– Con sus mismas armas, no. ¡Claro que no! Tienen, además, la ventaja en este momento concreto de que la Casa Blanca está de su parte. La única forma de combatirlos sería políticamente. Pero ni siquiera así… Que, por una de esas increíbles cosas de nuestra democracia, resulte elegido a la presidencia del país un enemigo del Club. ¿Es posible? ¿Podría hacer algo? El tiempo lo dirá… Y aun así, me pregunto…
– ¿Y Centroamérica?
– Ahora mismo voy. La gente del Club es gente patriótica, americanos de pura cepa. Para ellos, Dios es norteamericano. Nada de lo que hay alrededor importa un pimiento. Los Estados Unidos antes que nada. Eso, en sí, tampoco es malo. -Sacudió la cabeza -. Sólo lo es cuando la preterición de los otros implica su destrucción…
– ¿Cómo dices? -interrumpió Mazzini. Se había quedado con la copa de vino a medio camino entre el mantel y la boca.
– Así es. Tal vez nosotros no podamos o no queramos entenderlo, pero así es.
Me incliné hacia adelante.
– ¿Tiene usted la certeza de que intenten hacer algo así?
– No. Claro que no. Lo que les voy a decir ahora es pura especulación, pero, bueno… -Suspiró y guardó silencio. Luego pareció decidirse. Asintió -. Esos caballeros son maltusianos. Creen que los recursos del mundo son limitados y que se están agotando. Creen que lo único que vale la pena salvar son los Estados Unidos. Y, si en el penoso proceso de salvamento, caen otros, qué se le va a hacer… Yo diría más -añadió, como si la idea no le pareciera demencial-… estarían dispuestos a acelerar la destrucción de otros, si ello asegura la supervivencia de los Estados Unidos, o incluso el simple provecho de su economía.
Johnny y yo nos habíamos quedado sin habla. Si un hombre como Perkins, que no daba la impresión de ser un fantasioso, podía imaginar cosas así, la realidad probablemente superaba a la fantasía. Nos miró y levantó las cejas, como si la expresión de nuestros semblantes le causara sorpresa.
– Pero, vamos a ver -dijo-, ¿qué es lo que tienen los países centroamericanos que nosotros queramos obtener?
– Materias primas -contesté.
– Humm -asintió-. ¿Qué más?
– Bocas hambrientas -dijo Johnny.
– Sí, señores. Exactamente: materias primas y bocas hambrientas. ¿Qué mayor interés pueden tener los Estados Unidos que conseguir materias primas baratas? ¿Qué más pueden querer que poblaciones esclavizadas y muertas de hambre? Un estómago quejoso es el mejor antídoto contra una cabeza que piensa. Por tanto, el silogismo es extremadamente fáciclass="underline" si queremos materias primas baratas, procedentes de zonas que no causen quebraderos de cabeza, destruyamos sus economías, deshagamos sus medios de comunicación, inutilicemos sus universidades y sus hospitales, descabecemos a los líderes… Estoy firmemente convencido de que el Club no quiere que el presidente Fulton negocie en Centroamérica; quiere que la invada y que la destruya. Y no estoy muy seguro de que el presidente no esté de acuerdo… Y eso no es más que el principio. Una vez dominado el istmo, se puede pasar a Colombia, esmeraldas y cocaína, Venezuela, petróleo, Brasil, minerales y madera, Argentina, cereales y carne… ¿Algo más?
– ¡Pero es la peor megalomanía posible!
– Es más que megalomanía. Es locura de camisa de fuerza, amigos míos.
– Pero, ¿no se dan cuenta de que es imposible? ¿De que el suyo es un sueño irrealizable? -preguntó Johnny.
– ¿Es tan imposible? El Club es Dios, amigos míos. -Pegó con el índice en el mantel-. Tiene el brazo largo, la memoria perenne. Los millonarios son heredados por sus hijos, que son millonarios. Disponen de todo el tiempo que necesiten. La práctica les ha demostrado que son invencibles y que, sin dar la cara, con un poco de paciencia, cada una de sus operaciones se salda con un éxito resonante. ¿Cuál es la deuda pública de Argentina? Cuarenta mil millones de dólares. ¿Cuál es la deuda pública de Venezuela, de Brasil, de México? Ahí tienen una operación del Club. El precio del café y del estaño y del azúcar ha caído en picado en los últimos años. Otra operación del Club…
– ¿Le consta?
