– Lo haríamos aún más rápido si nos separamos -dijo Aaron-. Lucas y yo vamos a uno de los lugares, y las señoras vais al otro. De ese modo, los dos grupos cuentan con un lanzador de hechizos para forzar la entrada, y un vampiro para investigar sin que nadie lo advierta.
– Buena idea -dije-. Nosotras nos quedamos con la dirección rural, y dejaremos la de la ciudad a Lucas, por si tiene que hacer algo más que mirar por la ventana. Él es el profesional en forzar la entrada, no yo.
Cassandra arqueó las cejas.
– ¿Y lo reconoces? Es la primera vez. Realmente estás creciendo, ¿a que sí?
– ¿Cassandra? -dijo Aaron-. Cállate.
– ¿Qué? La estaba alabando…
– No, no la alabes, por favor. -Aaron me miró y se dirigió a mí-. Ojalá pudiera decir que Cassandra no ha sido siempre así, pero mentiría. Siempre ha sido así. Pero, bueno…, después de unas cuantas décadas, uno se acostumbra.
– ¿Uno se acostumbra a qué? -preguntó Cassandra.
– Bueno -dijo Aaron-. ¿Os gusta vivir en Portland?
Cassandra y yo nos hallábamos en el arcén de un camino rural, con nuestro coche alquilado aparcado detrás de nosotras. Entre los tupidos matorrales y los descarnados esqueletos de árboles secos, se divisaba una pequeña cabaña que tenía el aspecto de haber sido construida en una época anterior al agua corriente.
– Ah, ¿una casita de campo para las vacaciones? -dije, verificando la dirección que Aaron había garabateado en mi libreta-. A lo mejor les gustaba más la vida anterior a la electricidad.
– Esto es ridículo -dijo Cassandra-. Te lo advertí, Paige. Aaron es demasiado confiado. No quiere creer nada negativo de nadie, pero esa Josie es, sin excepción, la mujer vampiro más estúpida que ha pisado la tierra. Es probable que haya dado los nombres de algunos ex novios en lugar de los alias de Edward. Ella…
Mi teléfono móvil sonó. Por suerte.
– Soy Aaron -dijo cuando respondí-. Estamos delante de la casa. Lucas la está recorriendo en este momento, pero he hablado con la señora de al lado y me ha dado una descripción exacta de Edward y Natasha. Dice que en los últimos tiempos han estado muy poco, y que hace algunos meses que no ve a Natasha, pero que Edward aparece de vez en cuando.
– ¿Queréis que vayamos y os ayudemos a buscar?
– Si podéis… Cuatro pares de ojos ven mejor que dos. Si Cassandra protesta, dile que puede esperar en un café. Eso la calmará. Odia perderse algo.
Corté y trasmití a Cassandra el mensaje de Aaron.
– ¿Así que ésta no es la casa que debíamos investigar? -preguntó-. Qué sorpresa.
Se dirigió hacia el coche. Me quedé donde estaba, observando la cabaña a través de los árboles.
– Espera -le dije a Cassandra-. Primero quiero examinar este lugar.
Me dirigí hacia la cabaña. Cassandra emitió un suspiro lo suficientemente fuerte como para que pudiera oírse desde el camino, pero, un momento después, sin que se oyera más que el leve murmullo de la alta hierba, la tenía a mi lado.
– Aquí lo único que vas a encontrar es la enfermedad de Lyme -dijo-. No es la casa de un vampiro, Paige. No lo ha sido nunca. Es demasiado pequeña, demasiado apartada de la ciudad.
– Puede que ahí esté la cosa -dije-. Los que buscan la inmortalidad son famosos por su paranoia en materia de seguridad. Necesitan un lugar donde llevar a cabo sus experimentos. ¿Por qué no aquí?
– Porque es una pocilga. Y, además, no es segura.
– ¿Qué daño puede hacernos echar una vistazo? -pregunté-. Posiblemente no tiene más de cincuenta metros cuadrados.
Cassandra suspiró, pasó delante de mí y marchó hacia la cabaña.
