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– Buenos días -saludó Lucas-. ¿Sabe usted dónde va a pasar la eternidad?

Weber bajó la mirada a nuestras Biblias. Murmuró algo y trató de cerrar la puerta. Lucas agarró el canto y lo sujetó con fuerza.

– Por favor -intervine yo-. Tenemos un importante mensaje para usted. Un mensaje de esperanza.

A decir verdad, no esperábamos que Weber nos invitara a pasar. Mi parloteo religioso no tenía otra intención que la de darle tiempo a Lucas para que preparara un hechizo de retroceso, que habría enviado a Weber hacia atrás, alejándolo de la puerta para que pudiésemos entrar. Pero en el momento en que esas palabras salieron de mi boca, los ojos de Weber se hicieron más grandes.

– Son ustedes -dijo-. Los que dijo Esus que vendrían.

Parpadeé, pero Lucas asintió con la cabeza y murmuró una afirmación. Weber nos hizo pasar y luego, asomándose a la puerta, miró a ambos lados antes de cerrarla.

– Pasen, pasen -dijo, mientras se frotaba las palmas contra los pantalones-. Tomen asiento. Ah, esperen, permítanme despejar esa silla. Lamento que el lugar esté tan desordenado. He estado…

– Ocupado -terminó Lucas la frase.

Weber asintió, moviendo la cabeza de arriba abajo, como algunos perros de juguete.

– Ocupado, sí. Muy ocupado. Cuando Esus me dijo que…, bueno, pensé en salir corriendo, pero dijo que no debía hacerlo, que eso sólo empeoraría las cosas.

– Y tiene razón -convino Lucas.

– Siempre tiene razón. -Weber miró a su alrededor con nerviosismo-. Dijo que no estoy seguro aquí. Dijo que ustedes debían llevarme a un lugar seguro.

Lancé una rápida mirada a Lucas, tratando de captar su reacción, pero no manifestó ninguna.

– Así es -dijo Lucas-. Déjeme llamar a nuestro chófer.

Lucas dirigió la mano hacia el bolsillo de su chaqueta para sacar su teléfono móvil, con el propósito de llamar al equipo de captura. Era obvio que Weber no se sentiría cómodo hablando allí, de modo que no valía la pena intentarlo. Era mejor capturarlo directamente e interrogarlo después.

Lucas sólo había apretado el primer botón cuando se oyó el ruido agudo de un estampido, seguido de un golpe tremendo. Un bote de metal cayó en el suelo entre nosotros. Lucas se arrojó hacia adelante, agarrándome por los hombros y tirándonos así a ambos al suelo. El bote comenzó a echar humo.

– Cúbrete… -empezó a decir Lucas, pero el ruido de madera que se quebraba ahogó sus palabras.

Me giré y vi que la puerta delantera se abría de golpe y tres hombres vestidos de negro entraban en tropel. Los tres dirigieron a nosotros sus armas de fuego y luego desaparecieron mientras el humo llenaba la habitación.

Siempre cogen a la chica

Alguien comenzó a vociferar órdenes, pero yo estaba doblada, tratando de dilatar los pulmones, incapaz de oír otra cosa que mi propia tos. Me levanté la camisa y me cubrí la nariz, pero no me sirvió de nada. Tenía los ojos anegados en lágrimas a causa del gas; entre eso y el fuego, no veía nada. Unos dedos me agarraron del brazo y me arrastraron hacia delante. Confiaba en que Lucas mantuviera la calma, cualquiera que fuese la situación.

Caminaba tambaleándome tras la silueta oscura de Lucas. Se percibía ante nosotros un pasillo. A medida que avanzamos por él, el humo disminuyó, pero yo seguía con los ojos llenos de lágrimas. Con el brazo libre me las sequé. Lucas continuaba tirando de mí, presumiblemente hacia la puerta del fondo y el aire puro.

– ¡Paige! -dijo la voz de Adam. A través del humo pude reconocer su contorno y ver que corría hacia nosotros.

– Trata de salir -dije con dificultad-. Es…

Avanzó corriendo hacia nosotros. La mano que me agarraba el brazo me empujó hacia atrás. Tropecé y pataleé a la vez que me daba cuenta de que no era Lucas quien me sujetaba. Era Weber.

