También le devolví el guardaespaldas a Benicio. Cuando protestó, le argumenté que estando Griffin de baja por luto, Benicio necesitaba uno de sus guardias regulares y la investigación sería menos llamativa sin la sombra de un semidemonio.
Benicio se fue a la una. Lucas no había llamado todavía por el asunto del nigromante. Mientras esperaba, leí los archivos, dejé el móvil sobre el escritorio, verifiqué dos veces si había mensajes y una vez ajusté el volumen de llamadas. ¿Esperando ansiosa la llamada de Lucas? ¡Qué va!
Cuando finalmente sonó el teléfono, verifiqué la identidad de quien llamaba y respondí:
– ¿Has encontrado a alguien?
– Mis disculpas por haber tardado tanto. Dos de mis contactos tardaron en llamarme, y después tuve que esperar a que el tribunal entrara en receso.
– ¿Pero has encontrado a alguien?
– Una conjunción de circunstancias. Una nigromante de primera clase que justo está en Miami esta semana en viaje de negocios. -Su voz sonaba extrañamente tensa, como si se estuviese esforzando por parecer contento. Debía de tratarse de la conexión.
– Perfecto -respondí-. ¿Cuándo puede reunirse conmigo? ¿Has dicho que es una mujer?
– Esta noche, temprano. Hemos tenido mucha suerte. La otra persona disponible no podía hasta el lunes, de modo que ha sido realmente un golpe de suerte.
¿Estaba tratando de convencerme? ¿O de convencerse a sí mismo quizá?
– Muy bien, dime entonces…
– Un momento. -Unas palabras veladas dirigidas a alguna otra persona-. Parece que el receso ha terminado antes de lo que esperaba. ¿Tienes con qué escribir? -Me dio la dirección y cómo llegar allí.
– Bueno, está todo dispuesto. Alguien se encontrará contigo en ese lugar. Te esperan entre las seis y media y las siete. Es una zona de la ciudad relativamente buena, pero te aconsejaría que le pidas al taxista que espere hasta que hayas entrado. Ve a la puerta trasera, llama y di tu nombre.
– Hablando de nombres, ¿cuál es el de esta nigro…
– Me están reclamando. Tengo que irme, pero te llamaré esta noche. Ah, y, ¿Paige?
¿Sí?
– Confía en mí en este tema. Por extraño que te parezca todo, por favor, confía en mí.
Y dicho esto, cortó.
El Teatro Meridiano tiene el honor de presentar…
– ¿Es aquí? -preguntó el conductor.
Me incliné hacia delante y leí el letrero: aparcamiento para empleados y huéspedes del meridiano. los vehículos no autorizados serán retirados bajo la responsabilidad y a costa de los propietarios. ¿Era yo una huésped del Meridiano? ¿Qué era el Meridiano? Condenado Lucas. Le había dejado un mensaje en su móvil pidiéndole que volviera a llamarme para darme más información, pero obviamente la sesión del tribunal marchaba con retraso.
Las indicaciones que él me había proporcionado habían llevado al taxi por un complicado recorrido a través de un área industrial cuando, según mi nuevo plano de Miami, yo podría haber accedido a la misma calle tomando una salida a partir de una autopista. Por supuesto, el conductor no había sugerido un camino más corto, aunque yo lo había pillado sonriendo al mirar el contador una o dos veces.
La dirección que Lucas me había dado era precisamente allí. En aquel aparcamiento. ¿Qué era lo que había dicho, exactamente? Que había una puerta trasera. A mi izquierda había un muro dotado de varias salidas de ventilación y ventanas enrejadas, más dos entradas: una para carga y descarga, y otra con un juego de puertas dobles metálicas pintadas de gris.
Le pedí al conductor que esperara, salí y me encaminé hacia las puertas. Eran ciertamente sólidas, sin picaportes ni cerraduras. Junto a ellas había un timbre con el cartel de ENTREGAS. Comprobé de nuevo la dirección y llamé.
Treinta segundos después, la puerta se abrió, dejando salir una ráfaga de voces que gritaban, música de rock y herramientas eléctricas. Una mujer joven parpadeó ante la luz del sol. Llevaba gafas de catafaro, pantalones de cuero rojo y un distintivo con una obscenidad en el espacio correspondiente al nombre.
– ¡Hola! Soy… -Levanté la voz-. Soy Paige Winterbourne. Tengo una cita con…
La mujer pegó un silbido por encima del hombro.
– ¡J. D.! -Volvió a mirarme-. Bueno, pasa, chica, que se nos va el aire acondicionado.
Pedí disculpas mientras pagaba al taxista, y me apresuré a volver al edificio. En el momento en que entraba, comenzó una nueva canción, a un volumen increíble. Al primer alarido, parpadeé.
– ¿No es horrible? -dijo la joven, cerrando la puerta tras de mí-. Es la canción con la que Jaime hace entrar en calor a su público. My Way.
– Dime que no es Frank Sinatra.
– No, algún británico que ya murió.
– Grabado como si estuviese sufriendo una muerte larga y dolorosa.
La mujer se rió.
– Tienes razón, muchacha.
Apareció un hombre de unos cuarenta años, delgado, un tanto calvo, que llevaba una tablilla sujetapapeles y que parecía extenuado.
– Ah, gracias a Dios. Pensé que no lo lograría.
Me agarró por el codo, me introdujo en la habitación y me llevó a través de una multitud de hombres que llevaban taladros y que trabajaban en lo que parecía un andamio.
– Usted es Paige, ¿verdad? -preguntó mientras me arrastraba a toda velocidad.
– Así es.
– J. D. Soy el gerente de producción de Jaime. No ha entrado por la puerta principal, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
– Gracias a Dios. Aquello parece un zoológico. Desde la semana pasada no nos queda ni una sola entrada por vender, pero algún retrasado mental de la WKLT ha estado anunciando todo el día que aún nos quedan asientos disponibles, y ahora tenemos una cola, que va de aquí a Cuba, de gente muy enojada.
Una mujer de pelo rosado apareció desde detrás de un telón de terciopelo.
– J. D., hay un problema con los niveles de sonido. Aquí la acústica es una mierda, y…
– Tú haz lo que puedas, Kat. Después lo hablaremos con el agente que reservó el teatro.
Me empujó por delante de la mujer, y después pasando el telón. Nos encontramos en un escenario lateral, frente a un auditorio que iba llenándose rápidamente. Me detuve para respirar, pero J. D. tiró de mí otra vez, cruzando el escenario hasta el lado opuesto.
– Qué clase de… -empecé a decir.
– No me lo puedo creer -dijo-. ¡Maldita sea! No me lo puedo creer. ¡Tara! ¡Tara!
Una mujer subió corriendo las escaleras. Podría haber sido la melliza de J. D., con una tablilla idéntica, igualmente delgada, y si no estaba perdiendo el pelo, parecía estar a punto de arrancárselo.
– La primera fila -dijo J. D.-. El segundo asiento a la derecha del pasillo. ¿No está reservado para los invitados de Jaime?
Tara consultó su tablilla.
– Para una tal señorita Winterbourne, Paige Winterbourne.
– Esta es la señorita Winterbourne -dijo J. D., agitando un dedo ante mis ojos. Luego, con el mismo dedo apuntó a la rubia platino de sesenta años que estaba sentada en el asiento número dos-. Esa no es la señorita Winterbourne.
– Voy a buscar a alguien de seguridad.
Tara desapareció por detrás del telón. J. D. observó el teatro, que ahora estaba lleno casi en sus tres cuartas partes, mientras un flujo constante seguía entrando en su interior.