Me enderecé de golpe en mi silla. Se me habían puesto los pelos de punta.
– En realidad -prosiguió con voz cansada-, apuntando a Cuba es un eufemismo por misiles apuntando a toda Centroamérica… Se buscó cuidadosamente un emplazamiento seguro, que estuviera fuera del territorio de los Estados Unidos.
– ¿Por qué fuera del territorio de los Estados Unidos?
– Eso me pregunto yo también. En su momento, se argüyó que, así, nadie podría acusar a los Estados Unidos de hacer el matón… Sí… no me mire así. Ya le he dicho que estaban todos histéricos. Yo creo que, en realidad, querían tener a todo el mundo metido en el ajo, aunque fuera involuntariamente, para no correr solos con la responsabilidad. Es más que probable que el genio al que se le ocurrió la idea pensara que, colocando los misiles fuera de los Estados Unidos, si había que dispararlos, podríamos echarle la culpa a otro. El caso es que se escogió el lugar de emplazamiento con mucho cuidado, sopesando las probabilidades de que el país que resultara elegido llegara a sufrir una revolución. No, si visión tenían -dijo, sonriendo con cierta amargura. -Nicaragua, El Salvador y Honduras fueron descartadas. Guatemala fue un firme candidato durante tiempo, pero la lucha de guerrillas lo hacía peligroso. Panamá, por el canal, no podía ser…
– … Y se decidió que fuera Costa Rica.
– Y se decidió que fuera Costa Rica. Un país tranquilo, sin grandes problemas políticos, sin guerrilla, sin ánimo revolucionario… ¿Qué quiere que le diga? Había un lugar ideal, aislado, en alto, en la cordillera de Talamanca… Abrió los brazos y, simultáneamente, dijimos:
– Al sur de Cartago.
Nos quedamos en silencio. Finalmente, me puse de pie y me acerqué a la ventana, parándome al lado de Masters.
– Señor Masters. ¿Los costarricenses saben todo esto? ¿Se contó con ellos?
– Eso es lo malo, Christopher. No lo saben, no. No tienen ni idea de que están, literalmente, sentados encima de una bomba.
Di un largo silbido. Hacía horas que no daba largos silbidos.
– Pero, señor, toda Centroamérica puede saltar por los aires el día menos pensado. La misma Costa Rica. Los nicaragüenses están al lado, utilizan, unos u otros, qué más da, territorio costarricense para moverse, reagruparse, insultarse… Hace un par de días, leí un artículo en el Post en el que se hablaba de movimientos guerrilleros embrionarios en Costa Rica. ¡Dios del cielo! ¿Y no se les ha dicho nada? -Masters hizo un gesto negativo con la cabeza-. ¿Cómo es posible que se monte una serie de silos y se metan misiles en un país tan pequeño como aquél, sin que se entere su propio Gobierno?
– Le voy a poner un ejemplo: hace poco, una avioneta salió de Puerto Limón, en el Caribe, en dirección a San José. Es un vuelo de menos de quince minutos y se hace en línea recta. Hubo una tormenta y el avión presumiblemente cayó. No se ha vuelto a saber de él. Aún lo están buscando… En la selva, amigo mío, no hay quien encuentre ni un Jumbo… Con buenos medios técnicos, puede montarse un emplazamiento de misiles sin que se entere nadie. Es así de sencillo.
– ¡Dios del cielo!
– Me enteré de todo esto el día en que me senté en aquel despacho -dijo, señalando su mesa con la barbilla-. Desde entonces no duermo muy bien.
– Con todo respeto, esos misiles hay que quitarlos de ahí, señor.
Asintió solemnemente.
– Hay que quitarlos de ahí -dijo-. Estamos todos de acuerdo, Christopher. ¿Y cómo se hace? Con el lío que hay armado allá, con los movimientos guerrilleros, con el cuidado con que se sigue la llegada de técnicos americanos a cualquiera de aquellos países, ¿cómo se hace? Llevamos meses pidiendo a los costarricenses que nos dejen enviarles una misión técnica de asistencia, pero ellos saben lo que quiere decir asesores y se resisten. Les decimos que les vamos a ayudar a reforzar sus defensas en la frontera con Nicaragua, que les vamos a desarrollar lo que quieran. Pero se resisten…
– Es horroroso, señor.
