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– He oído lo que has dicho, Paige -dijo Cassandra desde la habitación principal-. Deja de esconderte en el baño y dime de qué va todo esto.

Crucé el dormitorio y entré en el salón. Cassandra estaba esperando junto a la ventana, bajo la luz del sol y, lamentablemente, sin prenderse fuego.

Me volví hacia Jaime.

– Cassandra, te presento…

– Sé quien es -respondió Cassandra-. Tengo televisor.

– Ah, entonces ya os habéis presentado…, no, un momento… -Miré a Jaime-. Tú no sabías cómo se llamaba. ¿Cómo sabías entonces que era una mujer vampiro?

– Muy fácil. Del mismo modo que las brujas y los hechiceros os reconocéis mutuamente. Soy una nigromante. Ella está muerta. De modo que me doy cuenta. Las únicas cosas muertas que van por ahí caminando son los vampiros. Bueno, están también los zombis, pero no huelen a perfume francés.

– No seas ridícula -saltó Cassandra mirando fijamente a Jaime-. No estoy muerta.

– Por supuesto que lo estás. ¿Así que has hecho todo ese camino…?

– No estoy muerta.

Jaime me miró haciendo un gesto con los ojos.

– Vale, como quieras…

Se abrió la puerta del vestíbulo. Lucas entró y se detuvo. Miró a Cassandra, y luego a su bandeja con desayuno para tres.

– No te preocupes -dijo Jaime-. No come. Bueno, lo hace, pero ni siquiera tú eres tan hospitalario.

– Ah, Cassandra, supongo -dijo él, colocando la bandeja sobre una mesita.

– Cassandra, Lucas Cortez -dije-. Lucas, Cassandra DuCharme.

Cassandra echó un rápido vistazo a Lucas, valorándolo y descartándolo en una milésima de segundo. Me invadió la ira, no tanto por su insultante actitud, como por el modo frío y confiado en que lo hizo, con una mirada que decía que si lo hubiera querido para ella, lo habría tenido. Ahora sabía cómo se sentía Elena.

– Cassandra ya se iba -dije-. Parece que se ha equivocado de camino cuando se dirigía a otra parte.

– No me iré hasta que no me deis una explicación.

– En primer lugar, no te debemos ninguna explicación. En segundo lugar, si creyera que una vez que te la diéramos te irías, te la daría en un segundo. Estamos muy ocupados, y por mucho que aprecie tu interés…

– Dijiste que mi nombre surgió con referencia a un caso. Quiero saber quién, cómo y por qué.

– No lo sé, no lo sé y no lo sé -dijo Jaime-. No nos lo dijo.

– ¿Quién?

– El trasgo.

Cassandra cruzó los brazos.

– ¿El trasgo?

– Un espíritu -dije-. O puede que no, aún no lo sabemos. Una entidad espiritual de alguna clase ha estado molestando a Jaime y tiene algo que ver contigo. Eso es todo lo que sabemos.

– ¿Conmigo? ¿Por qué querría un fantasma comunicarse conmigo?

– Tal vez porque tú lo enviaste al otro mundo -respondió Jaime-. Tu cena vuelve a buscarte.

Antes de que Cassandra pudiese responder, sonó el teléfono de la habitación.

– Jesús -susurró Jaime-. Estación Central de Trenes.

Lucas cogió la extensión que había en un lateral de la mesa. Se anunció, y esperó. Su mirada buscó la mía, con un ligero fruncimiento de labios.

– Sí, por supuesto, puede que nosotros… -Hizo una pausa-. Ah, vale, de acuerdo. Sube. -Lucas colgó y se volvió hacia mí-. Era Sean Nast.

– ¿El hermanastro de…, el hijo de Kristof?

– Sí, tiene algo que decirnos, sobre el caso. Está en la recepción.

– ¿Queréis que me esfume? -preguntó Jaime.

– No es necesario. Ya desde el juicio sabe que has estado trabajando con nosotros. Pero quizás…

Miró a Cassandra.

– No me voy a ningún lado hasta que me deis algunas respuestas -dijo.

