– Entonces, ¿qué es lo que quiere? -preguntó Jaime.
Todos miramos a Cassandra.
– No la conozco lo suficiente como para responder a esa pregunta -dijo Cassandra-. Lo único que puedo decir, con cierta certeza, es que ella no fue un socio pasivo o renuente en nada de lo que hizo Edward.
– En otras palabras -dije yo-, que no está sufriendo un repentino remordimiento de conciencia y quiere ayudarnos a detener a Edward antes de que mueran más chicos.
– Desde luego que no -dijo Cassandra-. Puede estar buscando lo mismo que buscaron antes de su muerte: protección de una camarilla rival, ofreciéndose para ayudar a encontrar a Edward con la condición de que los Cortez lo protejan de los Nast. O puede tener el propósito de daros a vosotros informaciones falsas que os aparten del rastro de Edward.
– De ninguna de las dos maneras importa -dijo Jaime-. A menos que aprenda a grabar palabras en mi carne, no puede decirnos nada. Esté donde esté, se encuentra fuera del campo de acción de un nigromante. Está haciendo absolutamente todo lo que puede para modificarlo, pero no lo logra.
– ¿Y dónde está exactamente? -pregunté-. ¿Encerrada en un limbo? ¿O en una dimensión demoníaca? ¿O en alguna vida posterior a la vida propia de los vampiros? Puede que si lo supiéramos…
– Podemos investigarlo -dijo Lucas-. Pero podría ocurrir que no encontráramos nunca la respuesta. En este momento la pregunta importante no es ¿dónde está ella?, sino ¿dónde está él?
Sabíamos que Edward se hallaba casi seguramente en Miami. ¿Por qué irse a otro lado si todas las camarillas estaban precisamente aquí? ¿Pero dónde encontrarlo? A esas alturas de los acontecimientos, bien podíamos coger un plano de Miami, tirar algunos dardos y conducir nuestra investigación de esa manera.
Benicio nos dejó, poco después, para comenzar a discutir con las camarillas el tema de Edward o por lo menos para hacerlo con aquellas que no estaban ya trabajando sobre el tema. Es de suponer que desde el momento en que los Nast oyeron las palabras «El sospechoso es un vampiro» supieran exactamente quién estaba matando a sus chicos y hubieran comenzado a buscarlo. Por supuesto que habría sido conveniente que compartieran esa información, pero eso habría significado también compartir la gloria si lo capturaban…, y asumir la culpa por haberlo dejado escapar de sus manos en el primer momento.
– El único modo en que podréis capturarlo será cuando trate de ir a por su próxima víctima -dijo Cassandra en cuanto se acomodó en el sofá de nuestro hotel-. Y la mejor manera de hacerlo es tenderle una trampa.
– No es mala idea -dijo Jaime-. Uno de sus posibles blancos, o dos de ellos, son tus sobrinos, Lucas. Estoy segura de que tu padre no querrá que los usemos como señuelos, pero él tiene el armamento necesario para garantizar su seguridad. Si tú estuvieses allí, no sería demasiado peligroso para los chicos. Ellos te conocen…
Lucas movió la cabeza de un lado a otro.
– No me conocen.
– Bueno, tal vez no muy bien, pero eres su tío. Te ven en Navidad, en los picnics de familia, en esas ocasiones, ellos…
– Te digo que, literalmente, no me conocen. Nunca nos hemos visto, y es improbable que sepan que existo. Y no se trata solamente de que mis sobrinos no puedan diferenciarme de cualquier persona extraña, sino que apenas conocen a mi padre…, ésa es la manera que tiene Héctor de castigarlo por sus elecciones sobre la sucesión.
– Bueno -dijo Jaime-. Pero, de cualquier modo, ese tipo va a tratar de llegar a esos chicos tarde o temprano. Héctor lo sabe. Estoy segura de que él prestaría su ayuda si estuviese convencido de que eso significara que sus hijos quedaran definitivamente fuera de peligro.
– No si esa ayuda significara ayudarme también a mí, o a una investigación que considera mía.
