Выбрать главу

– Hombre, por lo que estoy viendo, más que defectos, eso que me está usted contando es una tremenda virtud: la capacidad de supervivencia. Son ustedes pequeños y débiles y, para sobrevivir, tienen que pactar y transigir… No me parece mal, la verdad.

– Tal vez tenga usted razón, pero a los que somos más jóvenes, a la nueva generación, ese tipo de actitudes nos molesta. Quisiéramos vernos con más espinazo… Oiga -dijo mirándome fijamente-, ¿me permite una pregunta?

– Adelante.

– ¿Usted es que es así o es que tiene mala cara hoy? Pensé contestarle una impertinencia, pero me pareció que me había hecho una pregunta que consideraba perfectamente genuina, sin pizca de sentido del humor, por pura curiosidad. Debía yo de estar guapo aquella tarde.

– Lo cierto es que no mejoro mucho cuando me encuentro bien -contesté, sonriendo -, pero he tenido unos días un tanto ajetreados antes de llegar aquí y supongo que tengo la tez algo verde.

Me había costado bastante trabajo llegar a San José. Habían sido muchas horas de aeropuerto, muchos vuelos, mucho calor y mucho frío.

Hace años, planeé una vía de salida de Washigton que me resultara de absoluta garantía. Nadie la conocía entonces y nadie la conoce ahora. La ideé precisamente para el tipo de contingencia que me había hecho abandonar la capital de los Estados Unidos con la precipitación con que lo había hecho: en peligro, perseguido por enemigos desconocidos que querían desesperadamente conseguir sacarme la piel a tiras y teniendo que moverme deprisa. Para la humanidad entera, en esos momentos Christopher Rodríguez volaba por esos mundos de Dios, habiéndose volatilizado en el aeropuerto de Shannon, República de Irlanda. Costoso y cansado, pero eficaz, ¿no?

Claro que, bien pensado, lo único que había conseguido era llegar a Costa Rica en una sola pieza. No tenía la menor duda de que mi presencia acabaría siendo notada. Con mi tamaño y mi bastón, no suelo pasar inadvertido.

Nunca había estado en Costa Rica. Tres días antes había llegado a bordo de un pequeño bimotor, fletado en Panamá. Sólo me había costado setenta y dos horas localizar a Paola. No está mal para una persona que no conoce el lugar.

Cuando se llega volando, se accede al valle rozando la cresta del Irazú, el volcán sombrío y amenazante, agrisado por la lava y el polvo. Repentinamente, se abre ante los ojos del viajero, no la selva cerrada que se espera, sino el valle rico y casi llano, salpicado de montículos y rodeado por un impresionante anfiteatro de montañas. La luz es deslumbrante y los azules del cielo se componen de centenares de reflejos líquidos, cuya riqueza casi pastosa tiene el calor de una acuarela barroca y recargada. En febrero, el color dominante es el amarillo: no ha llovido aún y la sabana está reseca. Y, sin embargo, a medida que el avión va perdiendo altura y que la tierra cobra fijeza y dimensión, saltan a la vista grandes parches de vegetación tropical. El paisaje, que unas millas antes había sido ocre, tiene, aquí y allá, una densidad verdinegra, casi en sombras: es como una espesa barrera unidimensional de la que apenas si sobresalen algunas copas de árboles y el abanico familiar de alguna palmera. Cuando se está a punto de aterrizar, el cielo, repentinamente descolorido por el calor del mediodía, contrasta con una vegetación que tiene el matiz fotográfico de un claroscuro espeso y sin relieve.

A lo lejos, en una cortada que se abre y se pierde sobre la falda de una montaña, crece una vegetación rica, de plantas, de apiñados arbustos, de árboles gigantescos, unidos entre sí por hojarasca y lianas como la trama de una gruesa tela de algodón. Aquí y allá hay un grupo de casas de madera y caña cubiertas por tejados de cinc, pintados de color ladrillo mate. Más allá, entre palmeras y árboles corpulentos, se adivinan otras casas más pulcramente pintadas de blanco, con pequeños jardines delante; sólo los tejados son iguales a los de las casas más pobres y destartaladas.

