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Cassandra continuó:

– Por supuesto, no espero que recuerdes a una persona que no es vampiro, pero la madre de Paige fue Líder del Aquelarre estadounidense. Aunque estoy segura de que no estás al tanto de los chismes que tienen que ver con los hechiceros, Paige está liada con Lucas Cortez, el hijo menor, y heredero, de Benicio Cortez.

A juzgar por la expresión de John, nada de todo esto era algo nuevo para él, pero se mantuvo imperturbable y dejó que Cassandra continuase.

– El joven Lucas tiene algunas disputas éticas con la organización de su padre y participa en actividades anticamarillas. Ésa es la razón por la cual Paige se acercó a mí. Como integrante del Consejo, está perfectamente al tanto de mi fuerte postura anticamarillas.

Yo asentí con la cabeza, aunque el pensamiento de que Cassandra adoptara una postura fuerte ante cualquier cosa me obligaba a esforzarme para mantenerme seria.

– Paige quería que yo me uniese a su pequeña cruzada, pero difícilmente puedo yo unir mis fuerzas a los lanzadores de hechizos. Entonces me dijo que tú y tus… socios habéis formado vuestra propia liga anticamarillas. Naturalmente, estoy intrigada, aunque no puedo comprender por qué tú no te pusiste en contacto conmigo con respecto a esto.

– Yo…, nosotros… ¿Nadie te lo dijo? Le dije a Ronald…

– Por ahora, aceptaré esa excusa, aunque yo sugeriría que lo intentaras de nuevo. Ahora bien, con respecto a esta campaña, he oído que habéis estado bastante ocupados. Ocupados y con éxito.

John vaciló, y luego se encogió de hombros.

– No sé de qué te extrañas. Son un blanco tan fácil…

– ¿Pero este último asalto? Verdaderamente inspirado.

Nuevamente, John vaciló y vi por su expresión que no tenía ni idea de lo que le estaba diciendo Cassandra. Tosió para cubrir su confusión, y luego continuó.

– Sí, bueno, fue un esfuerzo hecho en equipo. Meses de planificación. Pero nos sentimos satisfechos con los resultados, y esperamos mejorar ese éxito en nuestros futuros esfuerzos.

– Sí, sí, seguramente será así.

Cassandra caminó hasta la ventana y miró hacia fuera, pensando y organizando su próximo movimiento. La dejé hacer. Esa llamada fingida había puesto a prueba los límites de mi capacidad de engaño.

John se subió las mangas de la chaqueta.

– Hemos dejado que esas camarillas fueran demasiado lejos. Ha sido divertido verlas, pero han olvidado el lugar que les corresponde en el mundo sobrenatural. Tendríamos que haberles parado los pies desde el principio, tendríamos que haberles exigido tributo, algo que les recordara quién manda. No es que te eche la culpa… -Cassandra miró a John. Él levantó las manos y retrocedió-. De ningún modo. Te confundieron, como al resto de nosotros. Cuando dijeron que no querían vampiros entre su personal, no nos importó. ¿Por qué iba a importarnos? Desde luego los vampiros no van a ir a fichar en organizaciones de hechiceros. Pero fuimos incapaces de ver adónde podía conducir todo eso.

– Adónde podía conducir todo eso… -murmuró Cassandra-. Sí, por supuesto. Supongo que estás refiriéndote a los problemas que hemos tenido recientemente con las camarillas.

– Claro, exacto.

Cassandra me miró: me tocaba hacer el papel del que no entiende.

– ¿Qué problemas? -pregunté.

Cassandra le hizo una seña a John, como para otorgarle la palabra.

– Bueno, los, humm, problemas generales que tienen con los vampiros. Saben que podríamos levantarnos contra ellos en cualquier momento. Llevamos demasiado tiempo adormilados, aceptando nuestro lugar en el mundo… Cassandra se encaminó hacia la puerta y desapareció en el vestíbulo. John se apresuró a ir tras ella.

– ¿Has oído algo? -preguntó.

– Ya he oído lo suficiente. ¿Paige? Ven conmigo.

La seguí, y salimos de la casa.

