– No basta con que sea vampiro, también tengo que matar a la gente con el humo de mis cigarrillos. -Apartó el cenicero colocándolo junto a la jarra de cerveza vacía-. He oído que estás con un Cortez. ¿Es verdad?
Dije que sí con la cabeza, cogí la cerveza que me ofrecía el barman y dejé un billete de cinco dólares en la barra. Aaron me lo devolvió y a cambio de su cerveza entregó un billete de diez, con un «Quédate con el cambio».
– Gracias -dije.
– Te debo mucho más que una cerveza barata. Ese Cortez, se trata de Lucas, ¿verdad? ¿El menor? ¿Y no trabaja para la familia?
– Así es.
– Eso está bien, porque alguien me había dicho que era uno de los mayores. No es bueno que te mezcles con esos tipos de las camarillas. Pero, cambiando de tema, Cassandra me dijo que quería hablar sobre algo relacionado con las camarillas, y puesto que has venido, imagino que tú también estarás involucrada. Pero, si estás con Lucas, y él no trabaja para las camarillas…
– Vamos a sentarnos con Cassandra y te lo explicaré.
Le conté la historia a Aaron. Cuando terminé, se echó hacia atrás y movió la cabeza a un lado y a otro.
– Increíble. Necesitamos esta clase de problemas tanto como una estaca en el corazón. Encontrad a ese imbécil, y aseguraos de que las camarillas se enteran de que los demás no hemos tenido nada que ver en ello. -Tomó un buen trago de cerveza-. Supongo que queréis saber si tengo idea de quién puede estar detrás de este asunto. Y me imagino también que ya habréis investigado a John y a su banda.
– ¿John? -dije.
– John, Hans o comoquiera que se llame ahora. Tú sabes a quién me refiero, Cass.
– Ah -dijo Cassandra, frunciendo los labios-. Él.
– Bueno, le habrás hablado de él a Paige, ¿verdad? De su pequeña cruzada anticamarillas.
Levanté la cabeza como movida por un resorte.
– ¿Cruzada anticamarillas?
Ella frunció el entrecejo.
– ¿Cuándo empezó?
– Hace sólo una década más o menos.
– Es la primera vez que lo oigo.
Aaron movió la cabeza.
– No, es la primera vez que lo oyes y prestas atención.
– ¿Qué quieres decir?
Aaron se volvió hacia mí.
– El tipo se llama John, pero él se hace llamar Hans; cree que «John» no es un nombre adecuado para un vampiro. Pertenece a los vampiros de Nueva Orleans.
– ¡Vaya!
Aaron esbozó una sonrisa.
– Eso lo explica todo, ¿no es cierto? John tiene inquina a las camarillas. Es algo que forma parte de toda la mentalidad de esos tipos. Son vampiros, por lo que creen que son «especiales» y que deberían gobernar el mundo sobrenatural. Si no fuera por ese maldito escritor… Se les ha subido a la cabeza. No me sorprendería que fueran ellos los que están detrás de todo esto.
– ¿Sabes dónde podemos encontrarlos? -pregunté.
– Puedo conseguir la dirección de John, pero me llevaría uno o dos días. No es precisamente alguien a quien felicite las Pascuas. Pero si te corre prisa, su grupo de energúmenos pierde el tiempo en el Rampart de Nueva Orleans. -Miró a Cassandra-. Pero ve tú, Cass. No lleves allí a Paige.
– ¿Es sólo para vampiros? -pregunté.
– Qué va, pero no es un lugar agradable. Yo también haré un sondeo por ahí, por si me entero de algún rumor.
Saqué mi bloc para darle mi número telefónico.
– Espera -dijo, y sacó su teléfono móvil-. Esto es más seguro. No hay papel que me guarde en los bolsillos que no termine dando vueltas en la lavadora. Podría decirte dónde me encontraba cuando me enteré de que habían matado a Lincoln, pero ¿crees que me acuerdo alguna vez de vaciar los bolsillos antes de lavar la ropa? De ninguna manera.
