Al instante, sonaron unos discretos golpes en la puerta. La abrí y allí estaba Rene, sonriendo anchamente.
– Sí, señor.
– Hombre, Rene, me dicen que te tengo que entregar un sobre.
– Sí, señor.
– Espera un momento. Pasa, anda.
Entró en el vestíbulo de mi habitación y cerró la puerta. Llevaba justo mil dólares en el bolsillo, pero si Lewinston había pensado que los iba a sacar en la mugrienta casa en la que había ocurrido nuestra interesante conversación, iba listo. No estoy loco. C. Rodríguez seguía siendo un buen juez de caracteres; había apostado a que ésa sería la cantidad que me costaría la gestión de mi amigo Danilo. El resto del dinero estaba guardado en la caja de seguridad del hotel.
Dándome la vuelta, entorné la puerta del pequeño vestíbulo de mi habitación, dejando a Rene de pie en el reducido espacio. Fui hacia la mesa que había frente a la ventana, abrí un cajón y saqué un sobre. Me metí la mano en el bolsillo, extraje los mil dólares y los introduje en el sobre. Lo cerré y volví hacia donde estaba Rene.
– Toma -dije, abriendo la puerta semicerrada.
– Sí, señor… ¿Qué tal le fue?
– Bien, hombre. Creo que he conseguido lo que quería. Gracias, Rene.
– Para servirle. Con mucho gusto… ¿Señor?
– ¿Qué hay?
– Este… Ándese con cuidado, señor. Esta gente no es muy buena.
– Me andaré con cuidado.
Sonrió, abrió la puerta del pasillo, salió al vestíbulo y la cerró cuidadosamente.
El teléfono empezó a sonar. Me tumbé en la cama y descolgué el auricular.
– Sí.
– Su llamado a Nueva York, señor…
Hubo una serie de clics y, luego, ruido de estática y alguna conversación cruzada en la lejanía.
– Aló?
– Homicidios.
– Aló? ¿Me podría poner con el teniente Rodríguez, por favor?
– Momento.
– Rodríguez. -La misma voz seca y competente de siempre.
– ¿Pat?
– ¡Chris! ¡Pero, hombre de Dios, hombre! ¡Me has tenido sobre ascuas! ¿Qué te ha pasado? ¿Dónde carajo estás?
– Lejos. No te preocupes, hombre… Estoy bien.
– ¿Bien? Tienes a Tina llorando desde hace días y a mí con…
– Ni lo pienses, Pat. Ya te dije que no…
– Ya sé, ya sé. Pero, caramba, escoges unos métodos para desaparecer que ni Houdini. Aquí hay un follón armado que bueno… ¿Estás bien?
– Sí -repetí, pacientemente-. No te preocupes por mí. Tengo más vidas que un gato. -Lo cierto era que se me estaban empezando a agotar-. Cuéntame de allá.
– Diana. ¿Me oyes? Diana. -Aunque le sabía encerrado en su despacho, oí que bajaba un poco la voz-: ¿Has oído hablar de Nick Lattimer?
– Claro, Lattimer and Lattimer. ¿Quién no? El primer banco de depósito del mundo… ¿Y qué?
– La Abuela es un genio. Tenemos registrado a Lattimer en vídeo, de frente, de perfil, de cerca, de lejos, de pie y sentado. Tenemos su voz y tenemos la clave para abrir la cámara acorazada del dúplex. ¿Me entiendes? El dúplex…
– Te entiendo muy bien… ¿Y qué más? -pregunté excitadamente.
– Bueno, pues fue antes de ayer. MacDougall le abrió la puerta, y Lattimer entró, hizo todas las operaciones necesarias y, ¿sabes lo que se corrió como si fuera el sésamo? -Río.
– No. ¿Qué?
– ¡La chimenea! Con fuego y todo. ¡Qué bárbaros! -exclamó con entusiasmo-. Desde la pared del comedor, tenemos filmado el hueco por el que se entra a la cámara acorazada y, al fondo, se ve una consola de esas de computador, ¿sabes? Lattimer estuvo un rato sentado frente a ella, leyendo unas cosas y luego se marchó.
– Vaya con el Club, ¿eh? Vaya con el Club. Lattimer. Otro pilar de la comunidad.
– Sí, señor. ¿Qué hacemos ahora? Porque yo no le puedo detener y si le pido por favor que me abra la puerta…
– ¡Ni se te ocurra! No hagas absolutamente nada hasta que yo vuelva, ¿entendido? Ten cuidado, Pat, que estos tíos son peores que la mafia.
