El problema con los vampiros de Nueva Orleans no es la superpoblación. Es que todos comparten una actitud mental parecida, la misma que los trajo inicialmente a la ciudad. Para estos vampiros, ver que su popularidad cultural subía como la espuma con los libros de la señora Rice fue como para un cantante de rock ver su foto en la portada de Rolling Stone, el momento culminante de la autoafirmación, cuando pudieron decir: «¿Ven? A que soy verdaderamente extraordinario». Y para los vampiros de Nueva Orleans, desde entonces la vida nunca ha sido igual.
El Rampart no era precisamente un bar de vampiros en el sentido de que atraía a los vampiros. Sus dueños eran vampiros. Como explicó Cassandra: John/Hans y otros dos habían comprado el lugar hacía ya unos cuantos años. Lo conservaban pequeño y exclusivo, un lugar que podían manejar como si fuera su casa y entretenerse jugando a ser los dueños del bar.
El conductor del taxi detuvo su automóvil en un distrito industrial. Todos los edificios estaban provistos de luces de seguridad, excepto el que estaba junto a nosotros, bañado en una negrura que parecía casi artificial. Cuando abrí la puerta del coche, vi que efectivamente era artificial. Los muros de ladrillos y las ventanas habían sido pintados de negro. Hasta la solitaria farola de la calle había sido envuelta en papel crepé negro y la lamparita la habían roto o retirado.
– Pesadilla gótico temprano. Qué original -dijo Cassandra cuando salía del automóvil-. La última vez que estuve aquí tenía el aspecto de un bar completamente normal. No me extraña que a Aaron se le revuelvan las tripas. No puede tolerar este tipo de cosas.
– Bueno, su gusto en materia de decoración puede ser criminal, pero desgraciadamente no están violando ninguna disposición municipal. Por lo menos son discretos. No veo un letrero siquiera.
– Yo ni siquiera veo una puerta -dijo Cassandra en voz baja y con desagrado-. Probablemente la han pintado de negro como todo lo demás. A ver, ¿dónde estaba la última vez…?
Mientras paseaba la mirada por el edificio, llegó una limusina de la que se apearon tres mujeres jóvenes incapaces de controlar sus risas tontas. Dos vestían minifaldas de cuero negro. La tercera estaba vestida con un largo vestido blanco que parecía más adecuado para una boda que para salir por la noche. Un guardaespaldas corpulento agarró del codo a la novia para que lograra equilibrarse y condujo al trío al edificio. Cuando la limusina retrocedió, sus luces delanteras iluminaron las cuatro figuras. La novia miró las luces y entrecerró los ojos.
– ¡Ehh! -dije-. ¿Ésa no es…? ¿Cómo se llama? ¿No es una cantante?
El cuarteto acababa de desaparecer al doblar una esquina cuando un automóvil deportivo frenó y vomitó a dos jóvenes vestidos con trajes de sepulturero. Siguieron el mismo camino que el grupo de la novia.
– Así que eran discretos -musitó Cassandra.
– Por lo menos ahora sabemos por dónde está la puerta -dije.
Cassandra movió la cabeza a un lado y a otro y dimos la vuelta a la esquina en busca de la entrada.
Adaptarse a los tiempos
Cuando llegamos al otro lado, seguimos sin encontrar la puerta.
– Esto es ridículo -dijo Cassandra caminando a lo largo del edificio-. ¿Estamos ciegas, acaso?
– No sé tú -dije-. Pero yo no puedo ver en la oscuridad. ¿Nos arriesgamos a lanzar un hechizo de iluminación?
– Lánzalo. A juzgar por el aspecto de esos tontos que acaban de entrar, dudo que se diesen cuenta aunque iluminaras todo el vecindario.
Antes de que pudiese comenzar el encantamiento, una reja cubierta de hiedra se desplazó, y por el hueco surgió una sombra. Una muchacha adolescente salió dando traspiés, con las manos y el rostro blancos, flotando incorpórea, en el aire. Parpadeé; vi entonces que estaba vestida con una larga túnica negra; ésta, junto con su pelo negro, se mezclaba con el fondo negro del edificio.
