– Mierda -dijo-. Logro finalmente convencer a Lucas de que no corres ningún riesgo aunque te deje durante unos minutos, y vas tú y te despiertas. Si vuelve, cierra los ojos, ¿vale?
Logré esbozar una débil sonrisa y abrí la boca para hablar, luego hice una mueca. Apunté al agua. Adam me sirvió un vaso. Intentó ponerle una paja, pero yo cogí el vaso con la mano y bebí un trago. El agua golpeó en mi garganta reseca y rebotó, saliéndoseme de la boca.
– Muy bonito -dijo, alcanzando un papel absorbente.
Se lo quité de la mano antes de que pudiera hacer algo tan humillante como limpiarme la cara. Él sacó algo del armario.
– Te he traído una cosa. -Me entregó un osito de peluche vestido con el sombrero y la ropa de una bruja negra-. ¿Te acuerdas?
– ¡Hummm…! -Me esforcé por centrar la mirada en el objeto, todavía aturdida-. Sí. Las muñecas. -Una sonrisa complacida, al surgir el recuerdo-. Solías… -Me mojé los labios y lo intenté otra vez-. Solías comprármelas. Tus regalos.
Sonrió.
– Todas las brujas de juguete feas y con caras granujientas que podía encontrar. Porque sabía cuánto te gustaban.
– Las odiaba, y tú lo sabías. Yo solía darte conferencias sobre la sensibilidad y el estereotipo. -Sacudí lentamente la cabeza-. ¡Dios mío, a veces era insufrible!
– ¿Sólo a veces?
Le di un golpecito con la mano abierta mientras me reía, pero enseguida me quedé sin aliento por el dolor que me perforó el estómago. Adam se dispuso a apretar el botón de llamada, pero levanté la mano para detenerlo.
– Estoy bien -dije.
Asintió con la cabeza y se sentó en el borde de la cama.
– Nos tenías muy preocupados. Allá en la casa todo parecía ir bien, pero de pronto, ¡pum!, perdiste el conocimiento y te bajó la tensión. -Movió la cabeza de lado a lado-. Te aseguro que fue horrible. Casi me vuelvo loco, y lo mismo le ocurrió a Lucas, lo cual me puso aún peor, porque pensé que él no se asusta fácilmente, y si eso lo asustaba, debía de haber razones para asustarse… -Otro movimiento de cabeza-. Fue horrible.
– Paige.
Alcé la vista y vi una figura en la entrada. Por la voz me parecía Lucas, pero tuve que parpadear para confirmarlo. Pálido y sin afeitarse, estaba todavía vestido con el traje que había usado para el ardid de los misioneros en casa de Weber, pero la chaqueta y la corbata habían desaparecido. Una manga de la camisa estaba chamuscada en el antebrazo, y los vendajes se veían a través del agujero. Ése era el inconveniente de trabajar con Adam: cuando se enfurecía, había que apartarse de su camino o, si no, pagar las consecuencias con quemaduras de segundo grado.
– Esperaré fuera -dijo Adam.
Se retiró silenciosamente. Cuando Lucas se acercó, vi que las manchas de su camisa no eran marrones, de café, sino rojo óxido. Sangre. Mi sangre. Siguió la dirección de mi mirada.
– Oh, tendría que haberme cambiado. Yo…
– Más tarde -dije.
– ¿Quieres llamar a Savannah? Puedo…
– Más tarde.
Alargué la mano. La tomó y se agachó para abrazarme.
Una hora después, estaba todavía despierta, tras haber persuadido a la enfermera para que postergara los calmantes. Ante todo necesitaba algunas respuestas.
– ¿Mantienen detenido a Weber en Los Ángeles? -pregunté.
Lucas negó con la cabeza.
– Mi padre ganó esa batalla. Weber está en Miami, y el juicio está fijado para el viernes.
– No lo entiendo -dijo Adam-. ¿Por qué molestarse? Saben que el tipo es culpable. ¿Qué es lo que van a hacer?, ¿decirle «Ay, no emitimos una orden de captura en toda regla» y dejar que se vaya?
– Tiene derecho a un juicio -dijo Lucas-. Es la ley de las camarillas.
– ¿Pero es un verdadero juicio? -pregunté.
