Otra pausa, como si estuviese considerando si insistir o no en que lo pasara con su hijo.
– Sí, lo he llamado, y él trató de llamar a Stephen, pero no ha habido respuesta. Los dos tíos de Stephen vinieron a buscar a Tyler, pero nosotros hemos encontrado a un primo que está todavía en el hotel. Dice que la habitación de Stephen está cerrada con llave y nadie responde cuando se llama a la puerta. Oye, Paige, he enviado mi equipo de búsqueda al Fairfield. Puede que lleguen unos minutos después que vosotros, pero estarán allí muy pronto. Yo… -Hizo una pausa-. El asesino puede estar todavía en ese hotel. No quiero que Lucas entre.
– Entiendo -dije-. Puedo pedirle que se quede fuera mientras entro yo, pero…
– Quiero decir que los dos debéis quedaros fuera, por lo menos hasta que os acompañe mi equipo de rastreo. Un minuto o dos no va a ser mucha diferencia.
– Eso he oído -dije-. Pero no quiero correr ese riesgo. Diga a su equipo que se apresure y nos busque dentro.
Apreté la tecla de desconexión. Mientras le pasaba el teléfono a Lucas, volvió a sonar. Lucas lo cogió y lo apagó.
Un minuto después, nos desplazábamos por el carril central.
A nuestra izquierda se veía una gran villa de estilo español. Un discreto letrero cerca de la entrada flanqueada de palmeras anunciaba que habíamos llegado al Fairfield.
Un asesino antinatural
El Fairfield no era ni de lejos tan opulento como el hotel de los Boyd; sin embargo, yo sospechaba que sus precios duplicarían lo que nosotros pagábamos en el nuestro. Tenía ese tipo de atmósfera de graciosa sencillez que no va acompañada de un precio bajo, precisamente. La habitación de Stephen St. Cloud estaba en el tercer piso. Como el ascensor tardaba, subimos por las escaleras.
Aparecimos en un extremo de un silencioso pasillo. En el otro, un hombre de cabello oscuro de algo más de veinte años se paseaba cerca de los ascensores. No nos miró hasta que nos detuvimos delante de la habitación de Stephen. Entonces nos miró a ambos, y avanzó hacia nosotros, con gesto airado.
– Buenos días, Tony -dijo Lucas.
– ¿Qué demonios estás haciendo…
– Me ha enviado mi padre. ¿Ya habéis podido entrar en la habitación de Stephen?
– A menos que pueda atravesar las paredes, no puedo hacerlo. Necesitamos un cerrajero.
– No -respondí-. Necesitáis a una bruja.
Lancé mi hechizo de apertura de máxima potencia. Las últimas palabras estaban todavía saliendo de mi boca cuando Cassandra agarró el picaporte. Cuando hube terminado, la empujó, la abrió y entró, dejándonos en el pasillo.
– No hay cerrojo ni cadena -dije, comprobando el mecanismo de la cerradura al entrar-. Estas cerraduras con tarjeta son estupendas. Cualquier bruja podría entrar sin perder un minuto.
Cassandra pasó de la sala al dormitorio. Cuando nosotros estábamos cruzando el vestíbulo, Cassandra volvía del dormitorio y, rozándonos al pasar, se dirigía de nuevo hacia la puerta.
– Ya lo tengo -dijo-. Vámonos.
– Me imagino que eso significa que no está aquí -dije-. No veo rastros de lucha, de modo que parece haberse marchado por propia voluntad. ¿Tony? ¿Tienes alguna idea de dónde puede haber ido?
Tony me miró, y luego dirigió la vista a Lucas.
– ¿Qué pasa? -pregunté-. ¿Acaso mi voz escapa a la franja acústica de un hechicero? Lucas, por favor, interpreta.
– ¿Sabes dónde puede estar Stephen? -preguntó Lucas.
– Me imagino que debe de haber ido a desayunar. Todos salieron para buscar a Tyler, y Step estaba molesto porque lo habían obligado a quedarse. Odia que lo traten como a un niño.
– Así que se puso de morros y se largó -dije-. Muy maduro. Por favor, decidme que lo acompaña un guardaespaldas.
– ¿Tiene guardaespaldas? -Lucas volvió a interpretar las palabras de la bruja invisible.
– Humm, sí -contestó Tony-. Yo.
Clavamos en él la mirada.