Cuando nos vio, se balanceó y murmuró algo. Mientras pasaba, tropezando, a nuestro lado, la cabeza de Cassandra se movió bruscamente en su dirección, mientras sus ojos se estrechaban y brillaban los iris verdes. Separó los labios, y luego cerró firmemente la boca. Antes de que apartara la mirada, vi que la fijaba en el brazo de la chica. Su antebrazo desnudo estaba rodeado por una gasa negra. En sus bordes, había sangre que manchaba su pálida piel.
– Está herida -dije mientras la chica se iba por la calle-. Espera aquí. Veré si necesita ayuda.
– Tú ocúpate de eso. Creo que Aaron tenía razón. Deberías esperar fuera.
Me detuve. Mi mirada siguió a la chica, que avanzaba, insegura, por un lateral de la calle. Ebria o lastimada, pero no mortalmente herida. Lo que ocurría dentro del lugar, fuera lo que fuese, podía ser peor, y yo no podía confiar en que Cassandra se ocupara adecuadamente de ello. Pasé delante de ella y me aferré a la reja.
– Lo digo en serio, Paige -dijo Cassandra-. Ve a ver a la chica. Tú no vas a entrar.
Encontré el picaporte, empujé la puerta y la abrí, y me escurrí detrás de Cassandra. Dentro, el lugar era tan oscuro como el exterior. Alargué los brazos y toqué paredes a ambos lados, de modo que supe que estaba en un pasillo. Avancé a tientas. Ascendí unos cinco escalones antes de tropezar con una pared de músculos. Un rostro carnoso me miró ceñudo. El hombre dirigió sobre nosotros el haz de luz de una linterna, y sonrió con presunción.
– Lo lamento, señoras -dijo-. Se han equivocado de sitio. A Bourbon Street se va por allí.
Levantó la linterna para señalar, agitándola cerca del rostro de Cassandra. Ella la apartó con un golpe violento.
– ¿Quién está esta noche? -preguntó-. ¿Hans? ¿Brigid? ¿Ronald?
– Ehm, los tres -dijo el guardián, retrocediendo.
– Diles que Cassandra está aquí.
– ¿Cassandra qué?
Encendió su linterna ante el rostro de Cassandra. Ella se la arrancó de la mano.
– Cassandra nada más. Vete ahora mismo.
Él alargó la mano para que le devolviera la linterna.
– ¿Me da la linterna…?
– No.
Vaciló, después se volvió, se dio contra la pared, lanzó una maldición y se alejó en la oscuridad.
– Idiotas -susurró Cassandra-. ¿A qué juegan aquí? ¿Cuándo han hecho todo esto?
– Dime, ¿cuándo fue la última vez que viniste a verlos?
– No puede hacer más de un año… -Se quedó callada-. Tal vez algunos años. No hace tanto tiempo.
La puerta se abrió con tanta rapidez que el hombre que estaba detrás de ella casi se cae a nuestros pies. Cuarenta y tantos años, poco más de mi metro cincuenta y cinco de estatura, regordete, con rasgos blandos y cabello algo gris atado atrás con una cinta de terciopelo. Vestía una camisa amplia sacada directamente de Seinfeld, con los tres primeros ojales abiertos, y mostrando así un pecho lampiño. Sus pantalones eran de terciopelo negro y le quedaban grandes, entremetidos en unas botas altas. Tenía el aspecto de un contable de mediana edad que se dirigía a un casting para Los Piratas de Penzance.
Se enderezó y parpadeó como un búho ante el rayo de la linterna que llevaba Cassandra. Yo señalé hacia la salida. No pareció verme, y permaneció de pie ante Cassandra, mirándola como un tonto.
– Cass…, Cassandra. Qué…, qué alegría…
– ¿Qué demonios llevas puesto, Ronald? Dime por favor que los viernes celebráis la «Noche de los disfraces».
Ronald miró lo que llevaba puesto y frunció el ceño.
– ¿Dónde está John? -preguntó Cassandra.
– ¿Jo…, John? ¿Quieres decir Hans? Está, ah, dentro.