Jaime movió la cabeza.
– ¡Virgen Santa, y yo pensaba que mi familia era complicada! Bueno, tal vez podamos usar a alguna otra persona. ¿Y el mayor de los Nast? ¿El que vino aquí?
– ¿Sean? -dije yo.
– Exacto. Es cierto que es un poco mayor que los demás, pero apuesto a que él está dispuesto a hacerlo. Y estoy segura de que Ed no desdeñaría la posibilidad de dar muerte a otro Nast.
– Tal vez -replicó Lucas-. Pero yo no sabría dónde encontrar a Sean. Thomas se los llevó de Miami, a él y a Bryce, el mismo día en que fue asesinado Stephen. Todos los miembros de las familias de las camarillas menores de treinta años han sido evacuados.
– Y a Edward no le llevará mucho tiempo averiguarlo -tercié yo-. Cuando lo haga, no sólo nos tocará rastrear Miami en su búsqueda, sino que tendremos una docena de posibles víctimas en una docena de ciudades diferentes por las cuales preocuparnos.
– Tenemos que movernos con rapidez -dijo Lucas-. A ese fin, tengo una idea. Un instrumento al cual recurrir en última instancia. Un clarividente.
– Estupendo -dijo Jaime-. Hay un solo problema. Encontrar a un clarividente va a ser más difícil que encontrar al mismísimo Edward.
– No necesariamente. Conozco a una.
– ¿En serio? -se sorprendió Jaime-. ¿Quién?
– Faye Ashton.
– ¿Está viva? -preguntó Cassandra-. Me alegra saberlo, pero no logro entender de qué manera podría ayudarnos. Está completamente loca.
Me estremecí.
– Eso es lo que les ocurre habitualmente, ¿verdad? A quienes son verdaderos clarividentes. Sus visiones los llevan a la locura. Del mismo modo que los nigr… -Me contuve.
– Nigromantes -dijo Jaime-. No te preocupes, Paige, no estás diciendo nada que no sepa. Cuando mi abuela murió, no era precisamente el vivo retrato de la estabilidad mental. Y cuando se trata de los clarividentes, es todavía peor. Si esa Faye está bien, estupendo, ¿cómo podría ayudarnos?
– Puede, esforzándose, clarificar temporalmente sus pensamientos -dijo Lucas-. A mí me ha dicho que puedo utilizar sus poderes cuando quiera, pero debido a la presión que eso supondría en su estado de salud, ya frágil, nunca he aceptado su ofrecimiento. Durante este viaje no la he visitado, sabiendo que es muy probable que haya oído hablar del caso y pueda querer ayudar.
– ¿Está aquí? -dije-. ¿En Miami?
Lucas dijo que sí con un movimiento de cabeza.
– En una residencia privada para enfermos, una institución de salud mental que pertenece a los Cortez.
– ¿De modo que tu padre la está cuidando? -dije.
– Debe hacerlo. Él es la causa de que se encuentre allí.
El diccionario define a un clarividente como alguien que puede ver objetos o acciones más allá de los límites naturales de la vista. Es una descripción casi perfecta de un verdadero clarividente. Si se le suministran los elementos necesarios, pueden ver a través de los ojos de una persona que se halle a muchos kilómetros de distancia. Un buen clarividente puede trascender la mera visión y captar cierto sentido de las intenciones o las emociones de la persona a la que investiga. No es adivinación del pensamiento, pero ningún sobrenatural se acerca más a eso que un buen clarividente.
El clarividente es también lo más próximo a un adivino que puede encontrarse en el mundo sobrenatural. Ninguno de nosotros puede realmente ver con anticipación el futuro, pero un clarividente puede hacer conjeturas válidas sobre el futuro de una persona basándose en su situación presente. Por ejemplo, si ve a una persona aquejada de dolor de muelas, puede adivinar que esa persona visitará a un dentista en el futuro próximo. Algunos clarividentes afinan su capacidad de deducción hasta tal punto que parecen tener el don de profecía.