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«Teclea más deprisa. Con más energía. No te detengas».

– Puedo entender por qué querrías hacerlo. Debe de ser algo muy duro para tu ego. Que te echen de tu propio Aquelarre. Y, encima, siendo Líder.

Traté de volver a poner los dedos en el teclado, pero, haciendo caso omiso de la orden que les daba mi cerebro, éstos se plegaron y me encontré con los puños cerrados.

– Supongo que fue algo muy satisfactorio para ti, esos pocos meses como Líder del Aquelarre. Es obvio que quieres volver a gozar de esa sensación de importancia.

– Para mí nunca se trató de ser importante. Lo único que quería…

Dejé de hablar y volví al teclado.

– ¿Qué era lo único que querías, Paige?

La azafata se detuvo a nuestro lado. Le pedí un café. Cassandra pidió vino.

– ¿Qué es lo que querías hacer, Paige? -repitió Cassandra cuando la azafata nos dejó.

Me volví para mirarla.

– No me pinches. Te encanta hacerlo. Eres como esas suegras de las comedias televisivas que mortifican y zahieren fingiendo interés, cuando lo único que hacen es buscar los puntos débiles, para dejar caer una insinuación o un insulto.

– ¿Y si mi interés no fuera fingido? ¿Y si realmente quisiera más de ti?

– Nunca te he interesado.

– Porque no habías despertado mi interés. Pero por fin estás creciendo, y no me refiero sólo a que estés acumulando años. A lo largo del último año, más o menos, has ido madurando hasta convertirte en un ser fascinante. No eres la persona a la que yo elegiría para perderme en una isla desierta, pero los conflictos de opinión pueden provocar relaciones más interesantes que los intereses comunes. Si discuto tus opiniones, es porque tengo curiosidad por ver cómo las defiendes.

– No quiero defenderlas -dije-. Ahora no. Tus preguntas me parecen insultos, Cassandra, y no me apetece responderlas. -Para mi sorpresa, no dijo nada más. Bebió el vino lentamente, reclinó su asiento y descansó durante el resto del viaje.

Desconectada

Los vampiros son una raza urbana. Podría parecer obvio, puesto que es mucho más fácil matar sin ser descubierto en una ciudad que tiene centenares de asesinatos no resueltos todos los años, que en una ciudad pequeña en la que puede darse un homicidio anual. Pero, a decir verdad, para ellos ése no es un factor determinante.

Los vampiros de verdad no son las sanguijuelas que se ven en los programas nocturnos de la televisión y que necesitan varias víctimas todas las noches. El vampiro de la vida real sólo necesita matar una vez al año, aunque tienen que alimentarse con más frecuencia. Alimentarse les es fácil; si alguna vez usted se desvanece en un bar y se despierta a la mañana siguiente con un malestar fuera de lo habitual, le sugeriría que se examinara el cuello. Pero quizá no encuentre ninguna marca. A menos que sepa muy bien qué es lo que busca, las mordeduras de vampiros son casi imposibles de ver, y los efectos posteriores no producen mayor debilidad que la que se experimenta tras donar sangre con el estómago vacío.

Dado que la mordedura de un vampiro rara vez es mortal, a ellos les resultaría fácil vivir fuera de la ciudad y trasladarse para realizar su homicidio anual. Incluso sería más seguro. El problema reside en esa molesta semiinmortalidad. Como no se envejece, la gente lo nota. Puede que tarde algún tiempo, pero llega un momento en que empiezan a preguntar qué clase de crema hidratante usas. Cuanto más pequeña es la ciudad, más atención presta la gente, y más cotilleo hay. En una gran ciudad, un vampiro podría permanecer en el mismo lugar durante quince o veinte años y no oír más que algunos comentarios sarcásticos relativos a la cosmética. Además de eso, está el asunto del aburrimiento. Las ciudades pequeñas son excelentes para formar una familia, pero si uno es soltero y sin hijos, pasarse las noches de los sábados meciéndose en el porche y mirando la calle puede producir cierto hastío después de los primeros cien años.

