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El barman me levantó la vista del vaso que estaba secando cuidadosamente.

– Buenas tardes -dije.

Me saludó con una inclinación de cabeza. Me acerqué a él.

– ¿Qué va a ser?

– Whisky con soda.

Me lo sirvió silenciosamente, le pagué dejando el dinero encima de la barra, cogí mi vaso y me dirigí lentamente hacia una mesa que estaba un poco apartada, al lado de una de las ventanas.

– Buenas noches -dije.

– Buenas noches, señor Rodríguez -me contestó Markoff. Tenía puesto un grueso jersey de lana verde y, en los pies, llevaba unas grandes botas de goma. Me senté en la silla que quedaba libre.

– ¿Qué tal tripulante es usted?

– Soy de Leningrado -afirmó con orgullo, como si todo quedara dicho-. En mi juventud hice muchas regatas. En una ocasión me seleccionaron para el equipo olímpico… Pero no llegué a ir a las olimpiadas -añadió con un poco de tristeza -. Y usted, ¿qué tal lo hace? Su afición a la vela es una de las facetas menos conocidas de su personalidad.

– Soy de Puerto Rico… Pero eso no quiere decir nada. -Sonreí-. Cuando se pasa la infancia en un bohío, no queda mucho tiempo para hacer vela… No, el mío es un típico caso de vocación tardía. Tuve mi primer bote, un cascarón, a los veintiocho años. Compré… compramos el Marta hace apenas tres. -Me quedé pensativo-. Últimamente lo he usado poco.

Rió.

– Diversifica usted demasiado sus actividades, gaspadin Rodríguez… Quíteme una curiosidad. ¿Cómo un hombre como usted, un liberal, una persona sensata, está metido en una actividad como la suya?

Levanté vivamente la cabeza. Hizo un gesto con la mano y sonrió, quitando hierro a la pregunta.

– ¿Y usted, señor Markoff? ¿Cómo es que se dedica a esto? Antes de contestar, atrajo con un gesto de la mano la atención del barman y le pidió una botella de whisky.

– Nosotros matizamos menos a la hora de defender los intereses de la patria, pequeño hermano mío. ¿Cómo le diría yo? Una sola línea ideológica, una sola línea de defensa. Los espías soviéticos defendemos una sola opción porque creemos ciegamente en ella. Pensé que a los norteamericanos les pasaba lo mismo y resulta que usted es distinto. En la Unión Soviética, usted no sería un agente de la KGB, Christopher. Hoy somos hermanos y le puedo llamar Christopher… Perdóneme la impertinencia, pero a usted hay muchas cosas de la actuación de sus autoridades que no le gustan. No quiero ofenderle o entristecerle hablando del doctor Keatley, pero a través de él le conozco bien… No se lo tome a mal, se lo suplico. -Cogió la botella que acababa de traernos el camarero y llenó nuestras copas hasta el borde-. Brindaré en alemán y así nos quedaremos a medio camino: prost. -Levantó el vaso y se lo bebió de un trago.

Le miré en silencio y luego levanté a mi vez la copa y la apuré de golpe. El whisky me abrasó el esófago y se me saltaron las lágrimas.

– Nasdarovie -contesté.

Markoff sonrió.

– Vladimir… usted es un hombre inteligente. Usted vive aquí, en una sociedad que tiene muchos defectos, pero que es libre, que da opciones. No me diga que prefiere la suya, porque no me lo creo.

– No vamos a tener ahora una discusión ideológica, pero le aseguro que creo firmemente en nuestro sistema, Christopher… Firmemente. No soy tan tonto que no vea los defectos que tiene, la incomodidad, las dificultades de la vida en mi patria. ¡Claro que sí! Pero no lo compare usted con el suyo. Compárelo con el mío de hace sesenta años…

– Tal vez nuestra ventaja es precisamente que un hombre como yo puede ser agente de la CÍA y nunca agente de la KGB…

– Tal vez, un hombre como usted acabará loco o colocando bombas, ¿eh?

– Tal vez. ¿Usted nunca tiene dudas?

