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Tras asegurarnos de que el artista se hallaba todavía inconsciente, volvimos a la cabaña y nos llevamos lo que pudimos para examinarlo después con más cuidado. Fuimos a la casa de Edward y Natasha en la ciudad e hicimos una nueva pesquisa, buscando ahora habitaciones ocultas y escondites. No encontramos nada, lo que no nos sorprendió: era improbable que se hubieran molestado tanto en ocultar con tanto secreto sus materiales en la cabaña, para dejar una parte de ellos en su casa.

* * *

Durante las búsquedas, todos habíamos estado bastante callados, conmovidos todavía por lo que habíamos hallado en la cabaña. Pero cuando Lucas nos conducía al aeropuerto, mi cerebro aturdido comenzó finalmente a repasar los hechos… y encontró un punto débil en la lógica de los mismos.

– Todos estos hallazgos, ¿no entran en seria contradicción con nuestra teoría sobre los motivos de Edward para asesinar a los chicos de las camarillas?

Lucas me miró de soslayo, indicándome que continuara.

– Muy bien, si los experimentos de Edward con seres humanos fallaron, puedo entonces entender que quisiera ponerlos a prueba utilizando sobrenaturales. Pero ¿qué es lo que obtiene? Sangre no, eso es seguro. O, por lo menos, no la suficiente para bañarse en ella. Si lo que se lleva es otra cosa, como lo que encontró Cassandra… -Miré hacia donde estaba ella en el asiento de atrás-. ¿No sería un… material que se habría echado en falta?

Cassandra negó con la cabeza.

– Una parte es externa, otra interna, pero todo habría sido echado en falta, si no mediante un examen visual, sí en la autopsia más superficial. Tal vez les sacaba alguna otra cosa, algo lo suficientemente pequeño como para que no fuese advertido.

– Lo dudo -dijo Lucas-. Joey Nast aún estaba vivo cuando lo encontramos. No puedo imaginar que el asesino haya tenido tiempo de sacarle nada del cuerpo.

– Pero todo lo demás encaja -dije-. Estamos buscando a un asesino vampiro, posiblemente del área de Cincinnati. Edward es un vampiro de Cincinnati, con experiencia en matar que va mucho más allá de sus necesidades alimenticias. Según los vecinos, no ha estado en su casa desde hace más de una semana. Su amante de muchos años lo ha abandonado, algo que pudo trastornarlo, desesperarlo por encontrar la clave de la inmortalidad y ganarse así de nuevo su favor. Hasta su descripción física coincide con lo poco que Esus pudo ver de él. Todo encaja.

– Todo, salvo esa pieza -dijo Lucas-. Edward parece ser nuestro hombre, de modo que más vale que nos planteemos otra teoría sobre sus motivaciones.

– ¿Como por ejemplo? -preguntó Aaron.

– No tengo ni idea -respondió Lucas-. Pero estoy abierto a cualquier sugerencia.

Todos nos miramos…, pero no dijimos nada.

Una intromisión de lo más inoportuna

Abordamos el jet. Nuestra primera escala sería Atlanta. Aunque el día siguiente era domingo, Aaron tenía que trabajar. Bueno, no tenía que hacerlo, pero le había prometido a un amigo que le sustituiría y, ya que no parecía que fuéramos a correr de inmediato tras el rastro de Edward, no quería romper la promesa que le había hecho. Cuando tuviéramos algún dato sobre Edward, Aaron quería volver con nosotros y ayudarnos. Al ser un vampiro, le quedaban muchos días de baja por enfermedad sin pedir, de modo que confiaba en no tener ningún problema para tomarse unos días libres de su trabajo de albañil.

Cuando Lucas volvió de consultarle al piloto, sugirió que todos tratáramos de dormir.

– No son las condiciones más cómodas que podamos imaginar -dijo-. Pero dudo que alguien haya dormido mucho anoche, y es posible que las próximas horas sean nuestra última oportunidad para dormir esta noche.

Cassandra asintió.