Así pues, a los vampiros les agrada la vida urbana. En Estados Unidos, prefieren también las regiones soleadas, con lo que más de la mitad de los vampiros del continente viven por debajo de la línea de Mason-Dixon. Los inviernos del norte pierden enseguida su atractivo cuando uno se da cuenta de que puede pasarse el día en la playa sin correr más riesgo que el de una quemadura solar. Y es mucho más fácil morder a alguien que lleva una camiseta de tirantes que hincarle los dientes a uno con anorak.

* * *

Cassandra había quedado con Aaron en un bar de la zona sur de Atlanta. Yo nunca había estado en esta ciudad, y nuestro rápido recorrido en taxi desde el aeropuerto hasta el bar no me brindó la oportunidad de hacer turismo. Lo que más me llamó la atención fue lo moderna que era. Tenía el aspecto de una ciudad del norte, con mucha alta tecnología, muy eficiente, muy poco sureña. Yo esperaba que fuera como Savannah o Charleston, pero no vi mucho que me recordara a una o a la otra. Supongo que si hubiese tenido en cuenta la historia, habría sabido que poco del Viejo Sur podía encontrarse en Atlanta. El general Sherman se había ocupado de eso.

El taxi nos llevó a un barrio que podría describirse como de clase trabajadora, con hileras de casas idénticas, jardines tamaño estampilla y calles llenas de automóviles de por lo menos diez años de antigüedad. El conductor se detuvo delante de un bar que se hallaba entre un autoservicio y una lavandería automática. El letrero que se veía en la puerta decía los billares de pete el afortunado, pero las palabras los billares de habían sido recientemente tachadas.

Cassandra pagó al conductor, salió del automóvil, miró el interior del bar y, moviendo la cabeza a ambos lados, dijo:

– Aaron, Aaron. Ya tienes doscientos años y aún no has desarrollado ni una pizca de buen gusto.

– A mí me parece bien. Mira, hay un letrero que dice que los viernes es la «Noche de las mujeres». Cerveza barata después de las cuatro. ¿Ya son más de las cuatro?

– Desgraciadamente, sí.

Mis ojos se clavaron en Aaron en la primera mirada que eché al bar. Diría, con bastante certeza, que los ojos de la mayoría de las mujeres se fijarían en Aaron en su primera inspección de cualquier bar. Mide por lo menos uno noventa de altura, es ancho de espaldas, tiene la tez bronceada, el cabello rubio color arena y un rostro guapo y duro. Estaba sentado en un extremo de la barra, abstraído en su cerveza y un cigarrillo, ignorando las miradas de un cuarteto de secretarias que estaban detrás de él. Cassandra se acercó y, mientras lo hacía, se fijó en sus botas embarradas, sus vaqueros gastados y su camiseta cubierta por una capa de polvo de argamasa.

– Qué amable, Aaron, haberte vestido especialmente para recibirme -dijo.

– Acabo de salir del trabajo. Bastante suerte tienes con que haya aceptado… -Bebió y parpadeó.

– Aaron… -empezó a decir Cassandra.

– Paige -se anticipó Aaron-. ¿Qué tal estás?

– Bien. -Me senté en el taburete que estaba junto al suyo.

– ¿Y tú?

– Tratando de evitarme problemas. -Una leve sonrisa-. Principalmente eso. Y cuidándome las espaldas un poco mejor. Avergonzado todavía, por lo del secuestro y todo eso. ¿Una cerveza?

– Sí, gracias.

Le hizo una señal al barman.

– A ti no voy a preguntártelo, Cass. No creo que aquí haya nada que te guste. Probablemente ni siquiera la clientela. ¿Vas a arrimar un taburete o vas a quedarte ahí parada?

– No me parece que éste sea el lugar adecuado para una conversación privada -replicó, y con eso dio media vuelta y se dirigió a un reservado que había en el fondo.

Aaron movió la cabeza a un lado y a otro. Yo pedí una cerveza y él otra. En el momento en que hizo a un lado la jarra vacía, se dio cuenta de que tenía el cigarrillo encendido en el cenicero y lo apagó.