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– Una última cosa -dijo Faye-. Déjame hacer una rápida lectura. Todavía está sentado allí, de modo que debe de estar pensando. Si está planeando alguna cosa, tal vez yo pueda darte algún indicio.

Se quedó en silencio, acercando otra vez la cabeza al pecho. Pasó un minuto de silencio, luego tembló e irguió la cabeza mientras las pupilas se movían como cuando se está en la fase REM del sueño. Lucas le puso la mano en el hombro. Después de un momento, ella volvió a temblar.

– Disculpad, es nuevamente ese maldito agujero negro. Es que… nunca he sentido nada igual. Ella significaba tanto para él… -Faye tragó saliva-. Bueno, hasta Hitler quería a su perra, ¿no es verdad? Eso no convierte a nadie en una buena persona, y este tipo ciertamente no lo es. Lo único que le importaba era ella. Bueno, hagamos otro intento…

– Tal vez no deberías hacerlo.

– Lo tengo. Espérate un segundo. -Exhaló y volvió a inclinar la cabeza-. Está frustrado. Los asesinatos… no lo ayudan, no llenan el vacío. Necesita más. Hay uno que estaba reservando para el final, pero no puede esperar. Va a… -Su cabeza cayó hacia atrás, golpeando el reposacabezas de la silla de ruedas con tanta fuerza que la silla pegó un salto.

– ¡Oh! -La palabra salió como un resoplido.

Se aferró a los lados de la silla de ruedas mientras el cuerpo se le ponía rígido, levantándosele el torso de modo que no tocaba la silla. Lucas y yo saltamos ambos hacia ella. Antes de que pudiéramos sostenerla, el cuerpo se le puso derecho como un tablón, y se resbaló de la silla. Lucas se lanzó hacia delante y la sostuvo antes de que se golpeara contra el suelo. Tenía convulsiones, los ojos le daban vueltas, tenía la boca abierta. Tomé un bolígrafo que se hallaba en una mesa próxima, le abrí la boca y lo introduje para mantenerle la lengua hacia abajo. Entonces de repente se quedó quieta. Simplemente se quedó quieta, como si se hubiese congelado en el lugar. Lucas la depositó suavemente en el suelo.-Voy a buscar a Osear -dijo.

– ¿Está…?

– Se pondrá bien. Me temo que éste sea su estado normal. Catatónica.

Cuando se hubo ido, cambié de posición los brazos de Faye, tratando de ponerla más cómoda, aunque yo sabía que estaba más allá de los cuidados. Mientras le acomodaba la cabeza, vi un brillo en sus ojos, abiertos pero ciegos. No, ciegos no. Al inclinarme, capté movimiento en ellos, vi que sus pupilas se contraían y temblaban, mínimamente, como alguien que mira la televisión. Solo que lo que veía no era una pantalla de televisión sino la pequeña pantalla de su propia mente, que proyectaba un centenar de películas de cien vidas diferentes, que transcurrían todas con tanta rapidez que su cerebro ya no podía darles sentido.

Sin duda iba a hablar con Benicio sobre proporcionarle a Faye una enfermera que fuera bruja. No iba a curarla, pero cualquier cosa que hiciera por ella sería mejor que… esto. Sí, eso significaría abogar a favor de que una bruja trabajase para una camarilla, algo que nunca imaginé que haría, pero la triste verdad era que había docenas de brujas deseando conseguir un empleo en una camarilla, y si eso significaba que podían ayudar a alguien como Faye, bueno, por ahora eso era lo mejor que yo podía hacer.

Recorriendo hoteles

Al caer la tarde ya habíamos comprobado casi la mitad de los hoteles de Miami mientras buscábamos uno que tuviese una vista que respondiera a lo que Faye había visto por la ventana de Edward. Habíamos empezado visitando los hoteles que tenían habitaciones a cien dólares. Había resultado más difícil de lo que parecía. Era una cifra atractiva, y muchos hoteles tenían por lo menos algunas habitaciones a ese precio.