– No te preocupes, hombre. No haré nada más hasta que vuelvas. Oye… -Dudó un poco-… Esto… siento lo de Nina, ¿sabes?
– Ya… Hasta pronto. ¡Oye! Espera, no cuelgues. ¿Tienes a mano la lista de pasajeros que volaron a Costa Rica la noche en que mataron a Aspiner?
– Claro.
– Por favor, mándamela al Gran Hotel Costa Rica por télex. -Al diablo con las precauciones -. Es urgente. ¡Ah!, y llama a Johnny Mazzini y dile que te he llamado y que estoy bien… Dale un beso a Tina, ¿eh?
– Ciao… Cuídate, ¿eh? -Colgó.
Me dolía el pie y, sorprendentemente, la herida casi cicatrizada del cuero cabelludo me latía sin cesar. Debía ser el cansancio. Tenía hambre. Llamé al servicio de habitaciones y pedí que me trajeran un Club sandwich y un vodka con tónica.
Tres minutos después, llamaron a la puerta. "Caray -pensé -, qué rapidez."
Abrí la puerta. En el pasillo no había un camarero con una bandeja. Había dos policías de uniforme.
– ¿Señor Christopher Rodríguez?
– Sí, soy yo. ¿Qué desean?
– Nos gustaría que nos acompañara a la Dirección Nacional de Seguridad, por favor.
– ¿Por qué?
– Una mera formalidad, señor.
Pese a mi decisión de no hacerlo, había infravalorado a mi buen amigo Danilo Lewinston, modelo de cristianos. Mal hecho. Rodríguez.
– Del aeropuerto nos dicen que ingresó usted al país en condiciones… irregulares.
– ¿Irregulares? ¡Pero si mi pasaporte fue visado por la policía!
– Sí, señor -dijo pacientemente el oficial que había estado hablando, un caballero de enorme bigote, que lucía en la bocamanga las dos estrellas de teniente. Llevaba el pantalón bajo, descansando en las caderas, y en su estómago no había un átomo de grasa. Un tipo sólido-. Precisamente es lo que queremos aclarar. Si usted hace el favor de acompañarnos… -El tono levemente más seco.
Las autoridades de Policía, cuando no son hermanos míos, me producen erisipela.
– Muy bien. Un momento… Voy a recoger mi pasaporte. En el ascensor, Rene el botones miraba impasiblemente al frente. Sólo cuando llegamos a la planta baja, volvió la cabeza hacia mí e hizo un rápido gesto de complicidad para tranquilizarme.
La Dirección Nacional de Seguridad es el pomposo nombre dado a un pequeño chalé que hay a las afueras de San José, en uno de los extremos de lo que llaman la Sabana. La Sabana es un gran parque colocado, como la panza de una gota de agua, en el confín oeste de la capital. Lo rodean grandes avenidas bordeadas de casas elegantes y blancas. Todo muy apacible y alegre. Todo, menos el chalé de la Dirección Nacional de Seguridad, que es como la oficina de la policía secreta de cualquier país tercermundista: siniestra, sucia y destartalada. El vestíbulo de entrada es una habitación rectangular, con baldosa verdinegra en el suelo y pintura verde, desconchada y sucia, en las paredes. Unos bancos extremadamente incómodos, doy fe de ello, adosados a las paredes, sirven de lugar de paciente espera.
Entraban y salían montones de personas, unas de uniforme y otras de paisano, que se movían, atravesando el vestíbulo, con la indiferencia típica del policía hacia los desechos humanos sentados en los bancos. Un guardia de uniforme, desganadamente apoyado contra la puerta de entrada, vigilaba sin vigilar, fumando cigarrillos que pedía prestados a los compañeros que le pasaban por delante. Una enorme pistola le pendía del cinto.
Durante una hora, nadie me dirigió la palabra. Compartía el banco con dos hombres de media edad, ambos pobres y mal vestidos. Olían poderosamente a sudor. Uno, el más cercano a mí, tenía el aire asustado y nervioso del inocente; fumaba sin cesar y retorcía entre sus manos un viejo sombrero de paja. De vez en cuando, suspiraba profundamente. El otro, sentado en el extremo, ponía una cara de suficiencia paciente y casi ofendida en su inocencia; un semblante que delata indefectiblemente al culpable.