– Veo que has estado practicando -dije yo.
Adam sonrió y se limpió las cenizas de la mano. Luego asió el picaporte de la puerta.
– Aguarda -dije.
Lancé un hechizo abrepuertas. Adam la empujó. Esperamos un momento, pero no sonó ninguna alarma. Lucas terminó de colocar nuevamente los cables en los lugares indicados, y luego nos hizo un gesto para que entráramos.
Pronto entendimos por qué Weber había puesto un sistema de seguridad en una casa de campo alquilada. Todo el dinero que había ahorrado con el alquiler, lo había invertido en electrónica, con múltiples ordenadores, una televisión de plasma y un sistema de alta fidelidad que no me cabía duda que haría temblar a los vecinos, aunque se hallaran a dos kilómetros de distancia.
Mientras Adam y Lucas comenzaban su búsqueda, yo me dirigí al área en que era experta: el ordenador. Pronto descubrí que Weber aplicaba a su disco duro los mismos niveles de seguridad que utilizaba para su casa. A pesar de que era la única persona que vivía allí, tenía el ordenador protegido por una contraseña. Me llevó casi treinta minutos descifrarla, sólo para encontrarme con que todos sus datos -incluso su email- estaban cifrados. A toda velocidad volqué los archivos en un CD para trabajar en ellos después.
Dado que Lucas y Adam seguían con su registro, volví al ordenador de Weber para buscar una determinada información: un número de tarjeta de crédito. Tras ver cuan cuidadoso era Weber con sus archivos, supuse que esa búsqueda sería inútil. Bueno, me equivocaba. Tras cinco minutos de indagación, me encontré con una recompensa inesperada: un número de tarjeta de crédito no cifrado. Posteriormente podría entrar en el sistema de la compañía de la tarjeta de crédito y buscar en sus registros, con la esperanza de que, si Weber era nuestro asesino, hubiera usado su tarjeta para viajar.
Tras otra media hora, decidimos que la casa había sido totalmente registrada. Lucas y Adam no habían encontrado nada. Sólo nos cabía esperar que descifrar los archivos de Weber y verificar los registros de su tarjeta de crédito nos resultara más provechoso.
Nos retiramos a Santa Cruz, donde vivía Adam con sus padres. Yo estaba ansiosa por inspeccionar los registros de la tarjeta de crédito de Weber, pero la madre de Adam, Talia, insistió en que cenáramos primero, y dado que desde el desayuno yo había estado sometida a un gran desgaste mental sin probar bocado, tuve que reconocer que mi cerebro necesitaba alimento antes de empeñarme en algo tan arriesgado como entrar en los archivos de las compañías de tarjetas de crédito.
Comimos fettuccini Alfredo al aire libre, en la estructura de varios niveles que ocupaba la mitad del patio trasero. Talia y Robert comieron con nosotros para enterarse del caso. Como ocurría a menudo, la perorata inicial de Adam había dejado fuera la mitad de los detalles y confundido el resto, de modo que ellos querían oír la verdadera historia de primera mano.
Talia era uno de los pocos humanos que vivían dentro del mundo sobrenatural. Ella lo había elegido: aceptar los peligros de ese conocimiento para comprender mejor a su hijo y a su esposo, y desempeñar un papel pleno en sus vidas. Durante los últimos años, la salud de Robert había comenzado a debilitarse, y Talia había ido asumiendo muchas de sus responsabilidades. Robert tenía sólo sesenta y ocho años, pero su estado físico no había sido nunca lo que se dice fuerte, cosa que lo había obligado aun desde una temprana edad a adoptar un enfoque académico para ayudar a otros semidemonios, actuando como confidente y fuente de recursos. Talia, que tenía veintisiete años menos, había aceptado de buena gana este cambio de carrera en la mitad de la vida. En cuanto a que Adam asumiera parte del trabajo de Robert, bueno, digamos tan sólo que nadie esperaba que se sentase ante un escritorio para leer textos de demonología en ningún futuro próximo.
Adam mordió un pedazo de pan y lo masticó mientras hablaba.
– Y así fue. Forzamos la puerta, entramos, buscamos y salimos volando.
