– Espera un momento.
Me rebusqué en los bolsillos, saqué un billete de veinte dólares y se lo di. Me miró. Tenía los ojos pillos y la expresión experimentada de alguien mucho mayor.
Se quedó de pie, sin decir nada. Una persona a la que regalan veinte dólares por nada y se queda quieta y sin pronunciar palabra, es una persona más lista que un rayo, porque sabe que hay algo más.
Me di la vuelta y fui hacia la ventana.
– En todas las ciudades del mundo -dije-, y especialmente en las pequeñas, existe siempre una gente que lo sabe todo. Saben a quién ha detenido la Policía, dónde se encuentran cosas de contrabando, quién puede conseguir una pistola. Saben a quién hay que sobornar para obtener algo que es imposible de conseguir, saben por dónde llega la droga, quién la controla, saben quiénes son los espías… -El botones seguía sin decir nada. Giré la cabeza y levanté una ceja -. ¿Sabes lo que quiero decir?
– Sí, señor.
– Pues quiero hablar con él.
– Sí, señor. -Sonrió.
Tenía la tez oscura y los dientes blanquísimos.
– Te daré cien dólares más.
– Sí, señor. Que tenga una estancia feliz en Costa Rica, señor. Cerró cuidadosamente la puerta.
Me desnudé y me di una larga ducha. Luego me puse una camisa limpia y unos pantalones de gabardina y bajé a la calle.
Inmediatamente, me encontré sumergido en un mundo que conocía bien porque era el mismo de San Juan: la gente apiñada en las aceras; los vendedores ambulantes ofreciendo su mercancía a gritos, pina y coco y garrapiñadas; las mujeres, vestidas con la ropa más estrafalaria imaginable; las niñas, con minifalda recogida con un imperdible debajo del trasero para que se les marcara más el movimiento ondulante de las caderas; un par de indios tumbados en la hierba de una plaza, dormitando. Me detuve ante un puesto callejero y tomé un café recién colado. Estaba buenísimo. Deambulando lentamente, me encontré ante el mercado central. No pude resistir la tentación: entré y me asaltaron todos los olores de mi niñez; a plátano y banana, a guava y a aguacate, a papaya y a zapote. Aquí, una tienda de especias; más allá, un puesto de limas y naranjas verdes. Y en toda esa mezcla de sensaciones, agudas en un sitio, demasiado perfumadas en otro, flotaba, como un catalizador, un ambiente espeso y fuerte, húmedo y polvoriento. Salí del mercado sonriendo como un tonto.
Tardé un par de horas en volver al hotel. Entré en el bar, casi desierto a esa hora, y pedí un sandwich de jamón, "chancho", me dijo el camarero, y una Coca-Cola.
Subí a mi habitación y, a los dos minutos, sonaron discretamente unos golpecitos en la puerta. Abrí y allí estaba mi botones, sonriendo abiertamente.
– Buenas tardes, señor. Debe usted ir a la Soda Palace y sentarse…
– ¿Ahora?
Dudó.
– No. Ahora no. Mañana en la mañana, mejor. Va usted a esperar mucho… Mejor, no les muestra impaciencia, ¿no?
Me metí la mano en el bolsillo, saqué cien dólares y se los di. Sonrió nuevamente.
– Si quiere algo de mí, me llama. Soy Rene.
– OK, Rene. Si necesito algo, no dudaré ni un momento en llamarte.
– Buenas noches, señor. -Dudó un momento. Luego, preguntó-: ¿Necesita alguna cosa para esta noche?
– No, gracias. Esta noche voy a dormir.
A las ocho de la mañana del día siguiente empezó mi espera en la Soda Palace, un enorme bar que hace esquina a la avenida Segunda y la calle 6 y que mira hacia la catedral. No tiene ni puertas ni ventanas: todo está abierto a la calle y no se sabe dónde termina la acera y dónde empieza el restaurante. Al fondo, una larga barra cruza el establecimiento de parte a parte. Al principio, me miraban con sorpresa, viéndome pasar tantas horas sin moverme, sentado en una mesa de la esquina, leyendo el periódico y, luego, un libro. Pero, como pedía regularmente cosas que beber o que comer y las pagaba religiosamente, me acabaron dejando en paz.