– Los juicios de las camarillas son un reflejo de los juicios de la ley humana, en sus aspectos más básicos. Los abogados presentan el caso ante los jueces y éstos determinan la culpa o la inocencia e imponen la sentencia. En cuanto a que Weber pueda ser liberado por algún detalle de tecnicismos jurídicos, es tan improbable que raya en lo imposible. En los tribunales de las camarillas el concepto de derechos civiles se define de modo mucho más ajustado.
– No tienes que preocuparte por ese tipo, Paige -dijo Adam-. No volverá a salir.
– No es eso… -Me dirigí a Lucas-. ¿Ha confesado?
Lucas negó con la cabeza. Su mirada se desplazó hacia un lado de modo casi imperceptible, pero yo llevaba con él el suficiente tiempo como para saber lo que ese gesto significaba.
– Hay algo más, ¿no es verdad? -dije-. Ha ocurrido algo.
Tuvo un momento de vacilación, pero luego afirmó con la cabeza.
– Otro adolescente de una camarilla murió el viernes por la noche.
Me incorporé bruscamente, lo cual hizo que una oleada de dolor me recorriera todo el cuerpo. Lucas y Adam, ambos, se pusieron de pie de un salto, pero les indiqué con la mano que volvieran a sentarse.
– Discúlpame -dijo Lucas-. No tendría que haberlo soltado así. Déjame que te lo explique. Matthew Tucker era el hijo de diecinueve años del asistente personal de Lionel St. Cloud. Cuando Lionel vino a Miami para la reunión del jueves pasado, Matthew vino también, con su madre. El viernes por la noche, mientras estábamos vigilando la casa de Weber, un grupo de empleados jóvenes de las camarillas decidieron salir a recorrer los clubes nocturnos, y Matthew se les unió. Tras unas cuantas copas, salieron del distrito en el que se encontraba un club nocturno y pasaron a un barrio menos conveniente. El grupo se desperdigó y cada uno pensó que Matthew estaba con algún otro. Cuando volvieron sin él, las camarillas enviaron equipos de búsqueda. Lo encontraron muerto de un tiro en una callejuela.
– ¿De un tiro? -preguntó Adam-. Entonces no es nuestro hombre. Cuchillo y estrangulación. Ese es su modus operandi.
– La Camarilla Nast confirmó después que su segunda víctima, Sarah Dermack, había muerto por arma de fuego.
– ¿Llamó ese Matthew al número de emergencia? -preguntó Adam.
Lucas movió la cabeza a un lado y a otro.
– Pero tampoco lo hizo Michael Shane, la víctima de los St. Cloud.
– ¿Matthew estaba en la lista de Weber? -preguntó Adam.
– No -contesté-. Y si vive con su madre, que no es guardaespaldas, no parece responder a los criterios. Además, es mayor que los otros. De cualquier modo, parece…
– Algo completamente diferente -interrumpió Adam-. El tipo estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y le pegaron un tiro.
– ¿Qué dicen las camarillas? -pregunté a Lucas.
– Casi literalmente, exactamente lo que acaba de decir Adam.
Nuestras miradas se cruzaron y vi, reflejadas, mis propias dudas.
– De modo que tenemos interrogantes -dije-. Si las camarillas no van a formularlos, es preciso que lo hagamos nosotros mismos. Eso quiere decir que es necesario que vayamos a Miami y hablemos con Weber.
Lucas guardó silencio. Adam nos miraba a los dos alternativamente.
– ¿Mi opinión? -dijo Adam-. Vosotros dos lleváis muy lejos el asunto ese de «proteger al inocente», pero si tenéis preguntas que hacer, mejor es que encontréis las respuestas antes de que sea demasiado tarde. Sí, sé que no quieres llevar a Paige a Miami, y puedo entenderlo perfectamente, pero Weber está encerrado. No va a hacerle daño.
– No es Weber lo que lo preocupa. -Me dirigí a Lucas-. ¿Cómo explica tu padre lo ocurrido?
Por un momento, Lucas no respondió, y parecía poco dispuesto a enunciar las explicaciones de su padre. Luego se quitó las gafas y se acarició el puente de la nariz.
– Su explicación es que no tiene ninguna. Supone que, al mencionarle a los Nast el nombre de Weber, involuntariamente les proporcionó el impulso de comenzar su propia investigación, que culminó en la irrupción del grupo de choque.