– No se lo puedo decir. Sí le puedo decir, en cambio, por qué le mataron.
– ¿Y quién fue?
– ¡Ah! Ése es un secreto que me guardaré. Había que intentarlo, ¿no?
– ¿Por qué lo mataron?
– Aspiner, un patriota norteamericano donde los hubiera, tenía una extraña obsesión, Christopher: quería a toda costa que las guerrillas costarricenses se enteraran de dónde están los misiles y que se apoderaran de ellos. Tuvimos que impedirlo. ¿Se imagina usted lo que pueden hacer unos cuantos jóvenes entusiastas y revolucionarios con unos cuantos misiles de cabeza atómica entre las manos? No, no. Imposible. El único modo de impedirlo era matando a Aspiner antes de que pudiera comunicar el dato a sus agentes en Costa Rica. Lo malo… -Se quedó callado.
– ¿Lo malo?
– Bueno, lo malo es que estamos bastante seguros de que tuvo tiempo de comunicarlo… Eh… quien le mató pecó de excesivo celo y no nos contó el problema hasta que, con Aspiner muerto, hubo regresado a Costa Rica. Complicado y preocupante, ¿no?
– ¿No les vendría bien que se armara un lío tremendo en Centroamérica? ¿No hubiera sido mejor para el Kremlin dejar que los guerrilleros se apoderaran de los misiles?
– ¿Y permitir una desestabilización del mundo occidental? Por Dios, no diga tonterías -contestó con irritación-. No, hombre, no. Tenemos una paz precaria, pero es una paz. No nos metemos en la zona de influencia de los Estados Unidos… Además, ¿se imagina usted un misil destruyendo Miami? ¿Cuánto tiempo tardaría Washington en destruir Leningrado?
– ¿Y Cuba?
– Hombre, algo hay que molestar, ¿no? -Sonrió-. ¿Por qué hizo Aspiner lo que hizo? ¿Actuó solo? ¿Se trata de una conspiración de mayores proporciones? Tiene usted que averiguarlo. -En su voz había de pronto un tono de urgencia-. Pero no creo que disponga de mucho tiempo. Hágalo, Christopher, y dése prisa.
– ¡Vaya historia! -le dije, y me quedé pensativo.
– Una cosa más: está usted en peligro. Tenga cuidado y muévase en la sombra, porque me parece que tiene usted muchos enemigos.
Más tarde, en el aparcamiento, antes de dirigirnos cada uno a nuestro coche respectivo, le miré, le tendí la mano y dije:
– Buenas noches, señor Markoff.
Markoff me cogió la mano entre las suyas y me dio un apretón firme y seco.
– Buenas noches, señor Rodríguez. La tregua había terminado.
CAPITULO XVI
Cuando llegué a casa, ni me molesté en encerrar el coche en el garaje. Estaba tan cansado que, sin encender las luces, subí la escalera, me desnudé y me metí en la cama. Al minuto, estaba durmiendo.
El teléfono sonaba, pero yo no quería dejar de mirar a Marta, que bailaba en el escenario y, en cada pirueta, me sonreía. Abría los labios y pronunciaba mudamente mi nombre. Chris, Chris, Chris.
– ¿Chris?
Di un gruñido.
– ¿Qué?
– Que no me preguntes si estaba durmiendo porque puedo contestar con varias blasfemias… -Bostecé largamente -. ¿Quién diablos es?
– Mazzini.
– Oye, Mazzini, ¿por qué os empeñáis todos en llamarme al alba? Caramba. -Bostecé nuevamente.
– Son las ocho y media, querido. ¿A qué hora te levantas tú normalmente?
– A las diez o las doce. ¡Yo qué sé!… ¿Qué pasa?
– Que voy a ir a Washington esta mañana.
– ¿Por? -Miré a la mesilla, buscando un cigarrillo. No había.
– Perkins da una conferencia sobre Centroamérica y quiero oírla… Has despertado mi curiosidad.
– ¿A qué hora?
– Un almuerzo en el Club de Prensa.
– ¡Hombre! Vamos juntos. Aunque nunca uso coche en Washington, si quieres, te voy a buscar al aeropuerto. ¿A qué hora llegas?
– No tengo ni idea… Aún tengo que pasar por el periódico. No importa, Chris. Nos vemos en el Club a las doce.
– Muy bien. -Colgué. Aparté las sábanas, puse los pies en el suelo y me levanté-. ¡Dennis! -grité y, luego, recordé que Dennis, esa mañana, no me iba a preparar el desayuno. Ni ésa, ni ninguna otra. Apreté los labios. Me puse la bata y bajé a la cocina a hacerme un café.
Con él en la mano, abrí la puerta de casa y recogí el Washington Post. Hacía un día espléndido y frío. Mi Volkswagen, cubierto de escarcha, seguía en la calle, lo que, considerando la afición que tienen algunos washingtonianos a la propiedad ajena, era notable. Cerré la puerta y fui al salón. Me senté al lado del teléfono. Descolgué el auricular y llamé a mi hermano.
– ¿Alguna cosa por Nueva York?
