Perkins guardó silencio. Luego, abrió las manos.
– ¿Qué quieren que les diga? Puedo utilizar un símil que está muy gastado, pero que me parece pertinente: en Centroamérica podemos establecer la paz de los cementerios. No se alzaría ninguna voz, no habría problemas, el istmo quedaría arrasado. No quiero hablar de lo que nos costaría conseguirlo. Sólo quiero decir que la historia nos juzgaría severamente y que recaerían sobre nuestras cabezas las responsabilidades de una destrucción incontable. Los romanos fueron conocidos porque, en un momento grave del mundo, extendieron a todos los confines de la geografía conocida una civilización nueva y sensata, basada en el derecho y en el arte, en la cultura y en el bienestar. Fue lo que se conoció con el nombre de pax romana. Con toda franqueza, preferiría que los Estados Unidos promovieran una pax americana de este estilo y que no se nos recordara por haber practicado una pax americana de muerte y desolación.
Hubo una salva de aplausos. El senador volvió a alzar la mano derecha, pidiendo silencio. Cuando se restableció, Perkins continuó:
– Me sería fácil ahora hacer demagogia. Me sería fácil emplazar al presidente Fulton a que iniciara una política con visión de futuro, una nueva frontera, el restablecimiento de una generosidad que fue la virtud principal de nuestro pueblo, la que hizo de esta nación lo que hoy es. Me sería fácil decirle que le reto a que lo haga porque, si no, nuestro pueblo acabará derrotándole y eligiendo a un nuevo presidente con más imaginación y voluntad de paz. -Sonrió-. Pero no lo voy a hacer, porque es sencillo hablar desde aquí y considerablemente más difícil actuar desde detrás de la mesa del despacho oval. Si algún día lo ocupo… -Hubo un pandemónium de gritos y silbidos. Perkins esperó un momento -… Si algún día lo ocupo, le enseñaré que se puede hacer. Pero, mientras tanto, conociendo las dificultades y las limitaciones, conociendo los condicionamientos económicos y sociales, las complejidades militares e ideológicas, le pido solamente una cosa: le pido que diga a nuestros amigos centroamericanos que está dispuesto a negociar y que lo haga, que compruebe si no es más fácil una solución regional para un problema que es regional, Centroamérica para los centroamericanos, que una solución asentada en la falsa premisa de que todo es un enfrentamiento entre amigos y enemigos, entre Este y Oeste. Muchas gracias.
Una ovación estruendosa acogió sus últimas palabras. Perkins, sonriendo, se sentó y nos volvió a hacer una leve inclinación de cabeza a Johnny y a mí. Los dos aplaudíamos como locos, menos por el entusiasmo que nos había producido su discurso que por el temor a que una frialdad por nuestra parte desatara la furia del resto del auditorio.
Cuando se levantó la sesión, Johnny y yo nos acercamos a Perkins y, en medio del tumulto, pudimos decirle que le esperábamos a comer algo sensato en el restaurante 1776, en Georgetown. Sonrió, asintió y, con cara de resignación, siguió atendiendo a cuantos se agolpaban a su alrededor.
Una hora más tarde, estábamos los tres cómodamente sentados frente a suculentos platos de carne, bebiendo un excelente vino.
– Estas cosas sirven de poco -dijo Perkins -, pero, por lo menos, le refrescan a uno la memoria y le recuerdan que hay, ahí fuera, una juventud sana y vibrante. Bueno… en algo tengo que invertir mis sábados por la mañana. ¿Y qué dice la prensa?
– Poca cosa, Tom -contestó Johnny -. Dicen que somos poderosos, pero lo cierto es que, cada día que pasa, me da la impresión de que es menor nuestra fuerza para cambiar el curso de los acontecimientos…
– Os cargasteis a Nixon.
– ¡Qué va! Sacamos a la luz los trapos sucios, que hicieron que a los que de verdad mandan les fuera imposible no echarle. Es muy distinto.
– Tom -dije -, ¿le puedo hacer una pregunta?
– Huy, esos prolegómenos me dan mucho miedo. Pero… adelante.
– Hace tres o cuatro días, cuando le entrevisté, al final de nuestra charla… no sé si lo recuerda, habló usted de un Club.
Le vi ponerse en guardia. Asintió.
– ¿Qué es ese Club? Johnny me miró con sorpresa.
– Ya hablamos de eso el otro día, ¿no?
– Sí, Johnny. Pero me interesa que el senador me cuente algo más, porque sabe algo más.
– ¿Y por qué le interesa a usted que le cuente algo más sobre el Club, Chris?
– No sé, a lo mejor estoy confundido… pero, a medida que profundizo en el tema de Centroamérica, me da más la impresión de que el Club tiene algo que ver con nuestra política allá, con las cosas que ocurren… -Me mordí el labio inferior-. No sé -murmuré.
Perkins miró discretamente a su alrededor. Nuestra mesa estaba en un rincón del restaurante y las inmediatamente adyacentes estaban vacías. Bajó la voz.
– El Club, ¿eh?… No me sorprendería… Mire, Chris, le voy a contar mi teoría sólo porque Johnny Mazzini está aquí y le avala… Estas cosas no se cuentan a la ligera. No me sorprendería… -se quedó un momento pensativo, me miró y siguió hablando-… que, efectivamente, el Club tuviera algo que ver con Centroamérica. No me sorprendería nada.
– ¿Porqué?
– Vamos a ver. El Club reúne a los veintisiete hombres más ricos del país. Eso, en sí, no es particularmente grave. Igual que se reúnen los miembros de una profesión, los compañeros de una facultad, los que hacen regatas… No es malo. El problema surge cuando se tienen que poner a defender sus intereses. Toda asociación defiende sus intereses. Es normal. Sin embargo, los medios de que disponen las sociedades normales son limitados y topan con los intereses contrapuestos de otros grupos y todos se controlan entre sí. En el caso del Club, ¿qué otros intereses contrapuestos pueden llegar a limitar su actuación? Ninguno. ¿De qué medios disponen para defenderse? De todos. De absolutamente todos. Qué tentación, ¿eh? Ni siquiera necesitan aparecer en público, dar golpes de Estado, asesinar o hacer barbaridades. Conque cualquiera de los miembros del Club tome una decisión en su respectiva área de actividad, el mundo entero tiembla. Tienen el poder suficiente para subir o bajar los tipos de interés, concurrir o no a préstamos sindicados a países, aumentar o disminuir la producción de sus industrias, estimular o interrumpir la investigación tecnológica… No hacen nada ilegal.
– Pero moralmente…
– No estamos hablando de moral, Chris, estamos hablando de capitalismo. De hecho, ¿eh?, de hecho, son tan poderosos que sus intereses son los intereses de los Estados Unidos. ¿Se da usted cuenta? Supongo que, un día, hubo algo que les molestó o que les fue perjudicial. Decidieron defenderse y comprobaron lo fácil que les resultaba. De ahí a tomar decisiones que afectan al mundo entero, no hay más que un paso. Y otro, a tomar decisiones por capricho o por juego.
– Me está usted diciendo, Tom, que no hay modo de luchar contra ellos.