Cuando me dirigí hacia las escaleras, oí un murmullo en algún punto del piso de arriba. El sonido era demasiado tenue para que fuesen pisadas…, a menos que los pies fueran en realidad de los grandes roedores peludos que habían dejado sus tarjetas de visita en los restos que había encontrado abajo. Subí la mitad de las escaleras y lancé mi hechizo de percepción. Volvió con resultado negativo. Ahora que lo pensaba, eso era raro. Deyecciones recientes de ratas significaban ratas recientes, y mi hechizo tendría que haberlas detectado. Creo que sabía cuál era la razón de esa repentina desaparición de los roedores. Las ratas no sólo huyen de los barcos que van a hundirse, también lo hacen cuando se encuentran con depredadores más fuertes que ellas.
Preparé un hechizo de repulsión y subí hasta lo alto de las escaleras. La casa seguía quieta y silenciosa. Demasiado quieta, demasiado silenciosa. La quietud preternatural me recordaba una situación ocurrida poco antes ese mismo día, cuando me pareció que el asesino estaba persiguiéndome en el aparcamiento.
Desde el punto más alto de las escaleras, podía ver las cuatro habitaciones. Quise ir hacia el frente de la casa, cosa que reduciría mis elecciones a dos habitaciones, una de las cuales era el baño, demasiado pequeño para lo que yo tenía en mente. Inspeccioné el dormitorio principal, para asegurarme de que estaba vacío, y luego entré y lancé un hechizo perimetral desde la puerta. El problema consistía en que nunca había utilizado este hechizo con un vampiro, de modo que no podía confiar completamente en él ahora. Cuando todo esto terminara, tendría que poner a prueba con Cassandra todo mi conjunto de hechizos sensoriales. No es que yo creyera que ella fuera a ofrecerse como conejillo de indias, pero había otras maneras de lograrlo.
Preparé un nuevo hechizo de repulsión. Preparar un hechizo significa empezar el encantamiento de modo que esté listo para ser lanzado sólo con unas pocas palabras finales. Los hechizos son armas maravillosas, pero en una escala de velocidad de uso ocupan un lugar bajo, están a la altura de los arcos y las flechas. Si la flecha no está ya puesta en el arco cuando te atacan, te encontrarás ante un serio problema. El otro problema reside, al mismo tiempo, en que uno no se puede detener en medio de un hechizo durante un tiempo indefinido. Lucas y yo habíamos pasado en cierta ocasión todo un fin de semana experimentando este asunto, y llegamos a la conclusión de que se puede tener listo un hechizo durante unos dos minutos. Después de eso, hay que prepararlo de nuevo. Dado que ésta era mi primera aplicación práctica de esa investigación, yo preparaba el hechizo cada sesenta segundos, para estar segura de que funcionaría.
Crucé la habitación hasta la ventana. Estaba entablonada, pero alguien había aflojado el tablón del centro para que entrara la luz del sol. Yo estaba de lado, para poder ver la ventana y la puerta al mismo tiempo, y entonces volví a dirigir mi hechizo de iluminación a mis espaldas, para tener luz también en esa parte de la habitación.
Una vez que mis ojos se adaptaron a la oscuridad de abajo, distinguí la figura de Cassandra que caminaba por la calle vacía, taconeando impacientemente con sus zapatos de Prada, y su chaqueta de Dolce & Gabbana agitándose tras ella. ¿Cuántas personas estarían ocultas detrás de las ventanas de esa calle, atraídas por los ruidos que habíamos hecho antes y observando ahora a esa atractiva mujer de cuarenta años, impecablemente vestida, paseando sin compañía? Hablando de blancos fáciles. Sin embargo no salió nadie. Tal vez no se atrevían.
A juzgar por el ángulo que describía Cassandra y su modo resuelto de caminar, se dirigía hacia donde yo estaba, presumiblemente porque no había encontrado nada en ningún sitio. Eso indicaba que mi intuición con respecto al lugar donde podía encontrarse John era probablemente correcta, y significaba que tenía que moverme con rapidez.