– Nada, Chris. Seguimos intentando entrar en la famosa cámara acorazada de Aspiner, pero no está resultando fácil. No sé lo que estará haciendo la Abuela con sus amigos de ASPCOMP… Ya veremos. De momento, hemos trufado el apartamento de cámaras y micrófonos… -Su voz sonaba preocupada-. Nada de esto es muy legal, Chris, y no me gusta. Entre otras cosas, porque, sin permiso del juez para entrar en el dúplex, nada de lo que descubramos va a poder ser utilizado en el juicio.
– Humm… No nos preocupemos por el juicio, Pat. Aquí no se trata de condenar a Aspiner. Se trata de averiguar qué hay detrás de todo esto. Si encontramos algo, ya vestiremos el santo. -Me dio la sensación de que esta actitud mía no estaba resultando muy constitucional. Me encogí de hombros: nada de lo que yo estaba haciendo era muy constitucional-. ¿Pat? En los próximos días, es posible que no esté muy localizable. No te preocupes. Ya te llamaré yo.
– Cuídate.
También llamé a Nina Mahler.
– ¿Qué tal con nuestro amigo?
– ¿En Annapolis?
– Sí.
– Ya te lo contaré luego. ¿Por qué no os venís Staines y tú más tarde? A las tres o así.
– Muy bien.
Sorprendentemente para ser un sábado, el comedor del Club de Prensa estaba lleno. Estas cosas no pasan más que en los Estados Unidos. Había mucha gente joven, evidentemente, universitarios.
John Mazzini me había reservado un sitio a su lado en la mesa que estaba directamente enfrente del podio desde el que iba a hablar el senador Perkins.
– Johnny, me sorprende que estés dispuesto a almorzar la bazofia que dan aquí.
– La misión divina del periodista es sagrada y pasa por delante de los placeres materiales -sentenció.
– Se te van a quitar los sacralismos en cuanto nos traigan el plato de fiambres.
Y, efectivamente, unas camareras desganadas nos pusieron delante un plato de plástico con unas lonchas de jamón y mortadela, col cruda y ensaladilla de patatas, que no eran el manjar más apetitoso que hubiera visto en mi vida. Absolutamente incomestible. Mazzini dio un gruñido y, con el tenedor de plástico, pinchó una patata y se la llevó a la boca. Puso cara de disgusto.
– El arte culinario americano tiene sus virtudes -dijo solemnemente.
Bebí un sorbo de agua, que es lo único que se sirve en estos almuerzos de trabajo.
En la mesa principal estaban sentados, además de Perkins, el presidente del Club, el tesorero (responsable directo del restaurante de la venerable institución) y algún otro distinguido miembro de la junta de gobierno. Es notorio que el tesorero tiene úlcera de estómago y que nunca prueba la comida. Dios le confunda.
El presidente del Club se levantó y presentó al senador con las frases al uso en este tipo de ocasiones.
– Brillante político, hombre del futuro, crítico de la Administración, la conciencia de Washington… -Perkins sonreía con alguna timidez.
Finalmente, se puso de pie, aceptó los aplausos de la concurrencia con una leve inclinación de cabeza, levantó la vista y nos miró a todos lentamente.
– Agradezco la presencia de tanta gente -empezó diciendo-, aunque no me sorprende porque ¿qué se puede hacer en Washington en un sábado por la mañana? Dormir, ir a tomar un brunch a Georgetown, vagabundear por las calles, jugar al tenis. Todas ellas, actividades antisociales, poco productivas y exponentes del peor egoísmo. -Hubo una carcajada general-. Hablando en serio, agradezco a todos ustedes que hayan venido. Se lo agradezco especialmente a los jóvenes, porque, en un día de descanso, la cuestión centroamericana los inquieta y los atrae lo suficiente como para sacrificar unas horas, con riesgo personal de sus estómagos. -Nuevas risas -. Centroamérica es un volcán -dijo, poniéndose serio-. Es más, todos sabemos que es un volcán, pero el Gobierno del presidente Fulton parece quererlo ignorar en aras de no sé qué intereses privilegiados de los Estados Unidos. -Dio un enérgico golpe en el atril con su dedo índice-. Los Estados Unidos son una enorme nación. El país más rico y más poderoso de la tierra. Como tal, tienen en sus manos la responsabilidad de lo que ocurre en el mundo libre. Mi tesis es que tal responsabilidad exige la defensa de la libertad y del sistema que nos hizo grandes en todo el mundo, y no, y no, su destrucción en aras de nuestra defensa. ¿Quiénes somos, qué derecho nos ha dado Dios de sacrificar al mundo que nos rodea para defender egoístamente lo que tenemos dentro de nuestras fronteras? Más bien debe ocurrir al contrario: si estamos convencidos de que nuestros valores son los mejores, lo que debemos hacer, basados en nuestra convicción de que nada prevalecerá contra nosotros, es extenderlos a donde podamos, para que otros disfruten de lo que tenemos. Mi tesis es que nada desestabilizará a los Estados Unidos y, menos que nada, lo que ocurre en unas pequeñas naciones del istmo centroamericano, porque nada nos amenaza… -Perkins nos miró fijamente a Johnny y a mí y sonrió levemente.