– Supondría más poder para ti. A mí me tentaría. Diablos, he estado tentada. ¿Conoces a Carlos?
– ¿A Carlos Cortez? No.
– Es el más joven. Bueno, quiero decir el más joven de los legi…, estooo…, de los hijos de Delores. Carlos es la perlita de la carnada. Ha salido a su madre, que es encantadora… y mala como un perro rabioso. Carlos ha heredado también los genes de la maldad, pero parece no haber recibido nada del cerebro de Benicio, de modo que no es muy peligroso. Sea como fuere, hace un par de años lo conocí en un club, y mostró un interés muy claro. Hubo momentos en que me sentí tentada. Quiero decir que aquí hay un tipo con dinero y poder envuelto en una caja de regalo casi perfecta. ¿Qué más podría querer una muchacha? Bueno, tal vez alguien que no se haya ganado una reputación como experto en desagradables juegos de alcoba, pero todo el mundo tienen su lado negativo, ¿no es cierto? Con toda sinceridad, eso es lo que pensé. Ahí estaba, de pie y mirando a aquel tipo mientras pensaba: «¡Hummm…!, a lo mejor puedo cambiarlo».
– Probablemente no.
– De ninguna manera, ¿eh? Yo nunca aprendo, pero esa lección me la sé de memoria. Tómalo o déjalo, porque no vas a cambiarlo. Pero a pesar de todo, nunca dejé de pensar en Carlos. Poder y dinero: si Calvin Klein pudiera embotellar esa fragancia, haría una fortuna. -Me dedicó una sonrisa-. Si lo piensas, podríamos haber sido cuñadas. Seguro que habríamos animado las reuniones familiares.
Abrí una puerta señalada con un pequeño número 3.
– Es muy probable que ya sean suficientemente animadas.
Jaime se rió.
– Seguro que sí. ¿Te imaginas…?
Se interrumpió en el momento en que entramos a la habitación. Era el doble de grande que el dormitorio de mi apartamento. Un diván de cuero y dos sillones reclinables a juego estaban agrupados en torno a una mesa de centro cerca de la puerta. Más allá había una cama de matrimonio extra grande. En medio de ella yacía una niña de largos cabellos rubios, con un edredón con estampado de girasoles que le cubría hasta el pecho. Tenía los ojos cerrados y vendajes alrededor del cuello. En uno de los costados de la cama había máquinas que emitían sonidos discretos, como para no despertarla.
Se me encogió el corazón. ¿Cómo podía alguien…? ¿Cómo podía la madre…? ¡Maldición! ¿Por qué, por qué, por qué? Cerré los ojos, tragué saliva, me acerqué a la cama de Dana y le tomé la mano.
– ¡Maldita sea! -susurró Jaime-. Es una criatura.
– Quin… -Se me secó la garganta. Lo intenté de nuevo-. Tiene quince años, pero parece más pequeña.
– ¿Quince? ¡Dios santo! Cuando Lucas dijo que se trataba de una «muchacha», pensé que se refería a una mujer, pero tendría que haberlo sabido: cuando él dice «muchacha», quiere decir «muchacha».
– ¿La edad supone un problema?
Jaime respiró hondo, con la mirada fija en Dana.
– Más difícil, sí, no para comunicarse. Me refiero a… -se tocó la frente con una de sus cuidadas uñas- aquí arriba. ¿Qué dicen los médicos?
– Está estable. Sobre si recuperará la consciencia, no lo saben.
– Bueno, eso tal vez podamos descubrirlo esta noche. Si ha pasado al otro lado, lo sabré.
Jaime cobró fuerzas, se acercó a la cama y se aferró a la baranda, miró fijamente a Dana, movió la cabeza de un lado a otro, abrió su enorme cartera y sacó algo que tenía el aspecto de una bolsa de maquillaje gigante.
– Te llamaré cuando esté lista -dijo, sin levantar los ojos.
– Tengo mucha experiencia en esto -le contesté-. Bueno, no mucha exactamente, pero sí bastante. He ayudado en un buen número de contactos. Vamos, pásame el incensario y las hierbas y yo lo prepararé mientras tú…
– No.
La palabra fue dicha de un modo que me sobresaltó. Jaime aferró su bolso de herramientas y lo acercó a su cuerpo, como si yo pudiera quitárselo de las manos.