Pregúntesele a la gente qué es lo que más teme en la vida y, si responden con sinceridad, dirán: «Que se termine». La muerte. El gran signo de interrogación. ¿Es de extrañar, entonces, que se haya buscado la inmortalidad con un ahínco que sobrepasa la búsqueda de la riqueza, del sexo, de la fama, o de la satisfacción de cualquier otro deseo material?
Podría pensarse que los sobrenaturales no caerían en esta trampa. Después de todo, sabemos lo que sobreviene después. Bueno, reconozcámoslo, no lo sabemos exactamente. Los espíritus no nos dicen nunca qué es lo que hay del otro lado. Una de las primeras lecciones que aprenden los aprendices de nigromancia es «No hagas preguntas sobre la vida después de la muerte». Si insisten en hacerlo, llegará un momento en que no puedan ponerse en contacto con los muertos de ninguna manera, como si estuvieran en una especie de lista negra del mundo de los espíritus. De modo que no sabemos exactamente lo que ocurre después, pero por lo menos sabemos esto: vamos a alguna parte, y el lugar no es tan malo.
Pero aunque sepamos que la vida que nos espera más allá de la muerte no está mal, eso no quiere decir que tengamos prisa por llegar a ella. El mundo que conocemos, las personas que conocemos, la vida que conocemos, está aquí, en la tierra. Cuando tenemos que enfrentarnos a la muerte, pateamos y gritamos como cualquier otro. Puede que más. El mundo de los sobrenaturales está lleno de perseguidores de la inmortalidad. ¿Por qué? Quizás porque sabemos, por nuestra propia existencia, que las cosas mágicas son posibles. Si una persona puede transformarse en un lobo, ¿por qué no se va a poder vivir eternamente? Los vampiros viven siglos, lo cual parece ser una prueba de que la semiinmortalidad no es una ilusión. Entonces, ¿por qué no convertirse en vampiro? Bueno, sin entrar demasiado en la naturaleza del vampirismo, digamos, sencillamente, que hacerlo es en extremo difícil, aún más difícil que convertirse en un hombre lobo o una mujer loba. A la mayoría de los sobrenaturales hallar el Santo Grial de la inmortalidad les parece más plausible que convertirse en un vampiro. Y el perseguidor de la inmortalidad no tiene más que mirar a su alrededor para saber que ser un vampiro no cura la sed de vida eterna. En todo caso, la agudiza.
Siempre he supuesto que los vampiros eran tan ardientes buscadores de la inmortalidad porque, tras haber gustado de ella en cierto grado, no pueden evitar desearla en su totalidad. Ahora, después de que Jaime me dijera que nunca había oído que un nigromante estableciera contacto con un vampiro muerto, empecé a preguntarme cuántos vampiros sabrían que no hay pruebas de que exista vida de ultratumba para los vampiros. Nunca creí que la inmortalidad pudiera tener un atractivo tan grande, pero si había que elegir entre ella y la aniquilación, yo, por mi parte, optaría sin duda por la vida eterna.
Bueno -dijo Cassandra, de pie ante la entrada de la cabaña-. Creo que podemos decir con seguridad que aquí no hay ningún laboratorio secreto.
Pasé por delante de ella. Dentro, la cabaña parecía aún más pequeña que por fuera, pues era tan sólo una única habitación de no más de treinta metros cuadrados. La puerta había sido asegurada con una cerradura lo bastante buena como para requerir el más fuerte de mis hechizos de apertura, y no había ventana, lo cual acrecentó mis esperanzas de que hubiera algo interesante oculto en ella. Aunque, por lo que podía ver, la cerradura tenía el único propósito de impedir que entrasen adolescentes buscando un lugar donde celebrar una fiesta. No había a la vista nada que justificara un robo.
La cabaña parecía estar en uso, tal vez como retiro para un artista o un escritor, alguien que necesitara para trabajar un lugar ajeno a toda distracción. Y ya lo creo que era ajeno a toda distracción. Los únicos muebles que había eran un pupitre de madera, un sofá cama desplegable, una estantería para libros y una mesa de centro. El pupitre estaba vacío, y la estantería tenía sólo algunos textos de referencia baratos.