La mirada de Cassandra pasó de Brigid a un hombre joven que la seguía desde tan cerca que estaba casi escondido detrás de la escultural mujer vampiro. No tendría más años que yo; era de constitución delgada, y hermoso, con grandes ojos marrones fijos en una mirada de perplejidad bobina. Por un lado del cuello le corría un hilillo de sangre, pero él no parecía notarlo, y permanecía allí de pie, con la mirada fija en la nuca de Brigid, y los labios curvados en una pequeña sonrisa inexpresiva.
– Sacadlo de aquí -pidió Cassandra.
– Tú a mí no me das órdenes, Cassandra -replicó Brigid.
– Lo hago si eres lo bastante necia como para necesitarlas. Que se vaya a su casa.
– Oh, pero está en su casa. -Bajó la mano y le acarició la entrepierna-. Le gusta estar aquí.
– No me hartes -dijo Cassandra-. Búscate otro tonto a quien hechizar cuando me haya ido.
– No necesito hechizarlo -dijo Brigid con la mano todavía puesta en la entrepierna del joven. Él cerró los ojos y comenzó a mecerse-. Se queda porque quiere quedarse.
Cassandra envió al joven de un empujón contra Ronald.
– Sácalo de aquí.
Brigid agarró a Cassandra por el brazo. Ésta la miró fijamente a los ojos, hasta que la soltó y se apartó mordiéndose los labios. Entonces me vio y se le encendieron los ojos. Yo me puse tensa, preparando un hechizo de inmovilidad.
– ¿Así que tú te traes a una humana y yo no puedo traerme al mío? -preguntó Brigid con la mirada clavada en la mía.
– No es humana, cosa que descubrirás enseguida si continúas así.
Los ojos azules de Brigid brillaron aún más. Estaba tratando de hechizarme. Ese poder rara vez actúa sobre otros sobrenaturales, pero para estar segura de ello, aproveché la oportunidad para probar otro de mis hechizos: un encantamiento antihechizo.
Brigid aulló.
– ¿A que hace daño? -dijo Cassandra-. Deja tranquila a la chica o te pasará algo menos agradable.
Brigid se volvió hacia Cassandra.
– ¿Qué es lo que quieres, zorra?
Cassandra sonrió.
– Odio sin disimulos. Estamos progresando. Quiero a John.
– No está aquí.
– No es eso lo que dijo el guardián.
Brigid se echó el pelo hacia atrás de los hombros con un movimiento de la mano.
– Bueno, pues se equivoca. Hans no está aquí.
Cassandra se volvió a Ronald, que retrocedió hasta apoyarse contra la pared.
– Estaba en la habitación del fondo, con Brigid y el muchacho -admitió Ronald.
– Déjame adivinar -le dijo Cassandra a Brigid-. Te pidió que salieras para hacer una maniobra de despiste mientras él se escapaba por la puerta de atrás. Vamos, Paige. Ha llegado el momento de cazar a un cobarde.
Nunca subestimes el poder del ego de un vampiro
La puerta trasera del Rampart daba a una callejuela.
– ¿Y qué hacemos con Ronald y con Brigid? -pregunté, cerca de la puerta-. Puede que sepan algo, y en cuanto nos hayamos ido, ellos se largarán también. Dos pájaros en mano valen definitivamente más que uno volando.
Cassandra negó con la cabeza, con la mirada puesta en la callejuela.
– Nunca traicionarían a John. Sin él, no sobrevivirían. -Se volvió hacia la izquierda-. Por aquí.
– ¿Has encontrado el rastro?
– No, pero iría por este lado.
Dimos la vuelta por detrás de una tienda de ropa y salimos a una calle de casitas en hilera, pegadas unas a otras y en estado ruinoso, que tenían el aspecto de una conejera. Las viviendas llevaban entablonadas, al parecer, desde la época en que yo iba al colegio. Al final de la callejuela, Cassandra se detuvo y examinó las casas. Se oyó el ruido de una botella que golpeaba el suelo. Pegué un salto.
– Si oyes a alguien, no es él -dijo.
