– Matar al mensajero.
Otro bostezo, y el rostro de Jaime se relajó. Le puse los dedos en el cuello. Su pulso era regular. La arropé con la manta y me volví hacia los otros.
– Está bien -dije hablando en voz baja-. Por más alterado que esté el espíritu, no tiene sentido que mate a Jaime. Ella es la única con quien tiene alguna esperanza de comunicarse.
– A menos que supiera que no iba a morirse -dijo Lucas-. Si es así, entonces podría interpretarse como un mensaje, que nos dice que no sólo ha oído hablar de Cassandra, sino que la conoce y sabe que un vampiro puede detener el flujo de sangre.
– Es un vampiro -dijo Cassandra.
– No necesariamente -dije-. Él sabía que puedes detener la hemorragia, cualquier sobrenatural que haya estudiado a los vampiros sabe eso. En cuanto a las marcas de mordedura, fueron probablemente hechas imitando la de los vampiros, para acentuar su mensaje respecto a ti.
– No eran como las de los vampiros. Eran de vampiro.
– Pero…
– Conozco la mordedura de un vampiro, Paige. También sé que en esta habitación hay uno cerca de mí. He andado por el mundo durante un tiempo lo suficientemente largo como para poder reconocer a los de mi propia especie más rápido de lo que tú puedes reconocer a un hechicero.
– Si nuestro espíritu es, o fue, un vampiro, eso explicaría por qué no puede establecer contacto con Jaime -dijo Lucas-. Está tratando de hacer lo imposible.
Afirmé lentamente con un movimiento de cabeza.
– Lo cual significa que los nigromantes nunca han oído a vampiros muertos, no porque no existan, sino porque habiten donde habiten, se encuentran más allá de todo contacto. De modo que ahora probablemente sabemos una cosa sobre nuestro espíritu. Es un comienzo.
– Dos cosas -murmuró Jaime, con los ojos todavía cerrados-. Es vampiro y es mujer.
Cassandra, Lucas y yo intercambiamos una mirada.
– Natasha -susurré-. No está desaparecida, está muerta.
La maldición de la clarividencia
Cuando Edward atrapó a Dana, dijo que lo estaba haciendo por alguien. Alguien que ella oyó que se llamaba «Nasha». -Miré a Benicio-. Algo impidió que los Nast abriesen una oficina en Cincinnati. Un problema que había que resolver antes. ¿No podría ser que ese problema fuera la existencia allí de un par de vampiros buscadores de la inmortalidad y asesinos en serie?
Benicio asintió.
– Una Camarilla siempre investiga a los sobrenaturales del lugar antes de establecer una nueva oficina. Si tienen alguna queja, por lo general convencen a quienes consideran problemáticos para que se trasladen a otro lado. Pero en un caso como éste, a esta escala, en especial cuando hay vampiros por el medio…, la solución sería permanente.
– Matarlos.
– Permitidme que haga unas llamadas telefónicas -dijo Benicio-. Antes de que lleguemos a conclusiones que puedan no ser exactas.
– ¿De modo que ahora piensas que los Nast te dirán la verdad?
– No, pero con tantos detalles como para estimularles la memoria, conozco personas que sí lo harán.
Media hora más tarde, Benicio confirmó nuestras sospechas. La Camarilla Nast se había enterado de la ocupación asesina de Edward y Natasha, y decidido que no serían buenos vecinos. Según las fuentes de Benicio, el plan original había consistido en matarlos a ambos, pero los vampiros habían sido más ingeniosos que varios asesinos que lo intentaron, y abandonaron la zona. No dispuesta a aceptar tan fácilmente su fracaso, la Camarilla envió un último sicario, que logró decapitar a Natasha. Los Nast cometieron entonces un error. Decidieron no gastar más dinero en perseguir a Edward por todo el globo. Habiendo dado muerte a su compañera, le habían enseñado una lección que no olvidaría fácilmente. Y, efectivamente, no la olvidó.
– Mataron a Natasha, y quiere vengarse -dije-. Es comprensible… cuando se trata de atacar a los Nast. ¿Pero qué tienen que ver con eso las otras camarillas?
Lucas miró a su padre.