– No. Pero casa con la fuerza del Club, con su paciencia y con su sigilo. Los miembros del Club podrán estar locos, pero no olviden ustedes que son brillantes financieros, superhombres de la industria. Con esa cantidad de poder, ¿quién no se volvería loco?
– Tom… -Me miró como si volviera de un sueño-. ¿Qué quería Aspiner de usted?
– ¡Ah, Aspiner! Malcom Aspiner. El presidente del Club. El peor de todos, el más inteligente. El que lo había conseguido todo en la vida y arriesgaba por el puro placer de arriesgar. Un esteta del peligro. Un hombre admirable en muchos sentidos… ¿Qué quería de mí? Sencillo: que dejara de dar la lata. Que me vendiera a ellos. Y es que, ¿comprenden?, no me iban a matar. Hubiera sido lo sencillo, pero no necesitan matar. Una vez se equivocaron: mataron a Kennedy y casi los pillaron. Ya no matan. Ahora quieren controlar. Y Aspiner podía permitirse el lujo de jugar a todas las bandas. Si yo hubiera querido, hubiera dispuesto de todo el dinero necesario para ser presidente. Aspiner quería tener un aliado en la Casa Blanca el día en que se fuera Fulton. -Sonrió-. Sólo que yo no me dejaba. Por eso, no creo que vaya a ser presidente de los Estados Unidos nunca…
– ¡Pero a esa gente hay que pararla! -exclamó Mazzini.
– ¿Pararla? Combatirla todavía; combatirla por decencia. Pero ¿pararla? Amigo mío -le dijo Perkins, mirándole compasivamente-, eso es imposible… ¿No ves que ellos son los Estados Unidos? Destruyelos y destruirás a los Estados Unidos.
CAPÍTULO XVII
– Pero, entonces -exclamó Nina -, si es verdad lo que me estás diciendo, este Club del demonio es mucho menos pacífico de lo que cree Perkins. Qué razón tenía.
– ¡Exactamente! No es que el Club quiera que Fulton intervenga en Centroamérica. Es que quiere que los guerrilleros descubran los misiles que hay al sur de Cartago, se apoderen de ellos y que los utilicen. Ríete tú de una intervención militar. Fulton los aniquilaría. No dejaría piedra sobre piedra. Al Club parece haberle entrado la prisa…
– Luego, Markoff tenía razón, amor: la información que te dio de que Aspiner quería que las guerrillas encontraran los misiles concuerda con la que te da Perkins de que el Club quiere controlar a base de destruir…
Staines chasqueó la lengua.
– ¡Su padre! Oye, ¿y a mí que me gusta jugar al póquer y que me dejen en paz?
– ¡Vaya con Markoff! Los rusos saben lo que está pasando. No son tontos, ¿eh?
– No… Y yo que creí que me había contado todas estas cosas por puro cariño personal… -Me rasqué el muslo. El pie me daba latidos que me subían dolorosamente pierna arriba.
– Entonces, ¿quién es el malo de esta película? -preguntó Staines -. ¿Fulton, Masters o Gardner?
Staines siempre acertaba con la pregunta correcta. Es pintoresco ese hombre. Sucio y desgarbado, con la cara afilada y huidiza de un zorro, Staines tiene una mente ágil y ordenada. Un hombrecillo indefinido, que es capaz de pasar inadvertido en un estadio vacío. Un hombrecillo… con una fuerza, una ferocidad, un potencial de violencia que rara vez he visto en asesinos profesionales. Claro que, bien mirado, Staines es un asesino profesional, el mejor de todos.
– ¿Fulton, Masters o Gardner? Y yo qué sé. Cualquiera de los tres, supongo. Ya no estamos hablando de un traidor a la patria. Hablamos de un superpatriota… lo que es peor. Cualquiera de los tres.
– Y ahora, ¿qué vamos a hacer, amor?
– Tú, poner cara de sorpresa y confusión… Staines y yo, irnos a Costa Rica. Es más urgente que paremos aquello que no que descubramos esto. Nos vamos ahora, Larry -le dije, levantándome de mi butaca-. Voy a meter cuatro cosas en una bolsa y nos vamos.
– Bueno -dijo Nina-. Tienes el coche fuera. Os llevo. Primero, a casa de Larry a recoger su cepillo de dientes. ¿Tú te lavas los dientes, amor? Y luego, al aeropuerto. ¿Dónde tienes las llaves, Chris?