– ¿Habrá alguien más por ahí?
– Muchos más, Paige. Abandonadas no significa vacías.
Como para subrayarlo, la risa de una mujer flotó por la calle. Una botella salió de una ventana de primer piso y se rompió en la calle, añadiéndose a un montón de cristales rotos. Cassandra se encaminó hacia el extremo más alejado de la vereda y atravesó la hilera de casas conmigo a sus talones. Me sentía tonta siguiendo sus pasos y peor todavía, inútil, pero no había nada más que yo pudiera hacer. Mi hechizo de percepción no funcionaba para encontrar a un vampiro, y si no iba a delatarse haciendo ruido, no tenía sentido que buscara por mi cuenta.
Dos casas antes del final de la calle, Cassandra echó una mirada hacia una de ellas. Asió la baranda enmohecida y comenzó a subir los escalones que llevaban a la puerta delantera. A medio camino, se detuvo. Miró la puerta, inclinó hacia un lado la cabeza y a continuación dio media vuelta. Me apartó de su camino, permaneció de pie en el escalón y miró la calle. Unos instantes después, se volvió nuevamente hacia la casa, la observó; luego movió la cabeza a un lado y a otro y descendió los escalones. Ya en la calle, pasó por delante de la última casa echándole apenas una mirada y cruzó a la acera de enfrente. Yo trotaba tras ella.
– ¿Puedo ayudar en algo? -pregunté.
– Sí. Quitándote de en medio.
Levanté las manos al cielo, y caminé de vuelta hacia la casa que a ella le había llamado la atención.
– Tampoco he dicho que te pongas a vagar de un lado a otro -dijo detrás de mí.
– No estoy vagando. Hubo algo en esa casa que te llamó la atención, de modo que voy a echar un vistazo mientras tú buscas en otras.
– No está allí.
– Bueno. Entonces no pasa nada por que lo compruebe.
– Lo último que quiero es andar preocupándome de que puedas pisar la aguja sucia de algún tipo.
– No soy una niña, Cassandra. Si efectivamente piso una aguja o me acogotan, te absuelvo por anticipado de toda responsabilidad. Tú busca por ese lado de la calle mientras yo vuelvo a verificar la corazonada que tuviste allí.
Cassandra suspiró diciendo algo en voz baja y se marchó. Yo subí los escalones de la casa. La puerta de delante estaba entablonada, pero alguien había abierto a puntapiés un agujero en la parte inferior. Me agaché y entré, casi arrastrándome.
Me golpeó en primer término el olor, despertándome recuerdos de un corto período de trabajo voluntario que había hecho en un refugio para personas sin hogar. Respirando por la boca, miré a mi alrededor. Estaba en el vestíbulo delantero. De las paredes colgaban trozos de empapelado, mezclados con tiras de papel atrapamoscas moteado de cuerpos de insectos momificados. Lancé un hechizo de iluminación e hice correr la bola de luz por el suelo del pasillo. La alfombra había sido arrancada hacía mucho tiempo, dejando a la vista la base del piso. A medida que avanzaba, empujaba con el pie la basura, apartándola de mi camino. Aunque no había agujas, sí había suficientes cristales rotos y deyecciones de ratas como para hacerme sentir contenta de haberme cambiado, antes de salir, las sandalias abiertas que había usado en Miami.
Desde el vestíbulo, tenía tres elecciones posibles: arriba de las escaleras, la sala de estar, o la puerta más apartada, que presumiblemente conducía a la cocina. Desde el pie de las escaleras lancé un hechizo de percepción. Podía no funcionar con los vampiros, pero en un lugar como ése, los vivos justificaban igual preocupación. Cuando el hechizo me volvió con resultado negativo, me dirigí a la sala. No había señales de vampiros, ni tampoco de ninguna otra cosa que fuese lo suficientemente grande como para que se ocultara ninguno. Lo mismo ocurrió en el área que comunicaba la cocina y el comedor. Hasta los armarios estaban vacíos, despojados de todas las puertas y estantes, presumiblemente para alimentar el fuego que alguna vez se había encendido en medio del suelo de la habitación.