– El pasado julio un vampiro pidió una entrevista privada contigo. Los Nast ejecutaron a Natasha a finales de agosto. Cabe suponer, si ya había habido varias tentativas de asesinato, que los Nast llevaban por lo menos un mes persiguiendo a la pareja. Me atrevería a decir que el momento de aquella solicitud no fue pura coincidencia.
– ¿Edward quiso hablar con el CEO de la Camarilla Cortez? -dije-. ¿Pero por qué?
– Presumiblemente, para pedir asilo -respondió Lucas-. Eso no es infrecuente. Si a uno lo persigue una camarilla, el mejor lugar para acudir en busca de ayuda es otra camarilla. Si los Boyd y los St. Cloud fueran sinceros con nosotros, estoy seguro de que admitirían que recibieron solicitudes similares.
– En otras palabras, fue a cada una de las camarillas en busca de ayuda, y todas y cada una lo rechazaron, ni siquiera se preocuparon por averiguar qué era lo que quería. ¿Y eso lo cabreó hasta tal punto que comenzó a matar a sus chicos? No tiene sentido.
– No -dijo Cassandra. Era su primera palabra desde que habíamos empezado a hablar-. No, no lo tiene. No para vosotros. -Fue hasta la ventana y abrió la persiana. Durante un momento no hizo más que mirar hacia fuera. Luego, se volvió nuevamente hacia nosotros.
– Tenéis que verlo desde el punto de vista de un vampiro. ¿Creo acaso que semejante desaire constituye un fundamento suficiente como para matar a los hijos de alguien? Por supuesto que no. Pero entiendo por qué pudo pensarlo Edward. ¿Qué es la vida de esos chicos para él? No más que esos cadáveres que estaban en su terreno. Un medio para llegar al fin. ¿Los mata porque quiere que mueran? No. Los mata porque quiere causar dolor, porque quiere hacer daño a los que se lo hicieron a él. Mataron a la compañera de su vida. No creo que comprendáis realmente lo que eso significa.
– Habían estado juntos durante mucho tiempo -dije-. Obviamente, ellos…
– Obviamente nada. ¿Qué es para vosotros, en el mundo en que vivís, un matrimonio muy largo? Veinticinco años es motivo de una gran celebración, ¿no es cierto? Edward se convirtió en vampiro cuando la Reina Victoria ascendió al trono. Lo había sido durante menos de una década cuando fue a Rusia y conoció a Natasha, que acababa de convertirse en mujer vampiro. Desde entonces, nunca se separaron. Ciento cincuenta años juntos, sin contar con nadie más, ni parientes, ni hermanos, ni hijos, ni amigos. Nada más que el uno para el otro.
– Ahora ella ya no está, y él quiere venganza. Seguirá matando hasta que se haya vengado de todas y cada una de las camarillas, y seguirá matando hijos de cada una de ellas hasta que haya vengado la muerte de Natasha.
– No, seguirá matando hasta que muera -dijo Cassandra-. Ninguna otra cosa lo detendrá. No tengo idea de cuál es su plan, y bien puede tener un plan, pero no se detendrá cuando logre ese objetivo. Porque no se sentirá vengado. ¿Cómo podría sentirse vengado? Ningún daño que inflija a las camarillas podrá igualarse con el que él ha sufrido.
– Muy bien -dijo una voz somnolienta desde el otro asiento. Jaime abrió un ojo-. Entiendo todo eso del «amor eterno» y, por más extraño que me suene, creo que estáis en lo cierto al pensar que mi fantasma es esa tal Natasha, pero eso deja pendiente un gran interrogante. ¿Por qué demonios querría ella ayudarnos a capturar a su hombre?
– ¿Es eso lo que quiere? -dijo Lucas-. No estoy seguro de que ésa sea una interpretación correcta de las acciones que ha llevado a cabo hasta este momento. La única clave que nos ha dado es la pista del vampiro, que indudablemente no tenía el propósito de decirnos que nuestro asesino es un vampiro, sino de decirnos que ella lo es.
Afirmé con la cabeza. Pensando tal vez que si Jaime sabía que ella era un vampiro, conocería la manera adecuada de hacer contacto.