– ¿Ha oído usted hablar del comandante Ernesto?
– No. ¿Quién es?
– El comandante Ernesto es el jefe de las guerrillas en Costa Rica. Lleva un año organizándolas. Un verdadero genio. Hace un año tomó a un grupo de estudiantes y de campesinos medio chiflados, de ideología incierta e insegura y, desde entonces, los ha organizado, les ha enseñado a combatir, a sacrificarse.
– ¿Cuántos son?
– Unos noventa, pero cada día se suman más… Por ahora, no los utiliza más que en acciones de frontera, en el norte, cerca de Nicaragua… Asaltos a la gente de ARDE… cosas así. Pronto empezarán aquí y creo que intentarán estrenarse con un golpe espectacular…
– ¿Como capturar los misiles norteamericanos?
Hizo una afirmación con la cabeza.
– Como capturar los misiles norteamericanos… y -sonrió-hacerle chantaje a los Estados Unidos.
– ¿Qué? ¡Santo cielo! Ese hombre está loco. ¿No se da cuenta de lo que puede ocurrir en cuanto se enteren en Washington de que tiene los misiles?
Ladeó la cabeza e hizo una mueca mitad de resignación y mitad de indiferencia. Se levantó sin esfuerzo aparente y se dirigió hacia una puerta, detrás de la cual vi que estaba la cocina. Me incliné hacia adelante para seguirla con la mirada; igual que me ocurría con Marta, me fascinaba la parte baja de su espalda, arqueada y perfecta, con los músculos tensándose suavemente debajo de la piel y dos hoyuelos, perfectamente visibles por encima de la parte baja del bikini. Abrió la nevera y el reflejo de la luz le dio en el estómago.
– ¿Quiere comer algo?
– No, gracias.
Sacó dos rajas de melón y volvió hacia el salón con una en cada mano. Se sentó y dio un gran bocado a la que llevaba en la derecha.
– ¿No sabe el comandante Ernesto que Washington le pulverizará en dos minutos?
– No creo que le importe demasiado la probabilidad de que eso ocurra. -Sonrió -. Todo sea por la revolución. -Se limpió la boca con el dorso de la mano.
– Y usted, ¿qué piensa?
Se puso inmediatamente en guardia.
– ¿Qué quiere decir?
– Quiero decir que qué opina de todo esto, que cuál es su ideología.
– Bueno… Ya lo sabe usted. Yo soy -se enderezó algo solemnemente-comunista.
Como suele ocurrir, me pareció una declaración algo tonta.
– Entonces, las locuras del comandante Ernesto le vienen bien, ¿no? Ustedes, los comunistas, quieren la revolución y, con este hombre, van a tener ración doble.
– No diga tonterías… Queremos la revolución para corregir injusticias y para mejorar las condiciones de vida del pueblo, no para que vengan los gringos y nos arrasen el país. No diga tonterías -repitió severamente.
Vaya. No contesté. Saqué un cigarrillo, me lo puse en la boca y lo encendí.
– ¿Me da uno?
– Uy, perdón. No sabía que fumara. -Le ofrecí un cigarrillo y se lo encendí.
Paola cerró los ojos y exhaló una gran nube de humo por la nariz.
– Mmm… Está buenísimo. Dejé de fumar hace tres meses. Pero no podía más. Viéndole, además, encendiendo uno detrás de otro… no puede una resistir la tentación.
– ¿Le conoce usted bien?
– ¿A quién?
– Al comandante Ernesto.
Me miró seriamente y apretó los labios.
– Sí.
No dije nada. Esperó un momento y, luego, añadió con total frialdad:
– Es mi amante.
– Caray. -Di un largo silbido. Se encogió de hombros.
– De alguna manera había que controlarle y averiguar sus intenciones y sus planes.
– Me parece que es como echar perlas a los cerdos… dicho sea con absoluto respeto hacia el comandante, que es probablemente un Adonis.
– No. No lo es, no. -Sonrió-. De todas formas, gracias por el cumplido. -Dejó caer la ceniza del cigarrillo sobre el suelo; levantó la mirada y, sin afectación alguna, añadió-: Durante toda mi vida adulta, he sido una mujer terriblemente… Me gusta mi cuerpo… me encanta disfrutar con él.