Le dicté mi número de teléfono y el de Lucas, y Aaron los apuntó en el listado su móvil. Cuando volvió a guardar el teléfono en el bolsillo de su chaqueta, se reclinó en el asiento y se chascó los nudillos.
Cassandra suspiró.
– ¿Qué pasa, Aaron?
– ¿Ehh?
– Cuando haces eso -dijo, señalándole las manos- es porque tienes algo en mente. ¿De qué se trata?
Él aguardó un momento, y luego me miró.
– El Rampart. Es un problema y lo viene siendo desde hace tiempo, lo cual trae a colación algo más. El Consejo Interracial. Sé que ya tenéis a Cass, pero a lo mejor deberíais plantearos incorporar a otro vampiro…
– ¿Perdona? -dijo Cassandra.
– Vamos, tranquilízate. Me refiero a un segundo vampiro, a alguien que presente las preocupaciones de los vampiros, como el Rampart. Yo estaría dispuesto, pero si conocéis a alguien mejor, no tengo ningún inconveniente. Los vampiros no somos suficientes como para tener nuestra propia estructura de gobierno, y el Consejo desempeñaba antes ese papel…
– ¿Antes? -dijo Cassandra-. Si alguien tiene preocupaciones o problemas, yo los llevaré ante el Consejo.
Aaron se dio la vuelta y buscó mi mirada.
– Cass, dejaste de hacerlo hace años. Décadas. No eres…, ya no formas parte de nada. Estás desconectada.
– ¿Desconectada?
– No estoy intentando molestarte. Por alguna razón siempre ha habido dos delegados vampiros, uno para tratar los asuntos generales y el otro como protector de los derechos de todos nosotros. Ahora que ya no está Lawrence, tú has asumido su papel y, bueno, alguien tiene que hacer el que tú desempeñabas.
Como ella no respondía, él le tocó el codo, pero ella retiró el brazo bruscamente.
– No estoy desconectada -dijo.
Aaron inspiró y me miró.
– Piénsalo.
Dije que sí con la cabeza. Terminamos lo que habíamos pedido y nos fuimos.
La situación de los vampiros de Nueva Orleans
Me pasé el móvil al otro oído y me fui hacia un rincón más tranquilo del aeropuerto.
– Tenemos un vuelo para Nueva Orleans que sale dentro de una hora, de modo que pasaré la noche allí.
– Tal vez tendría que haberte acompañado -dijo Lucas-. Aquí no he hecho gran cosa. Mi padre convocó esta tarde una reunión de la Camarilla, y dice que nadie recuerda que haya habido ningún trato con vampiros. Eso es ridículo, por supuesto. Aun en el caso de que no se les haya acercado ningún vampiro, deben de haberse encontrado con uno o dos en el transcurso de algún negocio. O bien creen que soy idiota o sencillamente no se molestan en mentir de modo más creativo.
Dejé escapar un improperio.
– Soy de la misma opinión. Ahora bien, mi padre sí ha admitido un contacto de la Camarilla Cortez con un vampiro. Al parecer hubo uno que trató de mantener una reunión privada con él en julio. Por supuesto, la petición fue rechazada, y el asunto terminó ahí.
– ¿De qué quería hablar ese vampiro con tu padre?
– Nadie se preocupó de preguntárselo. En cuanto se enteraron de que era un vampiro, no quisieron saber nada más. Ni una razón, ni un nombre, nada. Y por más predispuesto que esté a pensar que mi padre retiene información, debo admitir que así es exactamente como se instruye a los empleados de la Camarilla respecto de su trato con vampiros.
– ¿Puedo decir «¡Aajj!»? Cuando todo esto se haya terminado no tendremos que volver a trabajar nunca más con esa gente tan encantadora, ¿verdad?
– Te doy mi palabra. Y, quizás, de todo esto salga algo bueno. Podría convencerte para que te incorpores a mis futuros trabajos anticamarillas.
– ¡Bueno!, no hace falta que nadie me convenza. Siempre he estado dispuesta a ayudarte. Sólo tendrías que habérmelo pedido.