– Preferiría que esperaras en el vestíbulo -dijo.
– Ah, bueno, de acuerdo. Llámame cuando te parezca.
Fui hasta la puerta y volví la vista atrás. Vi que ella continuaba sosteniendo el bolso, todavía cerrado, esperando. Empujé la puerta y salí al vestíbulo.
Bueno, me dije que los nigromantes eran unos bichos raros. Jaime parecía estar muy lejos del típico nigromante de mirada ausente, pero no dejaba de ser curioso que una mujer que se desnudaba ante un extraño pusiera reparos a que esa misma persona presenciara una de sus ceremonias de contacto con el más allá. No es que me importara quedar relegada. Yo no ignoraba lo que había en aquella bolsa de maquillaje Gucci, y no era lápiz de labios de marca.
Para llamar a los muertos se necesitan artefactos de muerte. En ese equipo habría de todo, desde polvo de sepulcros a trozos de ropas mohosas extraídas de tumbas y a, bueno, cosas muertas…, o, por lo menos, pedazos de cosas muertas susceptibles de ser transportadas por alguien. Las herramientas normales de un nigromante. Me sentía feliz de ser una bruja que lanzaba sus hechizos rodeada de hierbas aromáticas, hermosas gemas y cálices antiguos de filigrana.
Alrededor de diez minutos después, Jaime me llamó. Cuando entré estaba sentada junto a la cama, sosteniendo la mano de Dana. La mayoría de los nigromantes dejan a la vista sus herramientas durante la ceremonia, pero el bolso de maquillaje de Jaime había desaparecido juntamente con su contenido. Solamente quedaba el incensario, quemando verbena, que los nigromantes usan cuando toman contacto con almas traumatizadas, tales como víctimas de asesinatos o las almas de aquellos que no se han dado cuenta de que son espíritus.
– ¿No ha funcionado? -pregunté.
La voz de Jaime había descendido hasta convertirse en un susurro forzado y ella estaba pálida.
– Está aquí. No he… -Su voz se hizo más fuerte-. No he establecido contacto todavía. Creo que será más fácil para ella si utilizo una canalización. ¿Sabes cómo funciona?
Afirmé con la cabeza.
– Dejarás que Dana hable a través de ti.
– Efectivamente.
– Así que yo le haré las preguntas y…
– No, no -respondió Jaime-. Bueno, sí, tú harás las preguntas, pero yo se las transmitiré a ella y dejaré que hable a través de mí. No se apoderará de mi cuerpo. Eso sería una canalización total, y si algún nigromante te lo sugiere alguna vez, búscate otro. Ningún nigromante en su sano juicio se entrega completamente a un espíritu.
– Entiendo.
– La primera parte la haré yo sola. Así es más fácil. Estableceré contacto y… explicaré algunas cosas. -Tragó saliva-. Le diré lo que ha ocurrido, dónde está. Puede saberlo, pero… con los chicos… puede haber cierta resistencia a la verdad.
Maldición, yo no había pensado en eso. No sólo estábamos pidiéndole a Jaime que se pusiese en contacto con Dana. Estábamos pidiéndole que le dijese a la chica que yacía en una cama de hospital en estado de coma.
– Disculpa. Si no quieres hacerlo, comprendo perfectamente…
– Estoy bien. Se dará cuenta tarde o temprano, ¿no? Ahora bien, casi con certeza no va a recordarlo punto por punto.
– Amnesia traumática -afirmé yo-. Lucas me ha hablado de ello.
– Bien. Ahora haré contacto. Puede llevar un rato.
Pasaron veinte largos minutos. Durante ese tiempo, Jaime se mantuvo rígidamente sentada, con los ojos cerrados y la mano aferrada a la de Dana, de modo que sólo un ocasional temblor de la mejilla indicaba que estaba ocurriendo algo.
– Muy bien -dijo Jaime finalmente, con voz alegre-. Hay alguien aquí que va a ayudarnos a pescar al tipo que te hizo esto, ¿me entiendes, nena?
– Bueno. -La respuesta sonó una octava más alta que la voz de Jaime.
– Se llama Paige y es una bruja, igual que tú. ¿Sabes lo que es un aquelarre?