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Cuando Cassandra se dirigió a la puerta, Ronald dio un salto y se puso delante de ella.

– No esperábamos…, nos sentimos honrados, por supuesto. Muy honrados.

– Aparta la lengua de las suelas de mis zapatos, Ronald, y quítate de mi camino. He venido a hablar con John.

– Sí, sí, por supuesto. Pero hace tanto tiempo que no nos vemos… Me alegra mucho verte. Hay un bar de blues a pocas manzanas de aquí. Encantador. ¿Por qué no vamos? Hans podría reunirse con nosotros después…

Cassandra apartó a Ronald de un empujón y agarró el picaporte de la puerta.

– Espe…, espera -dijo Ronald-. No te esperábamos, Cassandra. El lugar está hecho un lío. No entres.

Ella abrió la puerta y pasó. Yo la sujeté antes de que se cerrase. Ronald me miró parpadeando, como si hubiera salido de la nada.

– Vengo con ella -dije.

Agarró el borde de la puerta y luego se detuvo, sin saber qué hacer. Yo la empujé, abriéndola lo suficiente como para deslizarme por ella hacia lo que parecía otro pasillo, más largo. Ronald nos siguió. Pasó delante de mí y le pisó los talones a Cassandra. Ante una mirada furiosa que ella le lanzó, él retrocedió, pero sólo un paso.

– Yo, bueno, yo creo que te agradará lo que hemos hecho aquí, Cassandra -dijo Ronald-. Es una nueva época para nosotros, y estamos aprovechándola. Adaptándonos a los tiempos. El rechazo al cambio es el tañido de muerte de cualquier civilización, eso es lo que dice Hans.

– Vuelve a pisarme los talones y serás tú quien oiga el tañido de la muerte.

Cassandra se detuvo ante otra puerta, e hizo una seña para que yo me adelantara. Me deslicé y dejé a Ronald detrás de mí.

– Quiero que me esperes aquí -dijo Cassandra.

Negué con la cabeza.

– Vas tú, voy yo.

– No puedo hacerme responsable de ti, Paige.

– No eres responsable de mí -dije, y empujando la puerta, la abrí.

Al otro lado de la puerta se veía una habitación que parecía una caverna, apenas iluminada por un mortecino destello rojo. En un principio, no pude distinguir cuál era la fuente de esa iluminación, pero luego advertí que las falsas columnas griegas estaban moteadas de agujeros minúsculos, cada uno de los cuales emitía un delgado rayo de luz roja que se parecía a un indicador infrarrojo.

Eché una mirada alrededor e inmediatamente supe que la designación de bar no se aplicaba ya al Rampart. Era un club, probablemente un club privado. El único mobiliario consistía en media docena de sofás y divanes, la mayor parte de los cuales estaban ocupados. Las áreas que se hallaban a ambos lados de la habitación habían sido separadas mediante cortinas de cuentas. Lo único que rompía el silencio era algún murmullo ocasional o alguna risa contenida.

En el sofá que estaba más próximo, había dos mujeres muy juntas, una semirreclinada con la mano estirada, la otra inclinándose sobre lo que su compañera le ofrecía, quién sabe qué. Cocaína, tal vez metanfetamina. Si Hans y su bandita habían abierto un club exclusivo para drogadictos, estaban pisando un terreno peligroso para personas que tenían que vivir siempre controladas. Yo no estaba segura de que esto implicara una violación de los estatutos del Consejo, pero iba a ser necesario que lo consideráramos una vez que esta investigación hubiese terminado.

Una de las mujeres del diván se inclinó sobre el brazo de su compañera. Traté de observar con discreción, a ver qué clase de drogas eran las que usaban, pero la mujer no tenía nada en la mano. En cambio, estiraba el brazo, con la palma vacía hacia arriba, y apretándose el antebrazo con la otra mano. Una línea negra bisecaba el interior del antebrazo. Apretó el puño y un hilo de sangre se deslizó hacia abajo. Su compañera bajó la boca y la puso sobre el corte.

Di un paso hacia atrás, chocándome con Cassandra. Ella se dio la vuelta con brusquedad abriendo la boca para decirme algo desagradable, pero pronto siguió la dirección de mi mirada. Se dio la vuelta de inmediato para encarar a Ronald.