– Paige y tú tenéis que intentar dormir, de eso no hay duda. Pero yo no estoy cansada, de modo que me sentaré en la cabina de atrás, si no os parece mal.

Lucas acompañó a Cassandra a la pequeña cabina privada que estaba detrás de la nuestra.

– ¿Durmió algo anoche? -me preguntó Aaron con un susurro cuando ellos estuvieron fuera del alcance de nuestra voz. Negué con la cabeza.

– Dice…, dice que en los últimos tiempos no duerme mucho.

Los ojos de Aaron se llenaron de una serena tristeza, como si mis palabras fueran la respuesta que ambos esperábamos y temíamos.

– Voy a sentarme con ella -dijo.

* * *

Mientras yo cogía del armario almohadas y una manta, Lucas desapareció en la cabina de la tripulación. Volvió unos minutos después con dos tazas de té, y sacó de su bolsillo mi botecito olvidado de calmantes. Abrí la boca para discutir, pero percibí su mirada, asentí y le tendí la mano. Él me la tomó con las dos suyas, y se sentó junto a mí.

– ¿Cómo te sientes? -preguntó.

– Impresionada, pero bien. Cuando supimos que Edward y Natasha estaban en algo oscuro, me preparé para lo peor: que estaban experimentando con seres humanos. Pero la escala…, el número de personas que debe de haber…

Tomé un poco de té y escupí cuando el líquido me quemó la garganta. Lucas me cogió la taza de las manos con un torrente de disculpas.

– No, es culpa mía -dije-. Siempre te digo que me lo hagas caliente. Lo tomé demasiado deprisa.

Volví a cogerle la taza. Mientras la ponía en la mesita que tenía a mi lado, me temblaron las manos de tal manera que el té se derramó un poco, y casi me quemo otra vez.

– Maldición -dije en voz baja, y luego logré esbozar una media sonrisa-. Me parece que no estoy tan bien, después de todo.

Me apretó la mano.

– Es comprensible.

– Sé que tengo que ser capaz de llevar estas cosas un poco mejor -dije-. Si voy a ayudarte, es necesario que supere este aspecto melindroso de mi personalidad. Soy demasiado…

– Eres fantástica -dijo-. Yo tampoco me siento demasiado bien. Puedo garantizarte, como, eehh, como socia mía, que es muy probable que nunca más tengas que ver nada de esta envergadura.

– ¿Socia? -dije, y mi sonrisa se hizo auténtica-. No creas que no me he dado cuenta de que has vacilado al decirlo. No te preocupes, no entra en mis planes acoplarme a tu vida de esa manera. Estaré ahí para ayudarte siempre que me necesites, pero eso es todo.

– No era eso…, quiero decir que no me importa…, si te interesa…

– No me interesa. Bueno, sí, pero no, no puede ser, ¿verdad? Entre el Consejo y el nuevo Aquelarre, ya no me queda tiempo para nada más. -Respiré-. Lo hemos fastidiado. El Consejo, quiero decir. Tendríamos que haber sabido esto.

– No podéis controlar a todos y cada uno de los vampiros…

– ¿No podemos? -dije-. La Manada lo hace con los hombres y mujeres lobos, y ellos son más para vigilar y menos personas para hacerlo. No quiero decir que tengamos que estar echándole el aliento en la espalda a cada vampiro, pero es preciso que seamos más activos en general. Hubo rumores. Tendríamos que haberles prestado atención. No puedo echarle a Cassandra la culpa de eso. Era responsabilidad de todos. Quiero que las cosas cambien, que empecemos a prestar más atención. Pero también quiero formar ese nuevo Aquelarre. Tengo que hacerlo. Es lo que se supone que tengo que hacer.

– Porque tu madre lo habría querido -dijo él, cautelosamente.

– No sólo por eso. Yo quería…, o creí que quería… -Me pasé las manos por la cara-. Sé que reconstruir el Aquelarre es importante, pero algunos días siento que hay otras cosas que tendría que hacer, cosas que preferiría hacer, y el Aquelarre…, no estoy segura de que aún sea mi sueño, o de que alguna vez lo haya sido realmente.