– Desde luego. -Llenó nuestras copas nuevamente -. Pero soy muy nacionalista, ¿sabe? -Dio un pequeño sorbo al licor y miró hacia el techo-. Allá tengo a mi familia, una pequeña dacha en las afueras de Leningrado. A mí me gustan las salchichas y los blinis… prefiero el vodka al vino… prefiero el canto triste y melancólico del Don… -Sacudió la cabeza-. Estoy un poco anticuado… ¿Que los campesinos engañan al Estado con sus cosechas o con la gasolina que usan en sus tractores? Desde luego. ¿Y quién no lo hace? ¿No engañaría usted al fisco norteamericano si pudiera? Cada uno con su sistema…

– Y Di… Dios en el de todos. -Me había patinado un poco la lengua. El whisky estaba haciendo efecto. Miré a Markoff de hito en hito; estaba imperturbable, como si hubiera bebido agua-. ¿Y Dennis? ¿Qué me dice de Dennis? -Me noté algo belicoso.

Suspiró.

– ¿Dennis? Dennis Keatley será profundamente infeliz en la Unión Soviética… Es el precio que se paga. -Abrió las manos-. Hábleme de navegación. Dígame lo que prefiere. ¿Un paseo al sol o un viento huracanado hinchando la génova, poniéndole en peligro, obligándole a colocar rizos en el último minuto posible para que no se le rompa el palo?

Se estaba poniendo positivamente lírico. A lo mejor era su forma de emborracharse.

– Fuerza nueve, Via… Vladimir, fu… fuerza nueve -asentí solemnemente.

– ¿Existe algo más bello que un spinnaker flotando como un balón?

– El pecho de una mujer -dije vigorosamente.

– Sí, pero el spinnaker es más grande.

Llenamos nuestros vasos y volvimos a brindar solemnemente. Se me ocurrió que, muchos años antes, había visto una película en la que un americano era invitado a beber en Moscú por cinco o seis oficiales soviéticos; cada vaso era una ocasión de brindis por un héroe de la Unión Soviética. El último brindis, antes de caer borrachos, había sido por Vladimir Ilich Popoff, descubridor de la patata. Estuve a punto de brindar por Vladimir Ilich Popoff, pero en el último instante me dio la risa y me callé.

– ¿Por qué nos peleamos, Christopher? Siempre peleando…

– ¿Por qué quiere usted matar a Gardner? Se puso serio.

– Eso es distinto. Gardner no respetó las reglas del juego.

– A veces me pregunto si eso es lo que es todo este asunto: un juego.

– ¿Por qué no? Todo es un juego, si considera usted dónde vamos a estar dentro de cincuenta años.

– Cuando éramos pequeños, en Puerto Rico, mi hermano y yo, sí que todo era un juego. No estudiábamos nada, siempre hacíamos novillos… Yo creo que sólo nos obligaron a tomarnos el colegio en serio cuando llegamos a Nueva York.

– ¿Pasaron hambre?

– Hambre, hambre en el trópico se pasa poca. Se come mucha mierda, se está infraalimentado, pero hambre… Había turistas, gente rica, qué sé yo. Una temporada, nos dio por limpiar zapatos. Mi hermano Patrick, que siempre ha sido muy habilidoso con las manos, construyó una caja de madera y yo, que era el más sinvergüenza de los dos, robé unos cepillos y unas latas de betún… Llegamos a tener un negocio bastante floreciente, pero invertíamos las ganancias en pequeños lujos, más que en comida. Alguna vez comprábamos una hamburguesa… -meneé la cabeza-. ¡Qué va! Robábamos maní y bananas en el mercado. íbamos al cine a soñar con las aventuras de Gary Cooper… ¿Y usted? ¿Pasó hambre?

– Mucha. Hambre y frío. Estuve en Leningrado durante todo el sitio de la ciudad. Novecientos días… Los alemanes estaban empeñados en arrasarla. -Sirvió whisky en las copas -. Seiscientas mil personas murieron de hambre, Christopher. ¿Sabe usted lo que comíamos? Un par de lonchas de pan candeal al día y agua. Yo tenía derecho a un poco más porque contribuía al esfuerzo de la guerra… ¿Sabe usted que mi padre se comió una vez un trozo de su cinturón, hervido en agua? -Apretó los labios-. Murió…