Pero lo que me dejó maravillado, por todo lo que me recordaba a Puerto Rico, fue la calidad vegetal del colorido increíble y lujuriante de aquellos parches de fronda tropical. Todas las tonalidades imaginables de verde están ahí: desde el triguero y amarillento de algunos arbustos salvajes cuajados de flores hasta el casi índigo de las hojas del cocobolo; desde el tono mate de la hierba hasta los mil matices irisados y jugosos de las lianas y los cauchos. Las enormes hojas de los bananos se mecen suavemente en la brisa del mediodía, mientras que en los cafetales jaspean grises verdinegros. Cascadas de buganvillas rojas, violetas y anaranjadas se desploman por todos sitios. Un espectáculo asombroso de una naturaleza casi descompuesta a fuerza de riqueza.

Por primera vez en meses, sentí que estaba profundamente vivo y, por un instante, no quise acordame de Nina o Dennis.

Hubiera deseado con verdadera angustia tener a Marta a mi lado.

El bimotor se detuvo ante el edificio terminal del aeropuerto. Di un par de palmadas de agradecimiento en el hombro del piloto, y me contestó levantando el pulgar y deseándome suerte. La iba a necesitar. Recogí mi bolsa de cuero y me bajé del avión.

Un policía vestido de uniforme caqui me esperaba al pie de la escalerilla y me pidió que le acompañara. Con un pasaporte yanqui, en Costa Rica se tarda en entrar aproximadamente un minuto y medio. Tomé un taxi y le pedí que me llevara a un hotel céntrico, cualquiera que estuviera bien.

– Ay, don, más céntrico que el Gran Hotel Costa Rica, no lo va a encontrar.

– Pues lléveme allá.

El taxi era un viejo Toyota naranja y destartalado y tardó casi media hora en recorrer los quince kilómetros de autopista que separan al aeropuerto de la ciduad. Observaba al taxista fijamente mientras me explicaba las cosas que íbamos viendo. Me pareció que San José era una ciudad tropical, abierta y fea, como todas las de la región, pero con edificios modernos y, al menos, una ancha avenida, graciosa y llena de luz, bordeada de palmeras y pequeños chalés. Aprendí un montón de cosas inútiles durante el recorrido: que las distancias y las direcciones se dan en varas ("Mi casa, don, está a doscientas cincuenta varas ¿al norte de la pulpería La Luz", ¿qué cosa?, "Pulpería, don, una tienda de comestibles", ah), que la moneda se llama el colón, pero en realidad le dicen peso, y que mi taxista era heredero de una inmensa fortuna, dejada por un virrey del Perú a sus descendientes de la séptima generación, que resultaba ser la suya. No le hice ni caso.

Cuando desembocamos en la plaza en que se encuentra el Gran Hotel Costa Rica, me quedé boquiabierto. El hotel tiene delante un jardincillo y, a su izquierda, hay un bellísimo teatro de piedra y tejadillos de cinc.

– ¿Y eso qué es? -pregunté al taxista.

– Eso, don, es el Teatro Nacional. Lo hicieron calcadito de uno que dicen que hay en Europa y lo pagaron los cafetaleros, regalando cinco centavos por saco vendido de café. Las maderas son de aquí, ¿sabe? -añadió con orgullo-. Como hay mucha, hasta los suelos son de caoba y cocobolo… Los cristales y las lámparas y los mármoles los subieron a lomos de mulo desde Puerto Limón. -Rió.

Le faltaban todos los dientes delanteros.

– ¿De cuándo es?

– Ay, 1898… me parece. Dicen que lo estrenó don Jacinto Benavente, que vino por aquí de cómico. -No me pareció oportuno señalarle que no sabía quién era Jacinto Benavente. Yo, de teatro español, sé bastante poco.

Se detuvo ante la puerta del hotel. Le miré especulativamente durante unos segundos más y decidí que no era mi hombre: hablaba demasiado. Le pagué y le dejé una generosa propina, tanta, que el hombre se bajó a abrirme la puerta.

No tuve dificultad en conseguir una habitación grande y cómoda, con un ventanal que daba a la plazoleta. El botones que se empeñó en subirme la bolsa a la habitación era un muchacho joven, pequeñito y con aire despierto. Me abrió la puerta de la habitación y le dije: