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– Mierda -murmuró Aaron-. ¿Está todo así?

Cassandra asintió.

– ¿Qué fecha tiene el último registro?

– Junio de este año.

– Uno o dos meses antes de que Natasha lo dejara -dije-. ¿Tienes idea de lo que hacían por esas fechas? ¿Tal vez algún cambio que se hubiera producido, algo por lo que ella hubiera decidido abandonarlo?

Cassandra me pasó el cuaderno.

– Es exactamente como las otras referencias. Habla de «materiales» y «variaciones» y «subtipos», pero nada en concreto.

Me coloqué junto a Lucas y sostuve el cuaderno entre los dos mientras leíamos la última media docena de páginas. Luego comprobé el comienzo del cuaderno, que databa de 1996, y lo hojeé hasta el presente.

– El único cambio que veo es un incremento gradual de los ingredientes Hf y Hm. Aparece de vez en cuando en los primeros registros, y luego se va convirtiendo en un ingrediente regular en el último año. Por lo demás, los registros son muy similares: variaciones que van de la A a la E y metodologías que van desde la A a la K.

– Veamos qué otras cosas tenemos, entonces -dijo Aaron. Revisó el estante del equipamiento. Una enorme cantidad de botellas sin etiquetas y medio llenas. Tomó una, quitó el tapón, la olió, y le dio una arcada.

– Puede que sea invulnerable, pero, por favor, no me pidáis que pruebe nada de esto.

Le cogí la botella que tenía en la mano y olí. Sulfuro. Me pasó otra. Romero. Eché una mirada al estante y sólo con mirar los recipientes nombré otros tres.

– Son todos ingredientes de pociones bastante comunes. Lo mismo ocurre con los materiales secos. La mitad de estas cosas podrían comprarse en una tienda New Age.

– Lo que podría indicar que esto es todo lo que usan -dijo Cassandra-. O bien que han ocultado los ingredientes más dañinos.

– Es hora de que empecemos a buscar en otros escondrijos -dijo Aaron-. Yo buscaré en los estantes más altos.

Pasó la mano por el estante más alto, que parecía vacío. Al hacerlo, desplazó una botella que cayó en la bañera y se rompió. Cassandra se acercó a la bañera y tocó el fondo, junto a los trozos de la botella rota.

– Seco -dijo-. Estaba vacía.

Empezó a levantarse, entonces se paró y pasó un dedo por la parte interior de la bañera con el entrecejo fruncido; se agachó un poco más, pero luego movió la cabeza a un lado y a otro y se puso de pie.

– ¿Has visto algo? -le pregunté.

Negó con la cabeza.

– La han limpiado a fondo.

– Creo que aquí he encontrado algo -dijo Lucas.

Estaba agachado frente al estante del equipamiento. Yo esperaba ver otra puerta detrás del estante. En cambio, señaló el estante mismo, que había limpiado de botellas. Cuando miré, vi no ya un estante de madera, sino un cajón. Parecía muy poco profundo como para contener algo. Entonces Lucas retiró la tela de terciopelo que cubría el contenido, y vimos una serie de instrumentos quirúrgicos.

– Bueno, podrían ser instrumentos de veterinaria -dijo Aaron-. Algunos buscadores usan sacrificios animales. Se intenta desalentar la práctica, pero ocurre.

Capté la mirada de Lucas.

– Hm y Hf -dije.

Asintió con un lento movimiento de la cabeza.

– Humano masculino y humano femenino.

Cassandra no dijo nada. Cuando la miramos, estaba agachada sobre un agujero del suelo, en un lugar en el que había retirado una parte del entablado.

– ¿Qué es eso? -pregunté.

Volvió a colocar el tablón en su lugar, bruscamente.

– Más ingredientes. Son humanos.

Aaron se agachó a su lado y trató de asir el tablón suelto, pero ella lo retuvo con firmeza contra el suelo.

– Tampoco hace falta que lo veas tú -dijo.

– Conozco bien las hazañas de Jack el Destripador, Charles Manson y Jeffrey Dahmer. Nada de lo que haya debajo de ese tablón puede impresionarme -respondió Aaron.

