lápiz y empezó a juguetear con él, dándole vueltas en una mano.

– En 1961, en abril de 1961 para ser más exactos, una fuerza combinada de guerrilleros cubanos exiliados y de agentes de la CÍA efectuó un desembarco en un lugar conocido como bahía Cochinos en Cuba. Desde que Fidel Castro había tomado el poder el primero de enero de 1959, su paulatina conversión al marxismo, con la creciente influencia del partido comunista cubano, le había costado a los Estados Unidos muchos millones de dólares… Millones de dólares en expropiaciones, en negocios perdidos… Nuestra paciencia se agotaba rápidamente. Por otra parte -Masters se recostó en su asiento-, en lo que a nosotros y a muchos cubanos que le habían apoyado, respectaba, Fidel había traicionado las ideas que habían hecho que la burguesía cubana se pusiera de su parte a última hora. Fidel Castro, en otras palabras, había transformado la lucha anti-Batista que le había dado la victoria, en una revolución marxista…

– No es que los Estados Unidos fueran precisamente pacientes con él -interrumpí.

Masters levantó una mano y dijo secamente:

– Los motivos y responsabilidades de los Estados Unidos no están siendo discutidos ahora, Christopher. Esto no es una clase de teórica en la Universidad de Harvard, sino un relato pragmático de acontecimientos. -Me miró severamente, se puso de pie y empezó a pasear por el despacho; iba hasta la ventana, miraba brevemente hacia los jardines de Langley, se daba la vuelta y volvía hasta donde yo estaba sentado. Y vuelta a empezar. Ablandó el tono de su voz y prosiguió-: Una gran parte de la clase media que apoyaba mayoritariamente a Fidel, la que había sido más furibundamente anti-Batista, se marchó desengañada de Cuba y empezó a establecerse en Miami. -Me pareció superfluo explicarle que yo también conocía la historia -. Poco a poco, aquellos cubanos fueron organizándose, fueron montando unidades de combate. Para ello contaron con el apoyo logístico y material de la CÍA. Pudo ser un error. No lo discuto. Pero eso fue lo que sucedió.

Me dio la impresión de que Masters no estaba muy de acuerdo con estas actividades de su agencia, pero, cuando lo dijo, me estaba dando la espalda y no pude verle la expresión de la cara. Giró en redondo y, acercándose a mí, continuó:

– Cuando se consideró que aquella fuerza de desembarco estaba preparada, la Junta de Jefes de Estado Mayor convenció a Jack Kennedy de que un asalto a Cuba contaría con el apoyo inmediato de la población y provocaría la caída de Castro. Había informaciones suministradas por nuestros agentes en la isla que parecían confirmar esta probabilidad. -Torció el gesto-. El presidente dio su visto bueno, el desembarco se efectuó y fue un absoluto fracaso: la mayoría de los asaltantes murió o fue hecha prisionera. Usted recordará el escándalo que se produjo. Kennedy asumió toda la responsabilidad y, si no estoy equivocado, se juró nunca más hacer caso de lo que dijera su Junta de Jefes de Estado Mayor. Pero, amigo mío, el desastre de bahía Cochinos envalentonó a Castro y, lo que es peor, a Kruschev. La URSS ayudaba crecientemente a Cuba y, con ello, empezó a armarla de tal manera que el Gobierno de Washington se preocupó seriamente. Dejemos a un lado -añadió sonriendo sarcásticamente-los distintos y pintorescos esfuerzos que se hicieron para asesinar a Castro: la mafia, la CÍA, los vietnamitas -agitó la mano izquierda-, qué sé yo… El hecho es que, de repente, se comprobó que Kruschev estaba instalando misiles en Cuba y que los misiles apuntaban a territorio norteamericano. Fue la gota que colmó el vaso y el presidente Kennedy mandó un ultimátum a la URSS. Octubre del 62… Incluso si mi trabajo no me lo recordara a diario, tendría el incidente grabado en mi memoria porque entonces me pareció que nos habíamos vuelto locos todos. Durante quince días estuvimos al borde de la guerra nuclear. Pero Kruschev se arrugó y todo pasó.

Se quedó callado, mirando por la ventana, y yo, aprovechando la circunstancia de que no me veía, encendí un cigarrillo.

– La CÍA mandaba mucho en aquel entonces -continuó Masters con un deje de tristeza en la voz-. Sí, señor -añadió suspirando. Me pregunté si el suspiro era añoranza o preocupación -. La CÍA no creyó que todo hubiera pasado. Tal vez hizo bien… Un año más tarde moría Kennedy en Dallas. Nunca se ha aclarado el misterio, pero la teoría que más firmemente barajó nuestra agencia fue que se trató de una represalia de Castro o de la Unión Soviética por los intentos de asesinato contra Fidel… Se lo creyeron en serio, Christopher…

– ¿Y usted qué cree?

– Mi opinión vale de poco, pero si quiere oírla… Creo que al presidente le mataron un par de locos histéricos, megalománicos y sedientos de sangre… Creo que no hubo conspiración. Éste es un país violento, Christopher, un país violento… En fin… El hecho es que se decidió…, el presidente Johnson decidió prepararse seriamente para cualquier amenaza que pudiera venir desde Cuba. Había… mucha histeria. Empezábamos a meternos cada vez más en Vietnam, y Centroamérica era un bastión americano con un solo grano de pus: Cuba. Había que prepararse para cualquier eventualidad. Lyndon Johnson decidió hacer lo que había hecho Kruschev, sólo que al revés: plantar misiles apuntando hacia Cuba.