– Sí, entiendo, pero dada la animosidad que existe entre las camarillas y los vampiros…

– No es animosidad -replicó Cassandra-. Para que haya animosidad, es preciso reconocer que la otra parte existe. No tenéis que preocuparos. Seré como las camarillas quieren que sea: invisible. Ya que nadie puede reconocer a los vampiros por su aspecto -se dirigió aJaime cargada de intención- no hace falta que sepa lo que soy.

Se oyó un golpe a la puerta. Lucas la abrió. Sean Nast entró, seguido por un hombre que sólo podía ser un guardaespaldas de su Camarilla. Sean se volvió a su guardia.

– Espera fuera -le dijo en voz baja.

– El señor Nast ha dicho… -empezó a decir el guardia.

– Por favor -insistió Sean.

El guardia asintió con la cabeza y se retiró al vestíbulo. Lucas cerró la puerta.

– El abuelo se está volviendo paranoico -dijo Sean-. Me siento como si volviera a tener doce años.

– Sean, te presento a Jaime Vegas -dijo Lucas-. Jaime, Sean Nast, el nieto de Thomas Nast.

Sean sonrió.

– Hola, mi hermano te ve en El show de Keni Bales todos los meses.

Mientras se estrechaban las manos, la mirada de Sean pasó a Cassandra.

– Sean, Cassandra -dijo Lucas-. Cassandra, Sean Nast.

Si Sean advirtió la falta del apellido de Cassandra, no dio señales de ello; le estrechó la mano con un «mucho gusto» y después se volvió a nosotros.

– Tyler Boyd ha desaparecido. -Me miró fijamente y añadió-: Es el hijo menor del CEO de la Camarilla Boyd. Tiene diecisiete años.

– ¿Ha desaparecido? ¿Cuándo?

– No estamos seguros. Tyler fue a la habitación de su hotel anoche, alrededor de las once. Como no apareció a la hora del desayuno, su padre envió a alguien a buscarlo. Su guardaespaldas estaba en la habitación, muerto, y Tyler había desaparecido. El señor Boyd llamó a mi abuelo y las camarillas han estado buscándolo desde entonces.

– Bien -dijo Lucas-. Mi padre tiene rastreadores chamanes excelentes.-Ése es el problema. No han llamado a tu padre, ni a ninguna otra persona de tu Ca…, de la Camarilla de tu familia.

– ¿Qué? -dije-. Pero ha desaparecido aquí, ¿no es verdad? En Miami.

– Y los Cortez tienen todos los recursos necesarios, lo sé. Es una locura. ¡Me tienen hasta…! -Miró a Jaime y a Cassandra-. Disculpadme. Es que estoy harto de tanta estupidez. Joey está muerto y ahora Tyler ha desaparecido y lo único que se les ocurre a las camarillas es pelearse por la cuestión de a quién echar la culpa y de quién controla la investigación. Sin los rastreadores y sin los expertos en escenarios de crímenes de tu padre, lo único que tenemos es un grupo de VPs y guardaespaldas que andan recorriendo la ciudad con la esperanza de toparse con Tyler.

– Así que quieres que llame a mi padre.

Sean se pasó la mano por la barbilla.

– Sí, sé que no te llevas bien con él, y me desagrada pedírtelo, pero no se me ocurre qué otra cosa hacer. Traté de llamar al conmutador de su compañía, pero, por supuesto, lo único que hicieron fue pasarme de un asistente a otro, empleados que ni siquiera pueden transmitir un mensaje. Si tienes el número directo de tu padre, yo puedo hacer la llamada.

– A tu familia no le gustaría. Mejor lo hago yo.

– No me preocupa lo que piense mi familia. Puedes decirle a tu padre que fui yo quien te pidió que lo llamaras.

– Lo llamaré, porque tiene los recursos necesarios para examinar el escenario del crimen y buscar a Tyler. Sin embargo, no le diré que fue a iniciativa tuya. En este momento estás disgustado, y con buenas razones, pero éste no es el momento oportuno para que tomes esa decisión.

– No me importa…

– Lucas tiene razón -dije-. No sólo es inconveniente que provoques un conflicto con tu familia, sino que tampoco es oportuno que aumentes el que ya existe entre las camarillas. Sólo serviría para empeorar las cosas.