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Arriba encontramos más papel aterciopelado rojo, más pinturas de mérito artístico cuestionable, más chucherías con temas de sexo y sangre, pero no encontramos a John. Había cuatro dormitorios. Dos estaban amueblados como tales, pero parecía que sólo se los usaba como vestuarios. Al tercero podría describírselo como un museo de fetiches de vampiros, y es mejor no describirlos con detalle. La cuarta puerta estaba cerrada con llave.

– Éste debe de ser el suyo -le susurré a Cassandra-. O bien eso, o lo que guarda allí es aun peor que lo que hemos visto en la última habitación.

– Dudo que eso sea posible -dijo Cassandra mientras señalaba con los ojos la habitación de los fetiches-. Aunque, tal vez, yo debería esperar en el vestíbulo. Por si regresa John.

Sonreí.

– Es un buen plan.

Lancé un hechizo de apertura simple, suponiendo que se tratara de una cerradura sencilla, de las que se pueden abrir con una horquilla. Como falló, utilicé el hechizo que le seguía en intensidad, y después el siguiente. Finalmente, la puerta se abrió.

– Maldición -murmuré-. Sea lo que sea lo que tiene aquí, realmente no quiere que nadie lo vea.

Abrí la puerta, guiada por mi bola de luz, y me encontré dentro de… una oficina. Una oficina doméstica, moderna, corriente, una alfombra gris, paredes pintadas de azul, luz fluorescente, un escritorio de metal, dos ordenadores y un fax. Una pizarra blanca sujeta a la pared más alejada contenía la lista de las obligaciones de John: recoger la ropa limpia en la lavandería, pagar los impuestos de la propiedad, renovar el contrato de limpieza, alquilar un lavavajillas nuevo. Ni una sola mención a cosas tales como chupar sangre, violar a las vírgenes locales, convertir a los vecinos en adictos a los no muertos. No era de sorprender que John no quisiera que nadie entrara en esta habitación. Una rápida mirada habría bastado para que se fueran al traste todos sus esfuerzos por construirse una imagen.

Salí y cerré la puerta tras de mí.

– No entres allí -dije.

– ¿Es muy malo?

– Lo peor. -Recorrí el vestíbulo con la mirada-. Así pues, no está, y da la impresión de que no ha dormido aquí desde hace un tiempo. ¿Dónde duerme un vampiro fiel a su cultura? No habrás visto un mausoleo fuera, en la parte de atrás, ¿verdad?

– No, gracias a Dios. Parece haber tenido el sentido común de trazar allí la línea.

– Probablemente porque no pudo obtener el permiso de construcción. Bueno, vale… -La miré-. Ayúdame a salir del atolladero. No entiendo muy bien los estereotipos de los vampiros.

Se detuvo un momento, como si le costara responder, y luego suspiró.

– El sótano.

* * *

Estábamos de pie en mitad del sótano. Mi bola de luz permanecía en el aire sobre el único objeto de la habitación, un sarcófago grande, de caoba negra, brillante, con adornos de plata.

– Justo cuando pensabas que no podíamos encontrar nada peor, ¿no es cierto? -dije-. Por lo menos no es un mausoleo.

– Está durmiendo en una caja, Paige. Ni mejor ni peor que eso. Un mausoleo por lo menos se puede reparar, añadirle algunas luces, quizás una bonita cama de plumas con sábanas de algodón egipcio…

– Aquí también puede tener sábanas de algodón egipcio -dije-. Ah, y, ¿sabes?, no es preciso que sea tan malo como tú piensas. Tal vez no duerma aquí. Tal vez sea sólo para su actividad sexual.

Cassandra me miró con ojos severos.

– Gracias, Paige. Si esas pinturas de la planta alta no hubieran bastado para contaminar mi vida sexual para varias semanas, esa imagen ciertamente lo hará.

– Bueno, por lo menos sabemos que no está realizando actividades sexuales allí dentro en este momento. Pienso que sería necesario abrirlo para eso. Bueno, ¿cuál es el ceremonial para hacer que un vampiro se levante de su sarcófago? ¿Deberíamos llamar primero?