– Espero que hayáis sido cuidadosos… -comenzó a decir Talia, y se detuvo-. Sí, seguro que sí. ¿Hay algo que Robert y yo podemos hacer…?
– ¿Prestarnos vuestro Miata? -preguntó Adam-. El jeep hace un ruido raro.
– El jeep lleva haciendo ruidos raros desde que lo compraste, y la última vez que condujiste mi coche, arruinaste el techo descapotable, pero si hay otra cosa que podamos hacer…
– Preguntaste por un demonio llamado Nasha -dijo Robert hablando por primera vez desde que se habían sentado a comer.
– Ah, sí, así es -respondí-. Me había olvidado por completo.
– Bueno, os habría enviado una respuesta a través de Adam, pero estuve posponiéndolo para darme más tiempo y quizás encontrar una respuesta mejor. No hay mención en ningún texto de un demonio llamado Nasha. Es muy probable que la pobre chica oyese mal, pero no puedo encontrar un nombre que ni siquiera fonéticamente se parezca a Nasha. Lo que más se acerca es Nakashar.
– Nakashar es un Eudemonio, ¿no? -terció Adam mientras pelaba una naranja-. Muy menor. Aparte de en los periódicos del archivo de Babilonia, no se lo menciona.
Levanté la vista sorprendida de que Adam lo supiese.
Y continuó.
– De modo que no es probable que sea Nakashar. A los Eudemonios se los puede llamar, pero no interfieren con nuestro mundo. Hacerles sacrificios es como sobornar a una inspectora de tráfico para librarse de una multa por exceso de velocidad. Pero estamos hablando de un Druida, ¿no? De modo que deberíamos buscar deidades celtas. ¿Por qué no Macha?
– Por supuesto -respondió Robert-. Eso tiene sentido, ¿no os parece?
– No sé nada sobre el panteón celta -afirmé yo.
– No me sorprende. Aunque a menudo se los clasifica como demonios, no se los incluye en los textos de demonología, porque sólo los Druidas pueden comunicarse con ellos. No encajan en la definición clásica ni de los Eudemonios, ni de los Cacodemonios. Si se les pregunta, dirán que son dioses, pero la mayoría de los demonógrafos no están conformes con esa denominación y prefieren aplicarles la de «deidades menores». El estudio de las deidades celtas…
– … es fascinante -interrumpió Talia con una sonrisa-. Y estoy segura de que a todos nos encantaría oír más sobre eso… en otra ocasión.
Robert rió por lo bajo.
– Gracias, Lia. Digamos tan sólo que Macha es una sospechosa probable. Es una de las tres Valkirias que son aspectos de la Morrigan, y ciertamente acepta sacrificios humanos. Por lo tanto, tenemos ahí un elemento de prueba que apoya vuestra teoría. Ahora bien, sé que queréis volver al trabajo. ¿Adam? Si pudieras ayudar a tu madre con los platos…
– Oh, no lo tortures -dijo Talia-. Estoy segura de que quiere ayudar a Pai… -Captó una mirada de Robert-. O tal vez pueda mostrarle primero a Lucas esa motocicleta.
– Ahí está. -Adam se volvió hacia Lucas-. ¿Recuerdas que te había estado hablando de ese tipo que conoce mi amigo? ¿Que compró una Indian, la desarmó y después no sabía cómo armarla otra vez? Bueno, su esposa quiere que la venda, de modo que le pedí que me mandase unas fotografías por email. Tiene el aspecto de un gran rompecabezas de metal, pero pensé que te agradaría echarle un vistazo. Probablemente podrías conseguirla barata y guardarla aquí hasta que tengáis una casa propia.
– Marchaos, entonces, muchachos -dijo Robert. Cuando ellos salían, me hizo una señal para que yo me quedara.
– Muy bien -dije una vez que se hubieron ido-. ¿Desde cuándo sabe Adam sobre Eudemonios menores y deidades celtas?
– ¿Estás sorprendida? -preguntó Robert con una sonrisa-. Pienso que de eso se trata. Ha estado estudiando desde hace unos meses, pero probablemente no lo mencionó porque quería deslumbrarte con su repentina brillantez.