En el día y medio que, entre unas cosas y otras, permanecí allí, pude darme cuenta de que el dueño de la Soda Palace tenía montada una organización que funcionaba como una maquinaria bien engrasada y que ingresaba dinero a espuertas. Un gran cartel rezaba: "Soda Palace, paellas, mariscos, bodas, banquetes, se sirve a domicilio. Hay churros." Abierta las veinticuatro horas del día, acudían a ella tipos muy distintos de la vida costarricense, pero separados en compartimentos estancos, de forma casi rituaclass="underline" señoras de misa y desayuno, comerciantes de café, vendedores de mercado y mercadillo, quinceañeras descaradas esperando la hora del cine o al medio novio, intelectuales de tertulia (lo que, por el respeto con que se les trataba, parecían ministros del Gobierno), trasnochadores, prostitutas a la caza de lo que saltara e insomnes irredentos. Sobre todo este guirigay continuo, presidía, como un rey alborotador y amable, un gran andaluz de pelo rizado y nariz enorme, al que la gente llamaba Antonio. Con la risa pronta y el humor vivo, se paseaba por entre las mesas dando palmas y cantando; pero, detrás de la fachada reidora y alegre, no se le escapaba un detalle, no se le iba una conversación. Estuve mirándole con admiración durante horas. Y él, a mí. Pero, evidentemente, había decidido esperar a ver lo que yo hacía, antes de abordarme. Un genio. Hasta los camareros habían sido cuidadosamente seleccionados para cada turno: viejos de marcha cansina para las señoras y los comerciantes, mestizos para los vendedores, chavales recortados e insolentes para las niñas quinceañeras, hombres de media edad para los intelectuales y los ministros y jóvenes groseros y mal encarados, de humor zafio y vivo, para los trasnochadores, las prostitutas y los insomnes.
De vez en cuando, seguro de que estaba siendo observado, me levantaba y me daba un paseo por la plaza o por una de las calles, mirando escaparates y comprando cigarrillos. Hacia las once de la noche del primer día volví al hotel, subí directamente a mi habitación y me metí en la cama.
A las nueve de la mañana siguiente, estaba puntualmente sentado frente a mi mesa en la Soda Palace. Pedí un zumo de naranja, un café y una tostada. Como siguiera a este ritmo muchos días, me iba a poner como un tonel. En la mesa de al lado, había un hombre desayunando y leyendo el periódico. Me incliné hacia él.
– Perdone, ¿me podría usted pasar el azucarero?
– Cómo no -contestó Staines -. Tome -añadió y me lo entregó.
– El café aquí es excelente.
– Buenísimo, sí, señor -me contestó, sonriendo amablemente. La herida de la mejilla estaba cicatrizando-. Han arreglado los cristales de tu casa y he puesto tus cuadros en lugar seguro…
– ¿Mucho follón?
– Mucho. -Sonrió nuevamente. Me serví azúcar.
– ¿Quién fue?
– Humm. Huele a CÍA que apesta. Tiene todas las trazas…
– Gracias -dije, devolviendo el azucarero.
– De nada -contestó y se enfrascó nuevamente en la lectura del periódico.
Al poco rato, se acercó un chico joven, un adolescente menudo y flaco. Llevaba una gran caja de madera agarrada por un poyete en forma de suela de zapato. Le había visto rondando por la Soda tres o cuatro veces.
– ¿Limpia? -preguntó a Staines, que hizo un gesto negativo con la cabeza-. ¿Limpia? -repitió, mirándome.
Asentí.
Se instaló delante de mí en cuclillas, dio un golpe con la mano en el poyete y coloqué mi pie derecho sobre él. Me limpió los zapatos amorosamente y me los dejó como un espejo. Cuando hubo terminado, me dio un pequeño empujón en el zapato izquierdo y dijo:
– Son treinta pesos.
Le pagué y, en mi mano, quedó un diminuto papel doblado en dos. Dejé que se levantara y saliera de la Soda. Luego, desdoblé el papel; escrito en mayúsculas algo infantiles ponía "Sígame."
Pagué mi desayuno, me puse de pie y salí del bar. El limpiabotas esperaba un poco más allá, andando lentamente hacia la catedral. Esperé a que cambiara el semáforo y se detuviera el chorro de automóviles y destartalados autobuses y crucé de acera.