Le di un golpe a Weber, pero mi puño resbaló sobre su hombro. Él deslizó hacia abajo su otra mano. Sentí que algo me golpeaba entre las costillas. Escuché el alarido de furia de Adam. Lucas se lanzó por la puerta y detuvo a Adam en medio de su carrera. El hedor del sulfuro y la carne quemada era más fuerte que el olor del gas, que iba disminuyendo. Lucas jadeaba de dolor. Traté de librarme de las manos de Weber, pero me sostuvo firmemente.

– ¡Que nadie se mueva! -gritó Weber, con la voz agudizada por el pánico-. Tengo a la chica.

Un claro pensamiento, si bien un poco histérico, se me pasó por la cabeza. Por supuesto que tenía a la chica. Siempre cogen a la chica. ¿Pero por qué tenía que ser yo la chica?

Entonces noté un frío acero en la garganta, y dejé de pensar. La hoja me presionaba la garganta, y la sangre empezó a descenderme por el cuello. En aquel momento me pareció que hasta respirar podía serme fatal, y que con el menor movimiento alguna arteria vital se vería cortada. Mientras contenía la respiración, tomé conciencia de otro dolor, más agudo y más abajo. En mi caja torácica. Presioné sobre ese punto. La sangre se filtró entre mis dedos. Me habían dado una puñalada. Ese pensamiento me golpeó con tanta fuerza que me sacudí, y al hacerlo sentí que el cuchillo me mellaba nuevamente la garganta. Cerré los ojos y comencé a contar, luchando contra el pánico.

– Aparte el cuchillo de su garganta -dijo Lucas, con voz firme pero tensa.

– Ella…, ella es mi rehén.

– Sí, ya lo sé -respondió Lucas lentamente-. Pero si usted quiere que siga siendo un rehén viable, no puede correr el riesgo de herirla accidentalmente, de modo que por favor baje esa…

Un forcejeo lo interrumpió, al tiempo que los hombres que estaban en la otra habitación entraron violentamente en la cocina. No me atreví a mirar para confirmarlo, pues sólo podía mantener la mirada fija en el espacio vacío que tenía delante. Weber se puso más tenso, y la hoja volvió a rasgarme la garganta.

– ¡Quédense ahí! -gritó Lucas por encima de todo el alboroto-. Tiene una rehén. ¡Bajen sus armas!

– Todos contra la pared -vociferó un hombre.

– No finjan que no saben quién soy -respondió Lucas del mismo modo-. Les he dado una orden. ¡Bajen sus armas!

– Yo recibo órdenes de los Nast…

– ¡Recibirá sus malditas órdenes de mí o lo lamentará hasta en la otra vida! Ahora bajen las armas.

Hubo un momento de silencio, y luego la presión que se ejercía sobre mi garganta disminuyó.

– Quiero un helicóptero -dijo Weber-. Quiero…

– Lo que usted quiere es salir de aquí con vida -dijo Lucas con voz que había vuelto a su tono habitual, suave y razonable-. La casa está rodeada de tiradores profesionales. En el momento en que lo tengan a la vista, dispararán.

– Yo…, yo tengo una rehén.

– Y están entrenados para manejar esa situación. Usted habrá muerto antes de que le dé tiempo de hacerle daño.

Weber vaciló mientras el cuchillo temblaba contra mi garganta. Adam se puso tenso, pero Lucas lo contuvo poniéndole una mano en la camisa. Los labios de Lucas se movieron formulando un encantamiento. Luego se detuvo cuando Weber bajó el cuchillo.

– Bien -dijo Lucas-. Ahora es preciso que…

– ¡Esus, Dios del gran don del agua! -gritó Weber, haciendo correr los dedos a lo largo de la hoja del cuchillo y haciendo gotear mi sangre en el suelo-. ¡Esus, óyeme!

– No es necesario que haga eso -dijo Lucas.

Los ojos de Weber se desplazaron hacia atrás en sus órbitas y comenzó a hablar en otro idioma. Conté hasta tres, y luego me lancé hacia delante. Él me sujetó, agarrándome por el cuello. Mis pies se quedaron en el aire mientras Weber me tiraba hacia atrás. Adam se lanzó hacia él. Weber volvió a ponerme el cuchillo en la garganta y gritó una advertencia, pero Adam siguió avanzando. El cuchillo me atravesó la piel. En ese momento, Adam tropezó, perdido el equilibrio por culpa de Lucas, que esta vez tuvo la presencia de ánimo como para usar un hechizo de choque en lugar de tocarlo.