Cassandra asió la tapa del cajón y estaba a punto de abrirlo cuando levantó la cabeza.

– ¡Paige…! -gritó.

Eso fue lo único que oí antes de que un cuerpo chocara contra el mío. Al inclinarme hacia delante, sentí un dolor agudo en los desgarrados músculos de mi estómago. Volví la cabeza y capté un atisbo de un muslo desnudo y el movimiento de un cabello rubio y largo. Inmediatamente una mano me agarró desde atrás y una cabeza se me acercó al cuello.

Reaccioné instintivamente, no con un hechizo, sino con un movimiento casi olvidado de las clases de defensa personal. Alcé el codo y golpeé a mi agresor en el pecho, y a continuación le aplasté la nariz con la palma de la otra mano.

Un grito de dolor y mi atacante cayó hacia atrás. Me di la vuelta, preparando un hechizo de inmovilización, y vi a Brigid encogida en el suelo, desnuda y agarrándose la nariz con ambas manos.

– ¡Zorra! Creo que me has roto la nariz.

– Deja de lloriquear -dijo Cassandra, alargando la mano para ayudarme a levantarme-. Se te habrá curado en menos tiempo del que te lleva vestirte. -Movió la cabeza de lado a lado-. Dos vampiros derrotados en dos días por una bruja de veintidós años. Me avergüenzo de mi raza.

Yo podría haber dicho que tenía veintitrés, pero no merecía la pena sacarla de su error. Por lo menos Cassandra tenía una vaga idea de mi edad. La mayoría de las veces había que felicitarla si se molestaba en recordar los nombres de las personas.

Detrás de nosotros el sarcófago se abrió con un chirrido.

– ¿Qué diablos está…? -protestó John, quitándose un antifaz de los ojos-. ¿Cassandra? -gruñó-. ¿Qué es lo que he hecho ahora?

– Han entrado sin permiso, Hans -dijo Brigid-. Estaban merodeando por todos lados, mirándolo todo…

– No estábamos merodeando -dijo Cassandra-. Y estábamos esforzándonos para no mirarlo todo. Ahora sal de ese cajón, John. No puedo hablar contigo cuando estás en esa cosa.

Él suspiró, se apoyó a ambos lados del cajón y salió. A diferencia de Brigid, no estaba, afortunadamente, desnudo, porque si así hubiera sido yo no habría podido resistir la tentación de hacer ciertas comparaciones entre él y las estatuas que se hallaban en el jardín delantero. Aunque John no llevaba camisa, sí vestía un par de ondulantes pantalones de seda negra, ceñidos a la cintura. Me imaginé que él suponía que le daban un aire gallardo, pero yo no podía evitar que me recordara a MC Hammer.

– Necesitamos cierta información -dijo Cassandra-. La otra noche no fuimos del todo claras por razones de seguridad. Pero, después de hablar contigo, me resultó obvio que podía haber subestimado tu… estatus en el mundo de los vampiros.

– Suele ocurrir -dijo John.

– Sí, bueno, ésta es la situación. Un vampiro ha estado asesinando a los hijos de las camarillas…, a los hijos adolescentes de los empleados de las camarillas.

– ¿Desde cuándo? -dijo John, y luego tosió-. Quiero decir que me han llegado noticias, por supuesto.

– Por supuesto. De momento, las camarillas no se han dado cuenta de que están persiguiendo a un vampiro. El Consejo Interracial desearía mantener la situación de esa manera, para poder apresar al responsable sin mayor alharaca. Sabemos que a las camarillas no les agradan los vampiros. No queremos darles una excusa para que nos persigan.

– Déjalos que lo hagan -dijo Brigid, avanzando hacia nosotros-. Si quieren guerra, se la daremos…

John la hizo callar con un gesto de la mano. Cuando nos miró, me di cuenta de que, como yo había supuesto, Cassandra realmente lo había subestimado. El hecho de que se hiciera el tonto no significaba que lo fuera.

– Si lo atrapan, ¿qué es lo que van a hacer con él? -preguntó John-. No voy a ayudarte a encontrar a un vampiro para que puedas matarlo. Hasta podría argumentar que nos está haciendo un favor.