Cuando dejamos a Faye, llamamos a Jaime, que se había ofrecido a compartir con nosotros la lista de la guía telefónica. Después de que encontrásemos algunas posibilidades, Jaime sugirió que ella y Cassandra podrían hacer las llamadas telefónicas mientras nosotros recorríamos los hoteles. Un arreglo razonable, excepto por el hecho de que Jaime y Cassandra encontraron tantos hoteles con habitaciones a cien dólares que no pudimos visitarlos todos.

A las ocho, Jaime nos llamó.

– Aún estamos trabajando con el último grupo de la lista -dije cuando le contesté.

– Es lo que me figuraba. Llamo para decirte que todavía no te vamos a dar los nombres de los que quedan en la lista. Lleváis muchas horas andando, y sé que no habéis cenado. Y lo más seguro es que también os hayáis saltado el almuerzo.

– Lo que tenemos…

– No, en serio, Paige. Ya es hora de parar un poco. Es mejor que vengáis, comáis algo, durmáis un poco, y, así, estaréis como nuevos a primera hora.

Por más que me desagradara interrumpir la búsqueda, lo que Jaime decía tenía sentido. Ya era de noche, y nos resultaba difícil identificar los edificios que rodeaban los hoteles. Le transmití el consejo a Lucas, que estuvo de acuerdo.

– Muy bien -dijo Jaime cuando la puse al tanto-. Aquí cerquita hay un bar, calle abajo, que tiene la cocina abierta hasta la medianoche. Os veo allí en media hora. Si seguís trabajando, me haréis esperar. Y cuando me dejan sola en un bar, suelo hacer algunos disparates. No lo olvidéis.

* * *

Efectivamente hicimos esperar a Jaime quince minutos, pero sólo porque Lucas tuvo otra idea que quería aclarar inmediatamente. La Camarilla tenía fotos por satélite de Miami. Tal vez con ellas tendríamos más suerte a la hora de identificar la configuración de los edificios que Faye había descrito. El cuartel general de los Cortez nos quedaba de camino, de modo que nos detuvimos allí, y en menos de veinte minutos obtuvimos copias de las fotografías.

A pesar de su amenaza, Jaime no había provocado ningún escándalo en el bar. Por otra parte, no estaba sola. Cuando vi que había otra figura sentada a su mesa, pensé de inmediato en un hombre, pero enseguida advertí que era Cassandra. Lucas, Jaime y yo pedimos la cena, mientras Cassandra daba cuenta de su vino.

Jaime había insistido en que Lucas no examinara las fotografías mientras comíamos, pero en cuanto retiraron los platos, las puso encima de la mesa. Traté de ayudar, pero sólo teníamos una lupa, y los detalles eran demasiado pequeños como para advertirlos a simple vista, de modo que me dejé convencer por Jaime y pedimos un trago.

Con las copas a medias, Cassandra salió con su comentario inoportuno sobre la célebre nigromante, y Jaime, ni corta ni perezosa, le respondió trayendo a colación su tema favorito.

– No estoy muerta -dijo Cassandra separando apenas sus dientes apretados para que lo que decía fuese comprensible.

– ¿Quieres que pongamos a prueba esa teoría? Digamos que encuentras a un tipo tirado en el suelo, y no estás segura de si está vivo o muerto. ¿Cómo te aseguras? Hay tres modos. Los latidos cardíacos, el pulso y la respiración. A ver, Cass, déjame tu muñeca, déjame tomarte el pulso.

Cassandra la miró con enojo y tomó un trago de vino.

– No veo ninguna condensación en esa copa, Cass. Algo me dice que no respiras.

La copa de Cassandra golpeó la superficie de la mesa.

– No estoy muerta.

– Vaya, me recuerdas esa escena cómica de Monty Python. ¿La habéis visto? Están recogiendo a las víctimas de la peste y una dice, una y otra vez: «Todavía no he muerto». Igual que tú, Cassandra, bueno, excepto que tenía acento británico. -Jaime bebió un sorbo-. De cualquier manera, no veo cuál es el problema. Parece que estás viva. ¡Ay, amiga!, los zombis, ésa sí que es una horrible vida después de la muerte.

– Hablando de zombis -empecé a decir, ansiosa de terminar con el tema-. He oído que no sé que nigromante de Hollywood ha resucitado a un verdadero zombi para esa película, a ver, ¿cómo se llamaba?