Confieso que, al viejo machista Rodríguez, declaraciones así le escandalizan bastante.
– … La parte más difícil de mi trabajo es sacrificar mi cuerpo cuando no quiero ni me apetece… -Sacudió la cabeza-. No, la verdad es que no es cierto… Creo que es más difícil engañar a alguien, mentirle, por mucho que la mentira sea por una buena causa. -Se quedó pensativa por un momento -. El comandante Ernesto -dijo, por fin-es un hombre inteligente y un absoluto fanático… Verdaderamente peligroso. A veces, me da miedo.
– Por lo que deduzco, a usted no le gusta demasiado, ¿eh? No es, ¿cómo diría yo?, la persona con quien se iría a París a tener una romántica aventura.
– No. La verdad es que no. -Sonrió.
– Pues, entonces, o es muy tonto o es un fatuo. Porque de esas cosas, de que la mujer con que se está le aborrece a uno, se da uno cuenta en seguida, creo yo.
– No es tonto. Tal vez, un poco fatuo.
– Usted ha debido pararle hace tiempo -dije con cierta frialdad -. Usted sabe bien que ese hombre es un peligro público para todos… especialmente para la causa que usted defiende. -Bajó los ojos-. ¿Por qué no le ha matado? -Vaya cosas pregunto.
Dudó antes de contestar.
– Bueno… En primer lugar, no es fácil sorprenderle. Siempre está alerta. Yo creo que duerme con un ojo siempre abierto. Y, después, bueno… la verdad es que no nos viene mal su capacidad de organización y… y… el dinero y la ayuda que recibe.
¿Qué pensaba esta mujer del comandante? Yo creo que le fascinaba.
– ¿De quién?
– Gadafi.
– ¡Vaya, hombre! Ya me parecía a mí… -Hice una mueca de irritación y me rasqué la cabeza-. Paola, creo que están ustedes jugando con fuego. Y el que juega con fuego, acaba quemándose.
– Hay que aceptar los riesgos.
– Humm. Cuénteme lo que pasó. ¿Por qué fue usted a Nueva York a matar a Aspiner?
Se removió en su asiento.
– Descubrí un mensaje de Aspiner al comandante Ernesto…
– ¿Qué?
– Sí.
– ¿Me está usted diciendo que el agente de Aspiner aquí es el comandante Ernesto?
– Sí. Parece increíble, ¿verdad?
– El mundo se ha vuelto loco. El capitalista colaborando con el guerrillero… Todos locos.
– Bueno, cada cual atiende a sus intereses. Era una alianza temporal y puramente estratégica. -Sonrió.
– Pues esto acaba como el rosario de la aurora… y nosotros, de paso. Bien, santo cielo, bien… pues descubrió usted un mensaje de Aspiner a nuestro amigo el comandante. ¿Y?
– Le decía que estaba a punto de descubrir el emplazamiento exacto de los misiles…
– ¿Cómo es eso? -interrumpí -. O tenía el emplazamiento o no sabía siquiera que existían los misiles. Si tenía capacidad de acceder al computador de la CÍA, podía encontrar el dato inmediatamente.
– Por lo que deduzco, alguien le debió hablar de los misiles sin darle mayores precisiones y Aspiner decidió, entonces, buscarlas en el computador. No es fácil rebuscar en esa memoria; hay que saber lo que se busca… El caso es que, esa misma noche, el comandante me contó lo que pensaba hacer y…
– Pero, perdone que le interrumpa, ¿no sabía cuáles eran las intenciones de Aspiner?
– Oh, sí. Le daba mucha risa. Siempre dice que les va a enseñar a jugar al juego de la guerra. Sabe bien que el Club quiere provocar la revolución para que intervengan los Estados Unidos. Ya le digo que está loco. Pero no es un imbécil. No quiere disparar los misiles. Sólo quiere que apunten a los Estados Unidos y hacerles un chantaje. Sólo si interviene Washington, disparará. Siempre se ríe y dice que algún misil dará en el blanco.
– ¿No sabe que ninguno tiene una sola oportunidad de dar en el blanco? ¿Que el sistema estratégico de la defensa antibalística, el radar y esas cosas, los destrozará antes de que lleguen a territorio norteamericano?