Tony se encogió de hombros.
– Bueno, a su padre le hacía falta el guardia habitual de Step para que ayudara en la búsqueda, de modo que me dijo que me quedara yo de guardia, que me asegurase de que permaneciera en su habitación.
– Cosa que hiciste admirablemente bien -dije.
Tony me miró con ojos furiosos.
– Tiene dieciocho años, es adulto. No entiendo por qué todo este revuelo. Si me disculpáis, tengo cosas que hacer.
– No te preocupes -le dije en voz alta mientras se alejaba-. Nosotros trataremos de encontrar a Stephen. Pero muchas gracias por ayudarnos.
Cassandra asomó la cabeza por la puerta.
– ¿Venís?
En los pocos segundos que tardamos en alcanzar la puerta, ella ya había llegado al ascensor y había apretado el botón. Un minuto después, nos dirigíamos al vestíbulo principal. Ya allí, Cassandra se detuvo a mitad de camino, girando la cabeza de un lado a otro, con los ojos entrecerrados. No comprendo cómo hacen los vampiros para rastrear a la gente, y nunca me he atrevido a preguntárselo a Cassandra. Lo único que sé es que no es por el olfato, aunque se parece al rastreo por el olfato en el sentido de que lo captan en su origen y luego, con el tiempo, el rastro se hace cada vez más tenue.
Cassandra giró sobre sus talones y volvió a caminar por el vestíbulo. Miré a Lucas, me encogí de hombros y me apresuré a alcanzarla. Cuando pasaba junto a una pareja de mediana edad, el hombre le dijo algo. Sin detenerse, Cassandra lo miró por encima del hombro, sosteniéndole la mirada. El hombre rápidamente miró para otro lado mientras agarraba a su mujer por la cintura y ambos caminaban en otra dirección.
Cassandra se dirigió hacia un vestíbulo lateral. Cuando llegué al pasillo, ella estaba ya empujando una puerta que decía, con un letrero muy claro: SALIDA DE EMERGENCIA. Antes de que pudiera advertírselo, abrió la puerta de par en par. La luz del sol invadió el lugar, cegándome por un instante. Me preparé para oír la alarma, pero no se produjo ningún sonido.
Cassandra siguió caminando, dejando que la puerta se cerrara sola tras ella. Lucas la sostuvo antes de que me golpeara. Salimos. Cuando la luz solar dejó de molestarme, me encontré en los límites de un aparcamiento medio vacío.
– Maldición -murmuré-. No podremos seguirlo si se fue en coche.
Sin prestarme atención, Cassandra caminaba ya a paso rápido por el aparcamiento. Desde el frente del edificio llegó un chirrido de ruedas que entraban en el lugar a gran velocidad.
– ¿El equipo de rastreo? -pregunté a Lucas.
– Dudo que quieran hacer tan obvia su llegada, pero ya deberían estar aquí. Debería ponerlos al tanto. ¿Crees que estarás bien?
– Voy a hacer un poco de ejercicio de marcha rápida -dije-. Pero estaré bien. Tú, a lo tuyo.
Seguí a Cassandra. Se detuvo a unos veinte metros de la puerta.
– ¿Podrías…? -empecé a decir.
Avanzó de nuevo, pasando como una flecha entre dos furgonetas. Suspiré e inicié un trote. Se movía con rapidez, caminando en diagonal por el aparcamiento, esquivando los automóviles. Cuando ya casi la había alcanzado, giró con tanta rapidez que tuve que saltar hacia atrás. Aguzó los ojos, y estaba yo preparándome para decirle algo cuando advertí que ella tenía la mirada fija en algo que estaba detrás de mí. Me di la vuelta pero no vi nada.
– Aquí hay alguien -dijo.
Tratándose del aparcamiento de un hotel, eso no me pareció extraño, pero antes de que pudiera decirlo, pasó delante de mí y avanzó a lo largo de una fila de automóviles. Entonces se detuvo y contempló toda el área.
– Tal vez deberíamos… -empecé a decir.
Desapareció entre dos automóviles. Miré a mi alrededor. Aparte del ruido distante de la carretera, el aparcamiento estaba silencioso y tranquilo. Lancé un hechizo de percepción. Nada, ni siquiera Cassandra, que debería haber estado a mi alcance. Maldito hechizo. Realmente necesitaba más práctica.