– Tampoco te va a ayudar a dormir mejor. -Ella nos miró-. Si queréis, puedo hacer un inventario de lo que hay aquí dentro y embalarlo. De momento, os diré que usaban partes del cuerpo de múltiples humanos, y no los sacaban de los cementerios.

Dirigió la mirada hacia la bañera, mientras hacía un movimiento como de un escalofrío. Después, parpadeó con fuerza y miró para otro lado.

– Huele a sangre, ¿verdad? -dijo Lucas.

– Capté fugazmente un olor, y pensé que podía ser de sangre, pero no logro volver a captarlo.

Aaron hundió la cabeza en el interior de la bañera. Inhaló, y después negó con la cabeza.

– Nada. Ese es un olor que siempre podemos reconocer, pero no estoy… -Se detuvo-. Borrad lo que acabo de decir. Lo percibo. Muy tenue, pero definitivamente es sangre humana.

– De modo que para eso es la bañera -dije-. Los ponían allí para… coger lo que necesitaban sin ensuciar demasiado.

– Podría ser -dijo Lucas.

Nuestras miradas se cruzaron.

– Pero no lo crees.

Cogió el cuaderno y buscó una página del final.

– Hay varias referencias este año a la inmersión en material de fuente Hm y Hf.

– Elizabeth Báthory -murmuró Cassandra.

Se me revolvieron las tripas en cuanto entendí lo que querían decir.

Elizabeth Báthory fue una condesa húngara que vivió en el siglo xvi. Según la leyenda mató a seiscientas cincuenta mujeres jóvenes, la mayoría de ellas campesinas, y se bañaba en su sangre porque creía que le otorgaría la eterna juventud. Tras varias décadas de asesinatos, Báthory fue arrestada, juzgada, condenada, y encerrada en una habitación. Luego tapiaron la puerta.

Se ha dicho que Bram Stoker se inspiró parcialmente en Elizabeth Báthory para escribir su Drácula, más que, quizá, en el igualmente sádico y famoso Vlad Dracul, de quien Stoker tomó el nombre de su personaje. En la sociedad de los vampiros, existe la creencia de que Elizabeth Báthory fue una mujer vampiro, y que no es que buscara la eterna juventud, sino ser joven para toda la eternidad, en otras palabras, que ansiaba la inmortalidad.

También se rumoreaba que su experimento había sido un éxito, que había encontrado la vida eterna y que la historia de su muerte había sido urdida no por funcionarios humanos, sino por elementos poderosos de la comunidad de los vampiros. Cuando descubrieron sus crímenes -y, sí, matar a seiscientos seres humanos era un crimen incluso según los criterios de los vampiros- fueron ellos quienes organizaron su arresto y su enjuiciamiento. Luego, los vampiros mismos la emparedaron en el lugar donde todavía se encuentra, sobreviviendo a todos los vampiros que sabían dónde se hallaba aprisionada.

Al ocultar el éxito de sus experimentos sobre la inmortalidad, sus captores trataron de asegurar que tales crímenes no volvieran a repetirse. Sea como fuere, la historia, verdadera o no, ha pasado de generación en generación entre los buscadores de la inmortalidad. La mayor parte de ellos no se han atrevido a reproducir los trabajos de Báthory, pero, cada cien años, más o menos, alguien lo intenta.

– Pero, bañarse en sangre -dije-. Para eso…, cada vez que se hiciera, ¿a cuánta gente habría que matar? ¿Dónde podrían haber enterrado a todos esos…? -Me interrumpí, recordando el extraño mosaico que presentaba el terreno de la parte de atrás. Tragué saliva con dificultad-. Creo que ya lo sé.

Tras desenterrar el cuarto cadáver, dejamos de cavar. Los cuatro habían sido totalmente despojados de su sangre, y todos llevaban enterrados al menos un año, lo cual significaba que no eran el resultado del asesinato anual que Edward y Natasha necesitaban para vivir. Cuando nos fijamos en los diferentes tipos de vegetación, supimos que si seguíamos cavando encontraríamos muchos más.