Me volví de espaldas a la puerta y moví mi bola de luz hasta ver el reflejo de la puerta en el cristal de la ventana. Entonces saqué mi teléfono móvil. Preparé un nuevo hechizo, llamé a nuestro apartamento, y empecé antes de que el contestador automático se pusiese en funcionamiento
– Hola, soy yo. Sigo en Nueva Orleans. Cassandra ha encontrado la pista de un vampiro y la está siguiendo. Se suponía que iba a estar en el bar de que te hablé, pero se escapó por la puerta de atrás. ¿Puedes creerlo? El señor Soy-un-Vampiro-Malo escurriéndose por la puerta de atrás. -Hice una pausa y luego reí-. En serio. ¡Vaya con los vampiros!
A través del reflejo que se producía en la ventana vi una forma que cruzaba la puerta. Preparé un nuevo hechizo y continué hablando al contestador.
– Apuesto a que está -dije a medida que la sombra se aproximaba- escondido en algún rincón, con la esperanza de que no le muerdan las ratas. Me sorprende que esta clase de tipos no haya desaparecido y…
Lancé el resto del hechizo de inmovilización, y al darme la vuelta vi a un hombre paralizado a punto de atacar. Delgado, de poco más de treinta años, con el pelo negro recogido en una cola de caballo, una camisa de lino blanco, una chaqueta de cuero negro larga hasta las rodillas, y con pantalones de cuero negro a juego. Rímel, tal vez. Delineador de ojos, sin duda.
– John, supongo -dije-. Te olvidaste de que los vampiros proyectan un reflejo, ¿verdad?
Sus ojos marrones se hicieron más oscuros a causa de la luna. En el piso de abajo, se oyó el ruido de una puerta que se cerraba.
– ¡Aquí arriba! -llamé-. Lo he encontrado.
Los tacones de Cassandra resonaron por las escaleras al doble de la velocidad habitual. Cuando giró al llegar al rellano de la planta alta, se la veía casi preocupada. Entonces vio a John y se acerco más lentamente.
– ¿Te gusta mi estatua? -dije-. El-no-tan-astuto-vampiro lanzándose en picado sobre su no-tan-desprevenida-presa.
– Veo que tu hechizo de inmovilización ha mejorado. -Miró a John y suspiró-. Suéltalo.
Levanté el hechizo y John cayó de bruces. Cassandra volvió a suspirar, en voz más alta esta vez. John se puso torpemente de pie y se sacudió los pantalones.
– Me ha atrapado -dijo.
– No -dije-. Tu ego te ha atrapado.
John se alisó la chaqueta, y me miró con el ceño fruncido al ver un reguero de grasa que ensuciaba su camisa blanca.
– Más vale que esto salga -dijo.
– Vamos, no es culpa mía -dije-. Eso es lo que se consigue cuando uno anda arrastrándose por lugares como este.
– No estaba arrastrándome. Y no me escapé por la puerta de atrás. Yo…
– Ya está bien -dijo Cassandra-. Bueno, John…
– Prefiero Hans.
– Y yo prefiero no tener que perseguirte por edificios abandonados, pero parece que esta noche ninguno de los dos va a ver realizados sus deseos. He venido para hablar contigo de…
– El Rampart. -John alzó los ojos al cielo y se apoyó con violencia contra la pared, entonces se dio cuenta de que su camisa estaba arrugada y corrigió su postura desgarbada. Déjame adivinar, fuisteis a ver a San Aaron. ¡Qué desperdicio de vampiro!, con lo buen mozo que es. Yo podría reformarlo, por supuesto. Sonrió, mostrando todos los dientes-. Mostrarle su camino errado, o el camino hacia errores deliciosos. Mostrarle lo que ese cuerpo perfecto…
– No eres gay, John. Deja eso. Ahora, no sé qué le pasa a Aaron con el Rampart, y no es asunto mío. En lo que a mí concierne, no veo motivo de preocupación.
John se enderezó.
– ¿Cómo?
– Lo que he venido a discutir se refiere a las camarillas.
– ¿Las camarillas? -John juntó las cejas-. ¿Qué pasa con las camarillas?
– Ella -movió una mano hacia mí- es Paige Winterbourne. Conoces a su madre.
En los ojos de John brilló un chispazo de reconocimiento, pero desapareció enseguida y se encogió de hombros.