Entendiendo a Cassandra

Espero que nos vayamos porque tienes alguna idea -dije mientras caminábamos por la calle.

– No sabe nada.

– ¿Cómo lo sabes? Apenas lo hiciste hablar.

– ¿Qué querías que hiciera? ¿Arrancarle las uñas? Tengo más de trescientos años. Tengo una excelente comprensión de la conducta humana y de la de los vampiros. John no sabe nada.

Miré hacia atrás, hacia la casa donde habíamos estado.

– Ni te atrevas -dijo Cassandra-. Realmente, Paige, qué infantil eres a veces. Una niña impetuosa con un sentido excesivamente desarrollado de su propia infalibilidad. Tuviste suerte de que ese conjuro de inmovilización contuviese a John, porque si no habría tenido que rescatarte una vez más.

– ¿Cuándo has tenido tú que rescatarme? -Moví la cabeza, dándome cuenta de que me estaban apartando hábilmente de mi meta-. Olvídate de John, entonces. ¿Y los otros dos? Tendríamos que detenernos en el Rampart, a ver si puedes seguirles el rastro…

– Si John no sabe nada, ellos no saben nada.

– Todavía no estoy convencida de que John no sepa nada.

Cassandra musitó algo y se puso a caminar más deprisa, dejándome atrás. Saqué mi teléfono móvil. Ella miró por encima del hombro.

– No voy a quedarme aquí esperando un taxi, Paige. Hay un restaurante cerca. Telefonearemos desde allí.

– No estoy llamando a un taxi. Estoy llamando a Aaron.

– Son las tres de la madrugada. No le va a gustar mucho…

– Dijo que lo llamara cuando terminara de hablar con John, a cualquier hora, por si él había encontrado alguna otra pista.

Cassandra me arrebató el teléfono.

– No ha encontrado ninguna otra pista. Aaron se ha pasado los últimos setenta años en Australia, Paige. Hace apenas dos años que está aquí. ¿Cómo podría saber algo sobre nosotros? ¿Sobre los vampiros de aquí?

– Sabía lo de John y el Rampart. -La observé en la oscuridad-. Lo que pasa es que no quieres que yo interrogue a otros vampiros para pedirles información, ¿no es cierto?

– No seas ridícula. Yo te llevé a Aaron. Yo te he traído aquí. Yo detuve a John…

– A John lo detuve yo. Tú pasaste por delante de donde estaba escondido, y seguiste de largo.

– John no sabe nada.

– Pero tú sí.

– No -dijo, mirándome a los ojos-. Yo no sé nada.

En ese momento supe que decía la verdad. No sabía nada…, y ésa era la razón por la cual me cerraba el camino y me contestaba tan mal, porque aquélla era su gente, ella la representaba, y tendría que haber sabido algo. Tendría que haber sabido lo del Rampart, lo de la cruzada anticamarillas de John y quién había tenido conflictos con las camarillas. Pero no lo sabía. Ése era el problema.

– Lucas y yo podemos manejar esto -dije, con un tono aplacado-. No hace falta que tú…

– Sí que hace falta. Tenías razón. Como delegada del Consejo necesito ayudar a resolver esto antes de que la situación empeore para todos los que están involucrados. -Me devolvió el teléfono-. Adelante. Llama a Aaron.

Negué con la cabeza.

– Podemos esperar hasta mañana por la mañana. Volvamos al hotel y durmamos un poco.

* * *

Por supuesto, yo no quería dormir. Quería planificar mis siguientes movimientos. Quería llamar a Lucas y pedirle su opinión. Quería llamar a Aaron y ver si había descubierto algo. Pero más que nada, quería sacudir a Cassandra hasta que le rechinaran los dientes.

No hice nada de eso. No iba a encontrar nuevas pistas a esa hora, de modo que no había razón alguna para no llamar a Lucas y a Aaron por la mañana. En cuanto a Cassandra, bueno, digamos solamente que me estaba resultando difícil acumular una buena dosis de justa indignación. Por primera vez en mi vida, creo, entendía a Cassandra, o por lo menos a alguna parte minúscula de ella.