– ¿Quién es esa mujer? No la conozco.

– No es… -Ronald bajó la voz-. No es una mujer vampiro.

– ¿Que no es una…? -dije-. ¿Entonces por qué está…

– Porque quiere -dijo Ronald-. A algunas personas les gusta dar, a otras recibir. No es precisamente un nuevo fetichismo, lo que pasa es que ahora lo hacen de modo menos encubierto. Lo único que hacemos es sacar ventaja…

Cassandra echó a andar antes de que él pudiese terminar. Fue hasta la cortina más próxima y la corrió, provocando las exclamaciones de los sorprendidos huéspedes que estaban detrás de la cortina. Caminó entre ellos, dejando caer la cortina, y se dirigió después al cubículo siguiente. Ronald correteaba detrás de ella. Yo me quedé donde estaba. Ya había visto bastante.

– No alcanzas a ver la belleza de todo esto, Cassandra -susurró Ronald-. Las oportunidades que nos brinda. Ocultarse a la vista de todos, ésa es la meta última, ¿no? Si otras razas lo hacen, ¿por qué no habríamos de hacerlo nosotros?

Cassandra corrió otra cortina de cuentas. Miré para otro lado, pero no lo suficientemente pronto. Allí estaba la cantante, con su falso vestido de novia, extendida en el centro del diván, con los brazos estirados, con sus dos acompañantes femeninas aferradas cada una como sanguijuelas a un brazo, y el vestido levantado por encima de las caderas mientras su guardaespaldas masculino estaba agachado ante ella, con los pantalones bajados…, y no hace falta describir nada más. Baste decir que confiaba en borrar aquella escena de mi memoria antes de que reapareciera en el momento más inoportuno y me estropeara una estupenda sesión de juegos de cama.

Cassandra se volvió violentamente hacia Ronald.

– Saca a todas estas personas de aquí ahora mismo.

– Pero… son socios. Han pagado…

– Sácalos y considérate afortunado si lo único que pierdes es dinero.

– Puede que no fuera una buena idea, puede que hayamos cometido un error de juicio, pero…

Cassandra se le acercó a la cara.

– ¿Te acuerdas del problema de Atenas? ¿Te acuerdas de la pena que sufrieron por su «error de juicio»?

Ronald tragó saliva.

– Dame un minuto.

Corrió hacia el cubículo de la cantante e introdujo la cabeza a través de la cortina de cuentas. Llegué a oír las palabras «policía, allanamiento y cinco minutos». El cuarteto salió corriendo con tanta rapidez que todavía estaban poniéndose la ropa cuando pasaron corriendo a mi lado.

Un minuto después, cuando los últimos rezagados se tropezaban en el pasillo de salida, en el extremo más alejado de la habitación se abrió una puerta. Por ella entró a grandes pasos una mujer alta que no llegaba aún a los treinta años. Su rostro era demasiado anguloso para que fuera bella: sus rasgos parecían más bien propios de un hombre. Llevaba el cabello rubio largo y lacio, un estilo poco favorecedor que le dejaba a uno la impresión pasajera de que podía ser un tipo vestido de mujer, pero su picardías de seda negra revelaba lo suficiente como para darle a cualquier observador confundido la seguridad de que sin duda alguna pertenecía al género femenino. Hasta los pies los llevaba desnudos, los dedos pintados de rojo brillante, como las uñas de sus dedos y sus labios. Daba la impresión de que se hubiera puesto el lápiz de labios en la oscuridad, y se hubiese manchado un poco. Cuando entró en la habitación semiiluminada, vi que de ninguna manera se trataba de lápiz de labios, sino de sangre.

– Límpiate la boca, Brigid -le dijo Cassandra con brusquedad-. Aquí nadie se impresiona con eso.

– Me había parecido oír a alguien farfullando -dijo Brigid, deteniéndose en medio de la habitación-. Tendría que haber sabido que era la zorra reina… -Una breve sonrisa-. ¡Huy!, quise decir la abeja reina.

– Sabemos lo que quisiste decir, Brigid, ten la valentía de admitirlo.