– Humm. Me da pena sacar esos misiles de ahí -dijo pensativamente.
Le miré con sorpresa: me había estado equivocando con Masters. Hasta había estado a punto de contarle que la KGB no tenía nada que ver con todo este asunto. Me mordí los labios. A este hombre no le espantaba el hecho en sí de que el Gobierno tuviera ahora misiles en donde nadie le mandaba; le molestaba e irritaba que hubiera estado tan loco como para plantarlos en un momento de histeria y con riesgo de que el mundo se enterara. Le molestaba el posible escándalo, no la posible utilización. Este hombre estaba dispuesto a usarlos cuando le conviniera.
– Pero no hay más remedio que sacarlos, antes de que los descubra un grupo guerrillero -añadió, y volvió repentinamente la cabeza hacia mí y me miró con intensidad -. Que Aspiner supiera lo que hay al sur de Cartago es gravísimo, porque también lo sabe la KGB.
– ¿Qué podemos hacer?
– Nuestra gente de allá tiene vigilados a los grupos guerrilleros y, además, ningún agente de la KGB se mueve sin que lo sepamos. En cuanto podamos, meteremos allá a un grupo de técnicos, sin que se entere nadie, ¿eh?, y lo desmontaremos todo… Es esencial que usted descubra al traidor, Christopher. No podemos permitir que cosas así ocurran nunca más.
Era de noche cuando salí de Langley. Los momentos melancólicos, los instantes de reflexión, mi pesimismo ocasional, me requieren contacto con el mar. Recorrí en mi viejo Volkswagen la distancia entre Washington y Annapolis en algo menos de media hora. Annapolis es un pequeño pueblo costero, apacible y quieto, poblado de casas de madera y viejos sauces; en las afueras, está la Academia de Marina y un antiguo club marítimo tiene reservada la cabecera de la ensenada para sus vetustos locales de madera. Uno de los pueblos más elegantes de los Estados Unidos.
Cuando llegué, casi no circulaba nadie por las calles. La bahía de Chesapeake era una masa negra de agua, más intuida que vista. En la lontananza, se divisaban las luces del gran puente sobre el río Severn y, de vez en cuando, las luces de posición de buques de considerables proporciones deslizándose hacia mar abierta por el canal de navegación. Enfrente, en línea recta, muy a lo lejos, del otro lado de la bahía, una sugerencia temblorosa y apenas visible de bombillas y focos indicaba el emplazamiento del pueblecito de Cambridge.
Apagué el motor delante del caserón del club. Me bajé del coche. Detrás de mí, en la dársena, podía oírse el ruido del agua golpeando suavemente contra los cascos de los escasos veleros que no habían sido izados a seco.
Hacía mucho frío, pero el viento estaba en calma y la noche estrellada. Me acerqué al borde del malecón. A una treintena de metros, meciéndose perezosamente en el agua, había un espléndido Nautor Swan, impecablemente blanco en la oscuridad.
El Swan, un velero que construyen unos cuantos perfeccionistas en Finlandia, es un barco poco conocido en los Estados Unidos. Hay tres o cuatro en América. El mío es uno de ellos. Sus once metros y medio de eslora están amorosamente diseñados, precisamente para lo que debe hacer un Swan: correr en regatas y cruzar el océano, si se le antoja. Parece una bayoneta; potente más que bello, con la popa cortada en ángulo agudo, surca el agua con decisión y enorme fuerza. Todo está diseñado para la velocidad, desde la bañera muy poco profunda hasta la cabina que apenas sobresale del puente, afilándose hacia la proa, como un cuchillo. Tres años antes, Marta y yo se lo habíamos comprado a un millonario extravagante que lo tenía en las Bahamas y nunca lo usaba. Habíamos pensado cruzar el Atlántico. Nunca llegamos a emprender la travesía.
Me dio un escalofrío y me aparté del borde del malecón. Crucé despacio el aparcamiento y, frotándome las manos para restablecer la circulación, empujé la puerta del bar y entré. Al fondo del salón, una enorme chimenea, en la que ardían grandes troncos, daba calor y luz vibrante a los pocos clientes que había a aquella hora. A mi izquierda estaba la larga barra de caoba, oscurecida por años de amorosos cuidados. Los adornos de cobre brillaban de puro limpios y bruñidos.